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Histórico 28 de Mayo de 2011

Canta como habla, habla como canta

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Escuchar al Maestro Leandro Díaz hablar, es tan delicioso y gratificante como oírle cantar sus canciones. Es una verdadera cajita de música. Esa forma tan especial de expresarse, con un léxico digno de un académico de la lengua; con una pronunciación perfecta, fluida, sin acento determinado, pero con el sabor y el saber del hombre Caribe, logran que todo el entorno se concentre en su voz bien timbrada, generalmente en tono fuerte, en razón de la acentuada sordera que viene padeciendo hace diez años.

Al preguntarle por sus primeros años de vida, esboza una sonrisa de niño tierno y levanta la cara como mirando desde dentro de sus ojos apagados hacia un pasado que recuerda vívidamente. Sus manos se acarician entre si, en un movimiento continuo, incesante, perpetuo, como leyendo en braille entre sus pliegues, cual si fueran las páginas del libro de su vida, los recuerdos, anécdotas y vivencias que nunca pudo escribir con lápiz sobre papel pero que están indelebles en su lúcida memoria octogenaria.

“Cuando niño, en la vereda Lagunita de la Sierra, de Hatonuevo, Guajira, yo la pasaba siempre solo, no tenía con quién conversar. Nadie hablaba conmigo porque, por mi condición de ciego, me creían inferior, me aislaban. Para los demás era casi un inútil.  Sólo una tía mía que de vez en cuando bajaba al pueblo, me cantaba una que otra canción, especialmente rancheras, que estaban de moda, y que ella se aprendía a medias.

Allá en la sierra no había radio ni  llegaban músicos. Pero yo me divertía a  mi manera. Hasta los veinte años sólo escuchaba el canto de los pájaros, el bramido del ganado, el canto de los gallos, el cacarear de las gallinas y el ladrido de los perros. Tal parece que esos sonidos me alimentaron el oído y el pensamiento.

Cuando llegaba alguien por allá, yo, en vez de ocultarme, le decía: yo sé cantar. Y le cantaba las canciones que me había enseñado mi tía.

Así fui llevando una vida muy dura, sin diversión alguna. Hasta que un día se me dio por hacer un verso que me quedó muy bueno. Se lo hice a una vecina que me insultó porque ella creía que yo estaba enamorado de su hija. Así que el insulto me sirvió para crear mi primera canción. Y eso me quedó gustando porque a varias mujeres que a lo largo de mi vida me han menospreciado por ciego, las he castigado con canciones irónicas. Tal es el caso de La Gordita, que me grabó Jorge Oñate con Juancho Rois. Esa dice así:

La mujer que me desprecia
yo la castigo cantando
porque creo que maldecirla
es algo de cobardía
sé que el día menos pensado
yo me salgo con la mía
y la he de encontrá arrepentía
sufriendo el haberme engañado

Tanto que vaciló la gordita
y nada quiso conmigo
ahora le tengo esta cancioncita
con esta la castigo

Ahora qué pensará la morena
cuando escuche mi canto
le quisiera gritar mala hembra
pero mejor me aguanto
Quiero matar la pena cantando
con otra muchachita
pero primero pongo la mano
no vaya a ser gordita


Obviamente, el Maestro Leandro hace el ademán de acariciar una silueta femenina, al tiempo que esboza una sonrisa pícara, de muchacho travieso, lo cual nos pone a pensar que la carencia de la visión no fue nunca una limitación, sobre todo a partir del momento en que entendió que tenía otras fortalezas que le permitirían disfrutar una vida intensa, especialmente abriéndose paso a punta de versos y melodías entre la maraña humana, casi siempre estigmatizadora y excluyente.

Ahora acompaña el movimiento de las manos con un vaivén de su cuerpo, cual mecedora, en contratiempo. Profundiza en su mundo de luz interior y continúa relatando emocionado.

“Después, a la edad de veinte años, me sacaron de Lagunita y me llevaron a la vereda de Tocaimo. Allí encontré acordeoneros y hallé gente que me escuchaba y valoraba lo que yo componía. Ahí comencé mi carrera en serio”.

Al hacerle notar que en el mismo año en que él nació, 1928, vinieron al mundo personajes tan disímiles como Ernesto “Che” Guevara, Andy Warhol, Carlos Fuentes, Noam Chomsky, Simón Díaz y Gabriel García Márquez, se fija especialmente en este último, cuyo cumpleaños es el 6 de marzo, dieciséis días después del suyo, que es el 20 de febrero.

“Lo admiro mucho por su gran obra. Él tiene la dicha de escribir para darle vida a su pensamiento. Yo, en cambio, tengo que narrar en tres minutos cada suceso pero le pongo melodía y ritmo, lo cual es mucho más difícil. Pero él y yo hacemos lo mismo.

Lo paradójico es que ni García Márquez ni yo sabíamos que existíamos. Pero el destino nos venía acercando poco a poco. Nos encontramos una vez en Valledupar, en una fiesta. Una amiga me dijo que había un escritor que estaba terminando un libro que tenía relación con una canción mía, “La diosa Coronada”. Y evidentemente, el epígrafe de la obra es un verso de esa canción mía : “En adelante van esos lugares, ya tienen su Diosa coronada'. Ese libro es El amor en los tiempos del cólera.

En esa fiesta hablamos bastante. Él quedó encantado de mí, y yo de él, porque nos comprendimos. García Márquez me dijo que le gustaba la canción y también me expresó que el único compositor que le cambió la expresión a la música vallenata fui yo, porque los demás compositores no narraban de esa forma. Él me pidió que le contara la historia de esa canción y con gustó se la narré: en la vereda de Tocaimo había una chica que se creía superior a todas porque los papás eran ganaderos, ella pretendía más que las otras. Yo quise ser su amigo, traté de serlo,  pero ella me despreciaba porque yo no tenía vista y eso para ella era algo que no le agradaba.  Pero yo seguía insistiendo a pesar de su negativa.

Una mañana me fui a la orilla del Río Tocaimo y allí me inspiré. Me puse a pensar: bueno, esta muchachita se cree una diosa, ¿qué estará creyendo ella, si es igual a las otras, ah? Después que terminé la canción y se la canté, entonces sí se convirtió en mi amiga. ¿Qué ironía, no?”

Al preguntarle de dónde sacó términos tan elaborados como los que utiliza en esa obra, cuenta que él le pedía a un tío suyo que le leyera cuentos de hadas y novelas de la época, porque no quería quedarse en la ignorancia. Atesoraba cada relato y lo procesaba en su memoria para luego revertirlo en versos articulados con términos del acervo local y de la cotidianidad de sus paisanos.

Al analizar detenidamente la letra, cualquiera se da cuenta de las razones que tuvo el Nobel García Márquez para beber de esa fuente cuando escribió su gran novela. Y también produce tristeza recordar el bodrio de telenovela que se hizo con la visión interiorana de nuestra idiosincrasia musical:

Señores vengo a contarles
hay nuevo encanto en la sabana
en adelanto van estos lugares
ya tienen su diosa coronada
la vida tiene buen adelanto
ya tiene diosa de los encantos
y tiene su corona de reina
lo bello está aquí en el Magdalena

Paso a contar lo siguiente
conozco diosa y rey querido
Ese nombre de diosa es de gente
que tenga su grado distinguido
que viva el mismo movimiento
y que tenga el mismo pensamiento
que viva alegre en la sabana
ya tiene su diosa coronada
que canta el pobre Leandro Díaz
triste por la serranía

Cuando el rey querido llega
de tarde a la serranía
hay que ponerle gallina rellena
que el rey es fino madre mía  
le pones la mesa bien servida
tú sabes que el rey es gente fina
le pones un gran arroz volado
que coma el rey considerado

Cuando el rey llega de tarde
que mira el jardín florecido
cuando la diosa mueve el caderaje
se pone el rey más engreído
y llega la mira con anhelo
y dice gracias le doy al cielo
que viva alegre en la sabana
ya tiene su diosa coronada
y canta el pobre Leandro Díaz
triste por la serranía

Por Juan Carlos Rueda Gómez
Especial para El Heraldo

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