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Latitud 18 de Enero de 2015

García Márquez y la educación

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Recorrido por algunos de los espacios por donde el Nobel colombiano tuvo su encuentro con la educación formal.

Guillermo Tedio
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Es interesante revisar la relación personal que, a nivel práctico, mantuvo García Márquez con la educación, es decir, buscar iluminaciones al interrogante de ¿cómo respondió la educación colombiana a las aspiraciones, expectativas y necesidades del niño y joven Gabriel?, o lo contrario, ¿cómo respondió el niño y joven Gabriel a la educación formal de primaria, bachillerato y universidad? Recordemos la frase de Bernard Shaw que García Márquez ha hecho suya: “Desde muy niño tuve que interrumpir mi educación para ir a la escuela” o también “Dejé la escuela para poder educarme”. La frase ya estaría dándonos una respuesta negativa, en el sentido de no encontrar García Márquez en la educación lo que sus necesidades epistemológicas, cognoscitivas y creativas requerían. Confrontando los dos ensayos sobre educación de García Márquez (“Por un país al alcance de los niños” y “Manual para ser niño”) con su propia vida, uno concluye que sus acercamientos —que, por supuesto, carecen del rigor de las ciencias sociales, pero tienen el encanto de las convicciones y certezas surgidas de la emoción y el sentimiento— provienen de la observación de su propia experiencia vital.


Cuando cursaba primaria, GGM tuvo como maestra a Rosa Helena Fergusson,  en el Instituto Montessori de Aracataca, Magdalena.

Señalaremos cinco espacios por los que trasegó García Márquez en la búsqueda de su educación formal: 1. Aracataca, donde realizó su primaria; 2. Barranquilla, ciudad donde comenzó el bachillerato, en el Colegio San José; 3. Zipaquirá, donde terminó sus estudios de secundaria, gracias a una beca; 4. Bogotá, donde inició sus estudios de Derecho, en la Universidad Nacional, teniendo que retirarse por los disturbios (el Bogotazo) ocurridos a raíz del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948; 5. Cartagena, donde prosiguió los estudios de Derecho, en la Universidad de Cartagena, de la que —llevándole la contraria a Gabriel Eligio García, su padre, que quería tener a toda costa un abogado en la familia— desertó, abandonando para siempre la preparación formal para continuar sus estudios, como dicen los bacanes de Barranquilla, en la universidad o las aulas de la vida, haciéndole caso a la “abrasadora vocación” de escritor que lo incendiaba por dentro y a las aptitudes que él intuía tener y de las que ya había dado pruebas inobjetables, a los 20 años, con la publicación en el periódico El Espectador, de Bogotá, en 1947, de excelentes relatos como “La tercera resignación”, “La otra costilla de la muerte” y “Diálogo del espejo”, textos recogidos más tarde en el libro Ojos de perro azul.


Clemente Manuel Zavala le corregía con lápiz rojo los textos periodísticos a Gabo.

Aparte de lo que la escuela primaria, el bachillerato y su efímero paso por dos universidades estatales pudieron darle a nivel de formación académica e intelectual, podríamos señalar unos hitos que el propio escritor recuerda como iluminadores para su carrera de escritor, episodios que en parte salvarían a la academia colombiana de su fracaso total con Gabriel García Márquez aunque tales instancias favorables, en su mayoría, se dieron como actividades extracurriculares. El primero de esos momentos es la presencia de Rosa Helena Fergusson en la educación de García Márquez, cuando cursaba primaria en el Instituto Montessori de Aracataca. Tanta debió ser la influencia de esta mujer en la vida de Gabo que él la ha llamado la “maestra de mi vida” porque fue ella la que lo enseñó a leer y escribir. Segundo, la publicación de poemas en la revista escolar Juventud del Colegio San José, en Barranquilla. Tercero, el descubrimiento de la literatura como vocación, frente a un anaquel de la pequeña biblioteca del Liceo Nacional de Zipaquirá, a partir de su encuentro con La metamorfosis, la novela de Franz Kafka. Parece que fue allí donde se definió su vocación por la literatura, cuando vivió ese asombro, ese momento de gracia, esa iluminación que él mismo ha relatado en incontables ocasiones. En El olor de la guayaba, Plinio Apuleyo le pregunta: “¿Fue ella –se refiere a la abuela Tranquilina Iguarán– la que le permitió descubrir que iba a ser escritor?” Gabo responde: “No, fue Kafka que, en alemán, contaba las cosas de la misma manera que mi abuela. Cuando yo leí a los diecisiete años La metamorfosis, descubrí que iba a ser escritor. Al ver que Gregorio Samsa podía despertarse una mañana convertido en un gigantesco escarabajo, me dije: –Yo no sabía que esto era posible hacerlo. Pero si es así, escribir me interesa–”.

Ahora, antes de la escuela primaria o paralelo a ella, estuvo el aprendizaje de la imaginación con sus abuelos maternos, don Nicolás Márquez Mejía y Tranquilina Iguarán. Don Nicolás era un veterano liberal de la Guerra de los Mil Días (1898-1903), quien paliaba la frustración de la derrota liberal ante los conservadores con las fabulaciones que estuvo contando al nieto perceptivo hasta 1936, fecha en que muere dejando a Gabito de 9 años.

El abandono definitivo de los estudios de Derecho en la Universidad de Cartagena le va a traer a García Márquez un enfrentamiento con su padre Gabriel Eligio. Es entonces cuando decide asumir su ardorosa vocación y trabajar como periodista en El Universal, de Cartagena. Recuérdese su columna Punto y Aparte. Ya Jorge García Usta ha mostrado en sus trabajos sobre la formación periodística y literaria de Gabo, la importancia de Clemente Manuel Zavala, quien con un lápiz rojo le iba señalando al cachorro periodista los errores y fallas de sus textos. Luego se viene a Barranquilla, donde sigue trabajando o divirtiéndose con el juguete que más la gusta: la escritura, haciéndose periodista, sin academia, de EL HERALDO, diario en que publica la columna La Jirafa. Él siempre defendió la formación periodística no en las aulas sino en la calle, enfrentándose con los hechos y personajes que se convertirán en noticia y sobre todo en crónicas y reportajes, sus géneros periodísticos preferidos. En Barranquilla, García Márquez va a tener dos maestros de la lectura y la escritura: Don Ramón Vinyes y José Félix Fuenmayor, además de la enriquecedora experiencia bohemia que vivió con sus pares o iguales en el Grupo de Barranquilla, donde si no se formó académicamente, con toga y birrete, lo hizo vitalmente.


El patio de la casa donde el Nobel de literatura colombiano se crió en Aracataca. Allí aprendió del imaginario de sus abuelos y su parentela. Archivo EL HERALDO/Johnny Olivares.

Leyendo Cien años de soledad, se pregunta uno de dónde salió este autor, premio Nobel, reconocido en el mundo como el escritor más famoso y prestigioso, traducido ya a más de cincuenta lenguas, que vende libros por millones; de dónde vino este genio si no tuvo una formación académica, nacido en un pueblo polvoriento y una casa donde no había bibliotecas, pero que en contra de todo, se hizo escritor, aún a pesar de la educación recibida que seguramente sigue frustrando y haciendo fracasar a muchos colombianos niños y jóvenes con talento. La escritura de García Márquez no es el resultado de un largo proceso escriturario de avanzada ni responde a una tradición literaria renovadora pues en Colombia no la había. Existía sí una tradición de pobreza literaria, una literatura conservadora, afianzada sobre todo en los páramos del interior, anquilosada en el patético Parnaso, en el cuadro de costumbres, con descripciones atiborradas de lugares comunes. En 1962, García Márquez decía en su artículo “La literatura colombiana: Un fraude a la nación”: “No hay, sin embargo, en la árida llanura de las letras nacionales, un solo indicio de que esos libros –excelentes– aparecerán en los próximos años. Basta ser lector exigente para comprobar que la historia de la literatura colombiana, desde los tiempos de la colonia, se reduce a tres o cuatro aciertos individuales, a través de una maraña de falsos prestigios”.

Para pensar en un escritor que surge de un proceso o de una tradición, pensemos en un Jorge Luis Borges, quien de niño, por ejemplo, jugaba con los libros, colocándolos uno encima del otro, a manera de escaleras o pirámides. En la casa de don Nicolás Márquez, los únicos libros conocidos eran unos diccionarios envejecidos y a los que seguramente les faltaban las primeras y las últimas letras. Detrás de Borges, había un padre y una madre cultos, intelectuales, de raíces europeas. A Gabo lo salvan entonces la ardorosa vocación con la que nació y las aptitudes o capacidades que fue afilando hasta alcanzar una batería estilística que le permitió contar sin ningún tipo de vergüenzas las realidades caribeñas. Pero como él mismo lo postula en su texto “Manual para ser niños”, la vocación o talento y las aptitudes o capacidades no sirven de nada si no encuentran el rigor de la disciplina que les dé forma. En el caso de García Márquez, su disciplina escrituraria estaba por encima de todo, a prueba de toda distracción. Él mismo habló de los 18 meses (1965-1967) ininterrumpidos de encierro que vivió en México para escribir Cien años de soledad, sin importarle que la casa y la economía doméstica se estuvieran viniendo abajo y que Mercedes Barcha, su esposa tuviera que visitar varias veces los montes de piedad.

Definitivamente, más que las clases formales, en relación con la educación y principalmente con la enseñanza artística, García Márquez se colocó del lado de los talleres, entendidos en su significado de un ámbito o espacio de trabajo donde un maestro, en el sentido antiguo de las artesanías medievales, transmite a unos aprendices la teoría, los conocimientos y la práctica de un arte. Desde este punto de vista, el mismo García Márquez ha sido maestro de talleres de literatura, de periodismo y de cine, a nivel de guiones. Como todos sabemos, creó la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, con sede en Cartagena, y estuvo vinculado a la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, en Cuba.

La metáfora de asumir el arte desde el punto de vista pedagógico como una actividad más cercana al taller que a la clase magistral, implica pensar en una materia —como la madera para el carpintero o el hierro para el herrero— que en el caso de la literatura está constituida por la lengua, las palabras y los contenidos expresados en historias, ideas, visiones del mundo y mensajes que hay que organizar. Se requiere igualmente de unas herramientas o instrumentos físicos —máquina de escribir, computador, lápiz, papel, escritorio— y mentales —imaginación, fantasía, ingenio, inteligencia— para finalmente obtener un producto: una novela, un cuento, un poema, una crónica, un reportaje. ¡Pero mucho cuidado! De nada sirven los talleres que pudieran darnos o facilitarnos la disciplina, la técnica, si no hay vocación o talento, si no hay aptitudes. Los talleres serían entonces detonadores, organizadores del talento y de las aptitudes, para ser coherentes con los porcentajes faulknerianos que dan origen a la obra artística o literaria: talento, disciplina y trabajo.


Cuando Gabo leyó ‘La metamorfosis’, descubrió que iba a ser escritor.

A nivel del aprendizaje de las artes y las letras, García Márquez quiere que su texto “Manual para ser niño” sea un instrumento que les sirva a los niños para defenderse de los padres, que en la mayoría de los casos se oponen a que sus hijos se vuelvan artistas o literatos, argumentando que esos oficios no son rentables. El autor parte de la idea de que el artista o escritor nace con una vocación (talento) —capacidad innata para realizar alguna actividad artística o intelectual como escribir periodismo, hacer cine, danzar o pintar— y unas aptitudes. Dice: “Esto quiere decir que cuando un niño llega a la escuela primaria puede ir ya predispuesto por la naturaleza para alguno de esos oficios, aunque todavía no lo sepa”. El papel del padre de familia o el maestro es entonces el de crear condiciones favorables para el desarrollo de la inclinación artística del niño o el joven, fortalecer esos talentos, vocaciones y aptitudes que ya vienen inscritos por la naturaleza en el cuerpo y en la mente. García Márquez da el ejemplo de su propia vocación, cuando “aprendió el oficio de escritor contra un medio adverso, y no solo al margen de la educación formal sino contra ella”. Y es aquí y entonces cuando la educación, ciega al futuro y al desarrollo, castra al artista que pudiera existir en el niño.

Aceptada la aptitud y la vocación en un niño o joven, habría que pensar en el elemento disciplina, si bien algunos, en una encuesta realizada, hablan de completa libertad, otros dicen que esta es necesaria pero que debe darse espontáneamente, sin forzarla. De cualquier forma, la escuela es vista como “un espacio donde la pobreza de espíritu corta las alas” a cualquier niño o joven que quiera ser artista o literato. Tal situación lleva a pensar, en relación con la enseñanza artística, que es necesario un cambio a fondo de la política cultural. Apunta que, por ejemplo, se ha encontrado con “profesionales escaldados por los libros que les obligaron a leer en el colegio con el mismo placer con el que se tomaban el aceite de ricino”, precisamente por las vías didácticas erradas en la recepción y apreciación de la literatura. De allí concluye, para las clases de literatura, que estas deberían ser simplemente “guías inteligentes de lectura y reflexión para formar buenos lectores”. Y en cuanto al aprendizaje de la escritura, anota: “Nadie enseña a escribir, salvo los buenos libros, leídos con la aptitud y la vocación alertas”. Por lo demás, aboga porque la enseñanza del arte se asuma mediante talleres, que han dado excelentes resultados en el periodismo, el cine, la televisión y la literatura.

García Márquez ve una gran ventaja en que los hijos desobedezcan a sus padres. La idea es que en Colombia “no existen sistemas establecidos de captación precoz de actitudes y vocaciones tempranas” para carreras artísticas, ni en el colegio ni en los hogares. Dice: “Los padres no están preparados para la grave responsabilidad de identificarlas a tiempo, y en cambio sí lo están para contrariarlas”. Y reconoce que a veces se da lo contrario, padres que obligan a sus hijos a practicar en el piano sin que los niños o jóvenes tengan aptitud ni vocación para el arte de Mozart.

Sobre el autor

Guillermo Tedio es abogado y Magíster en Literatura Hispanoamericana del Instituto Caro y Cuervo. Profesor de la Maestría en Literatura Hispanoamericana y del Caribe, Universidad del Atlántico. Crítico y narrador. Autor de los libros de relatos: La noche con ojos, También la oscuridad tiene su sombra, El amor brujo, El crujido del fuego, Cuentos felinos (Antología).
 

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