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Latitud 17 de Agosto de 2013

Galán y el deporte

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Cada 18 de agosto, cuando se cumple un año más del asesinato de mi padre, amigos y periodistas nos preguntan qué pensaría él sobre tal tema político o sobre tal otro; qué recordamos del tiempo que pudimos compartir con él o qué es lo que más extrañamos de él. Sin embargo, este año, cuando Colombia aún celebra con fervor los éxitos de Nairo Quintana y Caterine Ibargüen, recuerdo especialmente su afición desmedida por el deporte. Nadie habría disfrutado como él, si hubiera tenido la oportunidad, los triunfos históricos de nuestros deportistas en el mundo en estos últimos años y, especialmente, en estas últimas semanas.

Luis Carlos Galán seguía religiosamente todas las competencias deportivas en las que participara cualquier colombiano, y pocas veces lo vi tan contento como cuando Lucho Herrera logró la victoria en el Alpe d’Huez o cuando el Happy Lora ganó el cinturón de campeón mundial peso gallo de boxeo. Nos hablaba mucho de sus equipos preferidos: Bucaramanga y Millonarios. Sí, era hincha de Millonarios, pero qué le vamos a hacer… nadie es perfecto.

Pero su amor por el deporte no era simplemente como espectador: también le encantaba practicarlo. Siendo muy joven corrió una maratón completa (42 kilómetros) entre Girardot y El Espinal. También intentó llegar a pie desde Bogotá hasta Bucaramanga, y aunque tiró la toalla en San Gil, se enorgullecía al decirme : “lo intenté viejito, lo intenté”. Era un excelente arquero cuando jugaba fútbol, tanto así que durante años nos creímos el cuento de que había jugado en alguna oportunidad en un equipo de segunda o tercera división. Aunque no era sino un mito, a mis hermanos y a mí no nos parecía para nada descabellado cuando lo veíamos tapar en partidos improvisados con la familia o con sus guardaespaldas.

Los lugares al aire libre y el hogar, los entornos favoritos de la familia Galán-Pachón.

Otra afición especial fue el ciclismo, el cual reconocía como el deporte más difícil de todos. Y sí que le dio duro practicarlo. Un día salió muy temprano a darle vueltas al parque de la 104 con 15, en el norte de Bogotá, dichoso de poder estrenar una bicicleta Vitus que le había regalado su gran amigo Lucho Herrera. Cuando apenas llevaba unas pocas vueltas se entusiasmó demasiado y cogió una curva muy rápido. Había arena en esa esquina y lo único que frenó la bicicleta fue el cachete de mi papa contra el asfalto. La aparatosa caída lo obligó a ponerse un pedazo de carne cruda en la mitad de la cara durante varios días para poder cumplir una gira a Estados Unidos que incluía entrevistas en televisión y reuniones con importantes funcionarios y congresistas.

Tuvo afición especial por el ciclismo.

Con buen discurso político explicaba que el deporte era muy importante para promover valores como la disciplina y el trabajo en equipo –el Nuevo Liberalismo fue uno de los primeros movimientos políticos que presentó una propuesta seria para promoverlo–. Pero también aceptaba que lo que más le gustaba del deporte era la competencia. Era muy competitivo y sus hijos heredamos eso. En 1984, para celebrar el cumpleaños de mi hermano Claudio, pocos meses después de los Olímpicos de Los Ángeles, organizó con mi tío Alberto Villamizar –esposo de mi tía Maruja– unas mini olimpiadas. La competencia se dividía en tres categorías: (i) el grupo de edad de Juan Manuel, mi hermano mayor, (ii) el grupo de Claudio, y (iii) el grupo de mi edad. Logró convocar a más de 100 participantes para que compitieran en los siguientes deportes: atletismo con 100 metros planos y la maratón (que en realidad eran 2 o 3 vueltas a la manzana); el lanzamiento de bala (que no era sino una media llena de arena); el salto alto, el salto largo y, finalmente, la contrarreloj en bicicleta, que consistía en darle unas pocas vueltas a ese mismo parque, el de la 104 con 15. Fue el mejor cumpleaños de toda nuestra infancia, y con seguridad fue aún más emocionante para él organizarlo.

Mi papá alcanzó a ver la primera etapa de la generación de oro del fútbol colombiano. Recuerdo como si fuera ayer ver a su lado el gol de Andrés Escobar en Wembley contra Inglaterra en 1988. Colombia ya había sido revelación en la Copa América de 1987 y él era uno de los que aseguraba sin dudar que íbamos a ir al Mundial de Italia en 1990. Tan es así que su último pronóstico fue que Colombia le ganaba 2-0 a Ecuador en Barranquilla, con un gol en cada tiempo, el 20 de agosto de 1989. La Selección cumplió al pie de la letra su predicción, pero él no lo pudo ver… ese día fue su entierro.

Hoy, al ver los grandes triunfos de los colombianos en tantos deportes, lamento profundamente que él no esté aquí para compartir esas alegrías.

Por Carlos Fernando Galán Pachón
Especial para EL HERALDO
Bogotá, agosto 16 de 2013

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