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Latitud 30 de Abril de 2017

Gabo & Escalona, anécdotas de una amistad

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El escritor y el juglar, evocación de dos compadres en el año 50 del Festival de la Leyenda Vallenata.

Por José Atuesta Mindiola
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Entre el compositor Rafael Escalona Martínez y el escritor Gabriel García Márquez existió una entrañable amistad y más de una coincidencia. Nacidos ambos en 1927, el padre del compositor, Clemente Escalona Labarcés, y el abuelo del escritor, Nicolás Márquez Mejía, fueron coroneles de la Guerra de los Mil Días. En los primeros años de escuela sus inclinaciones artísticas se orientaron hacia la pintura. Escalona, en su nativa tierra de Patillal, pinta paisajes y caricaturas, después se dedica a escribir y a silbar crónicas en versos.

García Márquez en su infancia, en la Escuela de Aracataca, prefiere la pintura; luego, a los ocho años, cuando aprendió a leer y a escribir de la mano de Rosa Elena Fergusson, empezó a sentirse atraído por los autores del Siglo de Oro que le oía declamar a su maestra.

Escalona cursa sus primeros años de bachillerato en el Colegio Loperena, y en 1943 escribe su primera canción, El profe Castañeda:

Cuando sopla el viento frío de la Nevada
que en hora de estudio llega al Loperena
ese frío conmueve toda el alma
lo mismo que la ausencia del profe Castañeda.

Cómo recordamos al profe Castañeda
si de aquí ninguno quiere que se vaya,
¡qué triste quedó el Loperena,
qué triste quedaron sus aulas!

Con profundo sentimiento le decimos
el pesar en que se encuentra Loperena,
él nos dijo adiós, porque se ha ido
y le dijimos adiós, pero que vuelva.

Escalona viaja a Santa Marta a continuar el bachillerato, y en los momentos de asueto en el Liceo Celedón se vuelve un aficionado lector de historia y literatura. Añoraba las comodidades de su casa, los cantos de Tobías Enrique Pumarejo, la magia musical de los juglares y las travesuras juveniles de sus amigos en Valledupar y Patillal. En vísperas de uno de esos viajes a Santa Marta escribe El testamento, una de las canciones más representativas de la tradición musical vallenata.

García Márquez, en sus dos primeros años de bachillerato en el Colegio San José, en Barranquilla, demostró su inclinación por la literatura; pero fue en el Liceo de Zipaquirá cuando empezó a consolidarse su vocación de escritor, gracias a las orientaciones de su profesor de literatura Carlos Julio Calderón Hermida y el poeta Carlos Martín (rector del Liceo), el miembro más joven de la generación llamada Piedra y Cielo. En 1944 lee en clase su primer cuento, “Sicosis obsesiva”. De 1945 es uno de sus poemas tempranos, “Si alguien llama a tu puerta”:

Si alguien llama a tu puerta, amiga mía,
y algo en tu sangre late y no reposa
y en tu tallo de agua, temblorosa,
la fuente es una líquida de armonía.
Si alguien llama a tu puerta y todavía
te sobra tiempo para ser hermosa
y cabe todo abril en una rosa
y por la rosa desangra el día.
Si alguien llama a tu puerta una mañana
sonora de palomas y campanas
y aún crees en el dolor y en la poesía.
Si aún la vida es verdad y el verso existe.
Si alguien llama a tu puerta y estás triste,
abre, que es el amor, amiga mía.

Desde 1948 ya la Región Caribe y otras ciudades de Colombia escuchaban las canciones de Rafael Escalona: Adiós mi Maye (La despedida), El testamento y El compae Migue (El ermitaño), en la voz y la guitarra de Guillermo Buitrago y sus muchachos. Los aficionados y estudiosos de la música popular reciben con elogios estas canciones por su estilo narrativo y poético. También por esos años (septiembre de 1947), cuando Gabriel García Márquez estudia Derecho en la Universidad Nacional de Bogotá, el suplemento Fin de Semana, del periódico El Espectador, publica su cuento “La tercera resignación”. La crítica especializada elogia su calidad narrativa, y el escritor Eduardo Zalamea Borda saludó públicamente, desde su columna diaria en El Espectador, la aparición de «un ingenio nuevo, original, de vigorosa personalidad».

García Márquez tuvo noticia de Rafael Escalona en Cartagena, en 1948, cuando ingresa como redactor de El Universal y su director Clemente Manuel Zabala escribe sobre las canciones de Abel Antonio Villa y Rafael Escalona. Las canciones de Escalona enamoraron desde el primer momento a García Márquez. En los primeros días de diciembre de 1949 el joven periodista llega por primera vez a la provincia vallenata, específicamente a la población de La Paz, invitado por el escritor y médico Manuel Zapata Olivella, quien vivió allí entre 1949 y 1952. Los dos habían compartido meses antes el oficio periodístico en el diario cartagenero. Además de la amistad y las afinidades ideológicas, los unía la admiración por las crónicas narrativas de los cantos de Escalona.

En una parranda vallenata ofrecida por Zapata Olivella, García Márquez refrenda su admiración por el compositor, quien no estuvo en la velada, y afirma su relación de amistad con Escalona después, en Barranquilla (24 de marzo de 1950). García Márquez ya era periodista de EL HERALDO y escribía su columna ‘La jirafa’. En ese encuentro nace para siempre una entrañable amistad entre el compositor y el escritor. Desde entonces, García Márquez es el mayor y mejor publicista de los cantos de Escalona. En una columna escribe: «No hay una sola letra en el vallenato que no corresponda a un episodio cierto de la vida real, a una experiencia del autor. Un juglar del río Cesar no canta porque sí, ni cuando se le viene en gana, sino cuando siente el apremio de hacerlo, después de haber sido estimulado por un hecho real».

Las visitas a Valledupar de García Márquez fueron frecuentes. So pretexto de promocionar la venta de libros, aprovechaba para alimentar su fraternidad con el compositor Rafael Escalona y poder viajar juntos por la ruta de los pueblos de sus abuelos, y nutrirse con las revelaciones de cuentos, mitos y leyendas.

El joven escritor y el compositor se hacen compinches de viajes y travesuras. En El viaje a la semilla (1997), Dasso Saldívar nos cuenta (pp. 26-27): «Un día, mientras se tomaban unas cervezas en la única cantina del pueblecito de La Paz, vecino de Valledupar, se toparon con un hombre alto y fuerte, con sombrero de vaquero, polainas de montar y revólver al cinto. Escalona, que era su amigo, se lo presentó a García Márquez. El hombre le tendió una mano segura y afectuosa al escritor mientras le preguntaba: ‘¿Tiene algo que ver con el coronel Nicolás Márquez?’. El escritor le dijo que era su nieto. ‘Entonces, recordó el hombre con una antigua complicidad familiar, su abuelo mató a mi abuelo».

«Se llamaba Lisandro Pacheco, y, ciertamente, el abuelo de García Márquez, Nicolás Ricardo Márquez Mejía, había tenido que matar en un desafío al abuelo de este, Medardo Pacheco Romero, 45 años atrás en la población guajira de Barrancas. Por precaución, Escalona le sugirió a Lisandro que no removiera esa historia, que Gabriel no sabía mayor cosa de la misma, y, amparado en su afición y conocimiento de las armas de fuego, le sustrajo el revólver de la funda con el pretexto de probar puntería: descargó la recámara, dejó una sola bala y dijo: ‘Voy a ver qué tal puntería tengo hoy’. Lisandro, complacido, lo animó a que hiciera todos los disparos que quisiera, y, de pronto, los dos se enzarzaron en un mano a mano de tiro al blanco. Cuando invitaron a García Márquez a que probara puntería, este se negó, pero entre cerveza y cerveza siguió presenciando la competición».

Coletilla: otra coincidencia. Este año, el Festival Vallenato, cuya fundación fue liderada por Alfonso López, Consuelo Araújo y Rafael Escalona, realiza su certamen número 50. También cumple 50 años Cien años de soledad, la obra cumbre de Gabriel García Márquez, hito en la historia literaria de Latinoamérica y considerada como una de las mejores realizaciones narrativas de todos los tiempos. 

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