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Latitud 06 de Marzo de 2016

‘Flappers’, otra forma de asumir la femineidad

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Un repaso a varios de los episodios que protagonizaron actrices, artistas y celebridades para expresar su inconformismo por la desigualdad de género. Marcaron época, cerraron filas retomando elementos de la moda masculina.

John William Archbold
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Después de la Primera Guerra Mundial, la sociedad occidental fue testigo de una serie de cambios. El arribo de la década del veinte trajo un lugar para los marginados: el jazz dejaba de ser un escándalo vulgar para convertirse en la sensación que daría a los músicos afroamericanos un lugar en el mundo; el Art Déco le quitaba protagonismo a los estilos clásicos dando paso a los artistas de vanguardia, y el movimiento obrero veía por fin satisfechas sus primeras demandas. Las mujeres también hicieron parte de esa revolución; las conquistas del movimiento feminista les otorgaron un nuevo papel en los panoramas social y político.

Las nociones estéticas de la época tuvieron que adaptarse a la luz de estas nuevas concepciones. En Estados Unidos, la inserción de las mujeres al mercado laboral convocó un cambio en el estilo recargado que dominaba la moda, pero fue el surgimiento de las flappers lo que propuso otra forma de asumir la femineidad.

En el mundo del espectáculo, donde las reputaciones siempre estaban en entredicho, y por tanto no había mucho que perder, las artistas se dieron la libertad de llevar el pelo corto, deshacerse de los corsés y disminuir el largo de sus faldas. Al tener los mismos derechos que los hombres frente a las urnas, se permitieron emularlos en sus diversiones: empezaron a asistir a bares de jazz, bebían licores fuertes y bailaban desaforadamente el charlestón, un ritmo que se hizo popular en los cabarets. Ese nuevo estilo de vida fue asimilado por grandes estrellas del cine mudo como Clara Bow, Louise Brooks y Norma Talmadge, lo que contribuyó a incrementar su popularidad.

Pronto las calles de Nueva York y Los Ángeles se colmaron de jóvenes dispuestas a crear esas y sus propias convenciones, sintiéndose libres y alzando la voz tan alto como
cualquier hombre.

Al frecuentar el ambiente bohemio, las flappers llegaron a ser musas de inspiración para los artistas y escritores de la época.

Unos años antes de ganar el Premio Nobel de Literatura, Rudyard Kipling publica el libro: Señora Bathurs y otras historias, donde definió el factor inexplicable que hacía auténticas a estas mujeres: «No se trata de belleza ni de una forma de hablar. Simplemente ella tenía eso».

Veinte años después, Clara Bow protagoniza la película It, inspirada en el cuento que encabeza dicha colección, con lo que se instaura para siempre como su arquetipo perfecto.

En 1920, el estadounidense F. Scott Fitzgerald publica la serie Flappers y filósofos, una colección de cuentos cortos que aparecieron en la revista The Saturday Evening Post. Las historias tienen en común la autonomía de sus protagonistas femeninas y la influencia que estas ejercen sobre los hombres que caen presos bajo sus encantos.

Por su lado, la escritora y guionista Anita Loos, quien para muchos encarnaba en sí misma un modelo discreto de flapper, satirizó en el argumento de su famosa novela Los hombres las prefieren rubias los prejuicios sociales a los que eran sometidas estas mujeres. Las protagonistas de esta historia, publicada en 1926, se embarcan en una aventura por Europa en la que ven puesta en tela de juicio su honestidad e inteligencia. La historia se convirtió en un clásico del cine unas décadas después con la estelaridad de Marilyn Monroe.

Todo lo anterior llevó a que este nuevo paradigma se inscribiera en la cultura popular, con lo que reforzaba su influencia transgresora.

Mientras tanto, en Europa las apuestas eran mucho más agresivas. A principios del siglo XX, el tenis era uno de los pocos deportes que permitía a las mujeres competir públicamente.

El Abierto de Wimbledon fue el primer grand slam en habilitar contiendas internacionales femeninas, pero las políticas conservadoras de la época obligaban a las mujeres a lucir una vestimenta inapropiada para su rendimiento: faldas largas, sombreros de ala ancha, e incluso el corsé hacía parte del uniforme. El modisto francés Jean Patou, tras su regreso del frente en la Primera Guerra Mundial, se interesó por la moda deportiva femenina. Su compatriota Suzanne Lenglen, quien por aquel entonces reinaba en las canchas, fue la primera en lucir sus diseños, completamente escandalosos al incluir faldas a la altura de la rodilla, blusas que dejaban los brazos al descubierto y diademas elásticas de colores vivos para la cabeza. Lenglen también se convirtió en una de las primeras deportistas en llevar el pelo corto.


Primó la causa
La relación entre la literatura y las nuevas estéticas femeninas fue inversa en Europa, ya que la narrativa no se convirtió en un efecto, sino en una causa. En 1922, el escritor Victor Margueritte publicó su exitosa y controvertida novela La Garçonne. La historia cuenta la vida de Monique Lerbier, que decepcionada por el engaño de su novio decide adoptar una postura masculina al tiempo que desarrolla una vida sexual liberal, con hombres y mujeres, entre salones de baile y el humo del opio.

La obra tuvo un impacto tan grande que fue llevada al cine solo meses después de ser publicada, y años más tarde dio lugar a la aparición de un ejército de damas que invadieron los cafés del barrio Montparnasse vestidas con pantalones, corbatines, chaquetas holgadas y sombreros de ala corta.

A través de esta nueva puesta en escena, las garçonnes, como fueron llamadas en honor a la novela, querían sentar una voz de protesta: si se vestían igual que hombres, debían ser tratadas de la misma forma.

A diferencia de las flappers, que adoptaron maneras masculinas en su comportamiento, las garçonnes burlaban la virilidad conservando sus maneras delicadas y coquetas. Se permitían algo de maquillaje, quizá una pulsera, al tiempo que revisaban la hora en un reloj bolsillo y despedían fragancias maderadas. La ponderada actriz alemana Marlene Dietrich se unió a este movimiento durante su estancia en París, pero la repercusión de su fama era tan aguda que la policía llegó a amenazarla con la detención por aparecer vestida de hombre en público. Durante el resto de su vida siguió jugando con ese estilo, en decenas de fotografías posa con tuxedos y sombreros de copa, e incluso con uniformes militares.

Aunque el estilo de las garçonnes no fue tan acogido en Estados Unidos como Francia, varias actrices de Hollywood como Greta Garbo, Audrey Hepburn y Mia Farrow coquetearon con ese tipo de atuendos a lo largo de los años.


En nuestro medio
En Latinoamérica, el impacto de estas propuestas iconográficas fue paulatino, sutil y poco uniforme, salvo a una excepción: México. Para mediados de la década del veinte, la tendencia había hecho su arribo oficial en el país. La influencia del cine estadounidense y la llegada a Hollywood de actrices mexicanas como Dolores del Río y Raquel Torres motivó a las jóvenes a imitar el estilo que veían en los filmes. Para 1924, ‘las pelonas’, como eran llamadas popularmente por su cabello corto, eran todo un suceso que no fue bien recibido por algunos sectores.

Según explica Anne Rubenstein en su ensayo “La guerra contra Las pelonas: Mujeres Modernas y sus enemigos en Ciudad de México”, el famoso arzobispo José Mora y del Río juzgó la nueva imagen de estas chicas como un atentado contra la decencia, la naturalidad y la modestia, y exigió que esas conductas fueran reprimidas. Esto provocó una ola de violencia por parte de los universitarios, quienes rezaban en medio de sus ataques: «Se acabaron las pelonas, se acabó la diversión, la que quiera ser pelona pagará contribución». Después de ser castigadas, a estas mujeres se les prohibía salir de su casa hasta que el pelo les volviera a crecer, no acatarlo significaba ponerse en riesgo de una nueva y más cruenta agresión.

Colombia, por su parte, no contaba en ese tiempo con una difusión cinematográfica significativa, por lo que esta tendencia nunca alcanzó una acogida popular. Sin embargo, el rector de la Universidad Nacional Marco Palacios, en su libro Estado y clases sociales en Colombia cuenta cómo el país en aquel entonces disfrutaba de la llamada «danza de los millones», en la que el éxito del comercio del café y la indemnización por la pérdida de Panamá dieron una engañosa vislumbre de prosperidad. Por esa causa, muchas jovencitas de la élite eran enviadas por sus familias a vacacionar y estudiar en Europa, estas, a su regreso, se encargaron de importar la moda y los conceptos de aquellas mujeres. Las tendencias parisinas desfilaban por las calles de las principales ciudades de forma masiva, a tal grado que los visitantes extranjeros se impresionaban. Quizá la más destacada fue la samaria Olga Noguera Dávila, famosa por haberse convertido en 1926 en reina del Carnaval Estudiantil de Bogotá, elegida por voto popular de los universitarios. James D. Henderson, Doctor en Historia de América Latina, en su libro La modernización en Colombia: los años de Laureano Gómez, 1889-1965 insinúa que el carácter revolucionario de Olga no solo se veía reflejado en su vestir, también en sus acciones y actitudes al estar siempre rodeada de amigos hombres e involucrarse a la par en sus acciones como cuando decidieron secuestrar a la mascota de los carnavales de Pasto:

«Cuando los jóvenes universitarios de la ciudad inauguraron el carnaval de 1926, por ejemplo, lo hicieron mediante una complicada charada que publicaron en un folleto de cincuenta páginas con fotografías y caricaturas de Pepe Gómez, el hermano menor de Laureano. Según el panfleto titulado “Proceso de Pericles Carnaval y Neira”, en la noche del 14 de julio, siete jóvenes disolutos, entre ellos Olga Noguera Dávila, Tony Greiffestein, Germán Arciniegas y Miguel López Pumarejo, secuestraron al rico e imaginario ‘Pericles Carnaval’, a quien planeaban extorsionar para obtener el dinero necesario para el festival de aquel año y para el baile de caridad» (p. 190 - 191).

A pesar de nuestro instinto conservador, la huella de las flappers en Colombia no fue discreta. Para la década del treinta, cuando el mundo convulsionaba ante la reinvención femenina propuesta por Coco Chanel, ya en Colombia el pelo corto se había posicionado en las cabezas de las damas más elegantes y las primeras reinas de belleza.

La evolución y proyección de estas tendencias confirma en varias medidas lo dicho por el historiador alemán Aby Warburg en sus estudios iconográficos: «la moda, más allá de una configuración caprichosa, es la expresión de los estilos de vida y las concepciones del mundo en su contexto imperante, y por tanto, una herramienta útil para tener una mejor perspectiva de estos. Ante la nueva conciencia colectiva de las mujeres, las rupturas en su estética personal fueron símbolos que expresaban sus inconformismos, que representaban sus ambiciones, y que poco a poco les aportaron otra forma de autonomía. Gracias a lo que en su momento fue considerado atrevido, con el pasar del tiempo las mujeres se deshicieron de otra atadura».


La actriz alemana Marlene Dietrich, exponente del estilo ‘las garçonnes’, más acogido en Francia que en Estados Unidos.


La samaria Olga Noguera Dávila, reina del Carnaval Estudiantil en Bogotá en 1926.
(Foto: Castello & Posada. Revista ‘Cromos’/Colarte)


La actriz Dolores del Río, quien imitó el estilo de Hollywood en el cabello, denominado en México ‘las pelonas’.

Terminología asociada a las ‘flappers’
Rudyard Kipling
‘Los caballeros las prefieren rubias’
F. Scott Fitzgerald
Jean Patou
Suzanne Lenglen,
La guerra contra las pelonas
‘La Garçonne’,
Marlene Dietrich
Marco Palacios
Olga Noguera Dávila

 

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