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Latitud 04 de Diciembre de 2016

Fidel y el ‘Bogotazo’

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Tita Cepeda
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Todos sus amigos recordamos el fantástico cuentero que fue Eduardo Mendoza Lince, cómo se superaba cuando tenía un nuevo proyecto. En la naciente Playa Mendoza, bastaban un par de daiquiris para transformar aquellas tierras desérticas en una especie de esquina del paraíso perdido… sus historias, de las aventuras en los Estados Unidos cuando salió de Yale, y se matriculó en una escuela de aviación en la Florida, porque eso era lo que quería ser: aviador. 
 
Así ganó el sobrenombre de ‘Capitán Mendoza’, que sólo utilizó una vez, durante el 9 de abril de 1948, en Bogotá. Es el más extraordinario de los cuentos que oyeron sus amigos de la época, con mucho asombro y más incredulidad. Una conversación reciente con su esposa, Gladis, ayudó a ordenar el relato, y aquí sigue, más o menos, como el Capitán lo contaba.
 
"Estaba estudiando Derecho en la Nacional, cuando llegó la noticia del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Con un grupo de compañeros sacamos un bus de la Universidad, para irnos al centro a hacer la revolución. Encontramos gente incendiando y rompiendo vitrinas, furiosa por la muerte de su jefe. No encontramos ningún líder ni colombiano, ni extranjero, que saliera a dirigir a aquel océano de gente en movimiento, y todo terminó en saqueos y masacres. Convertí el bus en apoyo a la Cruz Roja, y empecé a recoger heridos. En una esquina, subieron tres muchachos muy jóvenes, hablando cubano puro, que reforzaron la tarea de aquel día terrible. Años más tarde (1960), reconocí en las fotografías al mismísimo Fidel Castro (él presidió la delegación cubana al Congreso de Juventudes en Bogotá). Al día siguiente, rescatamos a los personajes de la Conferencia Panamericana, los llevamos a su hotel, el bus ya no daba más, y lo abandoné allí mismo". 
 
Datos muy vagos tenía yo de este ‘cuento’ del Capitán Mendoza, cuando en 1986/87, parada frente a una gran mesa de bufé, miraba indecisa la variedad de la cocina cubana desplegada en honor de las delegaciones de cineastas que visitaban La Habana, con motivo del Festival Internacional de Cine. Allí seguía, sin saber por dónde empezar; cuando sentí que alguien se detenía a mi lado. Prueba el pastel de maíz, es muy bueno. Cuál pastel, pensaba al girar y encontrar a Fidel Castro sonriente: Tú, ¿qué haces aquí? Traje una película al Festival. ¿Cómo se llama? Un Carnaval para toda la vida. Pediré una copia. Mi cara de sorpresa debió ser enorme. (Los derechos, ¿qué?). No, no, no te preocupes, solo para mí. ¿De dónde eres? De Colombia, pero, ¿de dónde? De Barranquilla… Una idea comienza a rondar mi aturdida cabeza este señor, general, comandante, abogado, presidente, como le digo, ¿me está entrevistando o qué está pasando aquí?
¿De Barranquilla? Repite con entusiasmo, tengo algunos amigos allá, ¿conoces a Eduardo Mendoza? Claro que sí y está aquí, en esta misma reunión… la sorpresa pasó a sus ojos como espejos, me tomó del brazo y no sé qué señal hizo a sus tenientes, que salieron como un rayo y a los minutos volvieron con Eduardo, pálido, entre dos gigantes. La gritería que armó este par al reconocerse fue de estruendo, los escoltas tuvieron que apartarse y de paso me sacaron a mí de los abrazos, y los invitados formaron una rueda, y aplaudieron y aplaudieron… 
 
Texto publicado en 2007 en la columna “Burbujas de la cultura”.

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