EL HERALDO SUSCRÍBETESuscríbete a EL HERALDO
El id es:node/143027
Latitud 14 de Mayo de 2017

Exilio e identidad

El usuario es:

¿ Ante el fracaso de las ideologías, es la Justicia la nueva utopía?

Ramón Molinares Sarmiento
Compartir:
El exilio más espantoso que conoce la historia de la humanidad es el de los quince millones de africanos que fueron arrancados violentamente de sus aldeas para ser esclavizados en América.
 
¿Cómo serían los sueños de aquellos exiliados negros, los únicos que, en la vigilia, nunca abrigaron la esperanza de regresar a casa? Es probable que tuvieran pesadillas en las que se sentían despedazados por leones de melenas rojizas, como las de los ingleses que los capturaban; que soñaran con cocodrilos blancos de ojos azules que entre sus dientes los sumergían en aguas de mar salado; o con serpientes doradas que los engullían vivos, del mismo modo que eran engullidos por las naves de los esclavistas; pero también es posible que tuvieran sueños felices, liberadores, en los que se veían cantando y bailando alrededor de tambores alegres, descansando a la sombra de los árboles de la aldea, bañándose desnudos en manantiales tibios o, si ya estaban cristianizados, viajando de regreso a casa en el vientre de ballenas tan enormes como los barcos que los traían al Nuevo Mundo.
 
Tanto como las pesadillas, en la vigilia los atormentaba recordar el llanto de la madre, de los hijos y de la esposa que los vieron por última vez maniatados, alejándose para siempre de su terruño. 
 
Se dice que en el cuento “El perseguidor”, de Julio Cortázar, el protagonista se siente angustiado por la búsqueda de una melodía que, aunque al tocarla deja complacidos a los melómanos más exigentes, a él le resulta inalcanzable, no lo satisface, pues siente que de su saxofón no sale lo que él quisiera que saliera. En los sueños angustiosos de este personaje inolvidable, de este drogadicto perseguidor de melodías, es recurrente la imagen de un cementerio lleno de urnas verdes, posiblemente de muertos negros; circunstancia que me ha llevado a pensar que lo que con su música buscaba inconscientemente este jazzista negro norteamericano era el camino de regreso a casa de los de su raza. 
 
Todos los exilados a la fuerza o por su propia voluntad se sienten desbordados por el deseo de volver a la patria perdida. Un exiliado es un hombre o una mujer arrancados de todo lo que aman: de la sombra del ciruelo del patio de su casa, del parque en que él o ella dieron su primer beso, del saludo de los vecinos de la gran ciudad o de la aldea y, entre muchas otras cosas, del abrazo amoroso en bailes con música de marimbas y tambores africanos. Los exiliados no pueden desprenderse de su pasado ni pueden aferrarse al porvenir, siempre incierto. Víctor Hugo escribió que el exilio es un sueño largo de regreso a casa. Todos sueñan con volver: volvió Ulises a Ítaca, volvió Juanita con una maleta cargada de lejanías, y volvió a Macondo José Arcadio Buendía después de navegar por todos los mares del mundo y haberse emborrachado con vinos de Borgoña en el cuarto en que murió Rocamadour. Incluso después de décadas de ausencia, el que se ha exiliado voluntariamente quiere volver a su terruño, quiere volver a tocar a las puertas de su infancia aun cuando sospeche que pueden responderle: «Aquí no vive nadie».
 
Supongo que los que no quieren volver son los que, luego de padecer una crisis de identidad por cualquier motivo, han abandonado la fidelidad a su lugar de origen. Me formulé esta suposición la tarde en que, en la ventanilla de una oficina de Toronto, fui atendido por una señora blanca y de ojos verdes, que me habló en un español de acento sudamericano. ¿De dónde es usted?, le pregunté a la agraciada señora, quien a su vez interrogó a uno de sus compañeros de trabajo: ¿De dónde soy Jerry?, y sin esperar respuesta de este me dijo: «He vivido en tantos lugares que ya ni sé de dónde soy». Si no sabe de dónde es, me dije al salir de la oficina, es posible que tampoco sepa quién es. Conjeturo que una china, una iraní o una europea no me habría respondido como lo hizo la señora de ojos verdes, cuya respuesta me llevó a pensar en la inconsistencia de la identidad racial y cultural de los latinoamericanos.
 
Conocido es el chiste, revelador de la inconsistencia de la identidad latinoamericana, que anota que los mexicanos descienden de los aztecas, los peruanos de los incas y los argentinos de los barcos.
 
Si este evento, la presentación de una nueva edición de Exiliados en Lille, se realizara en una universidad de China, lo más probable es que todos en el auditorio tendrían, por lo menos, el pelo negro y lacio, lo que supone una identidad racial consistente. Pero aquí, en este recinto, encontramos negros de ojos verdes con pelambre de árabes en los brazos; wayuu, arhuacos o paeces de pura sangre precolombina, y blancos de pelo rubio.
 
Tanto como por su componente racial, la identidad de una nación es fortalecida por su cultura, en particular por su literatura, su música, su pintura, sus monumentos. Los griegos pueden verse en la Ilíada, en La odisea, en sus tragedias; los judíos en la Biblia; los alemanes en los Nibelungos, los franceses en La canción de Rolando, los españoles en el Mío Cid. En este sentido, considero que el mayor mérito de García Márquez es el de haber creado un espejo de cuerpo entero en el que nos podemos ver los latinoamericanos todos y los colombianos en particular: Cien años de soledad. Nos complace vernos en este espejo con nuestros defectos y virtudes; saber que los fundadores de Macondo eran intrépidos, emprendedores, soñadores, tiernos, amorosos, justos; gente con un alto sentido del honor y de la equidad, que construyó sus primeras viviendas de modo que todas disfrutaran de la misma frescura y de la misma música que cantaban los pájaros en las horas de más calor; pero también podemos ver en este espejo las peores atrocidades que puede cometer un hombre, alimentadas por poderosos de identidad difusa, sin sentido de pertenencia, capaces de malvender para provecho personal las riquezas naturales del país y las más prósperas empresas públicas, codiciadas por empresarios que conocen muy bien las ganancias que están produciendo en el momento de negociarlas.
 
No pertenecer a su lugar de nacimiento, a su lugar de origen, es la impresión que pueden darnos los más altos funcionarios públicos, quienes, a cambio de una coima, favorecen escandalosamente a las multinacionales contratadas para construir carreteras o refinerías. Estos caballeros, como la señora que me atendió en Toronto, son de identidad corrompida, infieles a su terruño.
 
No recuerdo el nombre del colombiano que dijo que el estilo de uno de nuestros expresidentes era el del típico gobernante inglés. Supongo, sin fundamento, que quien hizo esta afirmación pudo haber percibido que, quizás inconscientemente, el expresidente no se sentía del todo identificado con su lugar de origen. Da pena suponer, de un modo un tanto temerario, que lo que más enorgullece a uno de nuestros más altos funcionarios es proclamar, para envidia de los de su clase, que es amigo íntimo de un ex primer ministro inglés.
 
Tan insegura es nuestra identidad, que en el agasajo que se le rindió al mandatario francés Charles de Gaulle, el anfitrión, el presidente Guillermo León Valencia, exclamó entusiasmado: viva España y su presidente de Gaulle. Es probable que, por lo menos en ese instante, Valencia pudo sentirse más español que colombiano.
 
A diferencia de los colonizadores de Estados Unidos, que llegaron con sus familias de Inglaterra para quedarse en América, los conquistadores españoles vinieron en busca de las riquezas de los precolombinos para disfrutar de ellas en Europa. Algunos gobernantes latinoamericanos nos dan la impresión de haber reencarnado en el cuerpo de los conquistadores españoles; quiero decir que se sienten como de paso por Colombia, desesperados por enriquecerse en el menor tiempo posible para luego comprar mansiones de lujo en Europa o Estados Unidos.
 
Si organizáramos una gran fiesta a la que asistieran europeos, negros chocoanos, arhuacos, zenúes, paeces de pura sangre precolombina y colombianos blancos observaríamos que mientras el grupo de negros y el de los indígenas se divierte como enanos en circo, felices de encontrarse entre los suyos, los blancos colombianos la pasarían aburridos, tratando toda la noche de acercarse a los europeos para decirles: nosotros somos Fiorello, Betancourt, Turbay, Morris, nada tenemos en común con esos indios ni con esos negros de aquellos lados.
 
En circunstancias tan desafortunadas como esta, considero que solo la institución de la Justicia es la llamada a igualar estas diversas expresiones raciales.
 
No creo que el procurador, Fernando Carrillo; ni el contralor, Edgardo Maya; ni el fiscal, Néstor H. Martínez, no hayan cometido pecados durante el largo ejercicio de sus profesiones; pero quiero creer que, por lo que dicen y están haciendo ahora, han llegado a tomar conciencia de que las circunstancias tan vergonzosas en materia de administración pública los están llamando a ocupar un lugar preponderante en la historia de nuestra nación.
 
Espero que las futuras generaciones los recuerden como los héroes que por fin pusieron la majestad de la Justicia por encima de los intereses de banqueros, gobernantes y ex gobernantes sin sentido de pertenencia, sin identidad nacional.
 
Las circunstancias no son propicias para la espera de un mesías; la guerrilla, abortadas sus ilusiones, perdido el rumbo de la noble ideología que alimentó sus primeros días, ya no está en capacidad de dar a luz a un héroe que nos una. Ahora solo del poder judicial podemos esperar hazañas verdaderamente heroicas. La identidad racial y cultural latinoamericana tardará siglos en decantarse, de modo que solo la Justicia es la única que, mientras tanto, puede unirnos.   
 
Texto leído en la Filbo para la presentación de una nueva edición del libro ‘Exiliados en Lille’.
 
Mensaje enviado Satisfactoriamente!
REPORTAR UN ERROR O SUGERENCIA