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Latitud 05 de Noviembre de 2017

Esthercita Forero, la eterna Novia de Barranquilla

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Foto: Archivo EL HERALDO

Fragmento del texto ganador al Premio de Crónica Distrital del Portafolio de Estímulos 2017.

Fausto Pérez Villarreal*
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Ya son seis años de su ausencia terrenal. Seis años sin su sonrisa fácil, cargada de gozo. Una ráfaga de incontrolable nostalgia nos sacude al evocar en un marco de sepia su voz cantarina, dibujándonos las calles de nuestra vieja Barranquilla o revelándonos el furtivo romance de esa luna bonita con el río Magdalena, en una noche de cumbia y palmeras.

Así como regresó un día a su tierra y a su gente con una maleta cargada de lejanía, con su pollera pintada de pájaros y colores tras vivir varios años en el extranjero, se fue de este mundo dejando esa misma maleta repleta de recuerdos en los balcones florecidos de la memoria de varias generaciones que crecieron, se enamoraron y procrearon con sus canciones.

Esthercita Forero ya no está más entre nosotros en cuerpo presente, pero el olvido para ella no es posible. Su legado permanece más vivo que nunca y fluye palpitante, inagotable. Nadie le ha cantado más, ni mejor, a Barranquilla, en una perfecta combinación de letra y melodía con sus composiciones, bien sea interpretadas en su propia voz o por otros cantantes.

Tuvo en diversas oportunidades como fuente de inspiración, al momento de elaborar sus obras, a su entrañable Arenosa.

En canciones como La luna de Barranquilla, Campanitas curramberas, El Caño de la Auyama, Mi vieja Barranquilla, Tambores de carnaval, Volvió Juanita y La Guacherna, por citar solo siete, nos dejó sentidas postales de nuestra tierra.

«No me considero prolífica. Soy más bien una compositora de estados de ánimo que al momento de escribir, guiada por la musa, las frases me llegan con facilidad y casi siempre está presente el paisaje de mi comarca. Entonces, compruebo que la labor de componer no es difícil para mí», me dijo, en una de las tantas conversaciones que sostuvimos en su casa, en el barrio El Silencio. Allí, a través de la ventana principal, se contemplaba el cielo, lleno de nubes crepusculares, y de vez en cuando se sentía el rumor de la brisa fresca, besando las ramas del palito de matarratón sembrado en el jardín de la terraza.

Precisamente, fue por ese palito que sembró una mañana en honor a la nostalgia por su venerable terruño, que iniciamos aquella tarde nuestra conversación.

—En Mi vieja Barranquilla usted dibuja nuestra ciudad con bellas palabras y, además, le da protagonismo al palito de matarratón. ¿Cómo nació esa canción?

Antes de responderme sobre el origen de ese tema se acomodó en el mecedor y me habló de las bondades de ese árbol de tamaño medio perteneciente a las leguminosas: «Además de ser tradicional en Barranquilla, ya que raras eran las casas en las que no había un matarratón, fuera en la puerta o en el patio, sus hojas adquirían propiedades curativas al mezclarse con la orina y alcanfor, para aplicársela en la piel de los afectados por sarampión y viruela. El efecto de esa combinación con el ácido úrico hacía las veces de antibiótico y analgésico; calmaba la rasquiña, eliminaba la infección y sanaba sin dejar manchas. A mí me dieron ese baño, y no me quedó secuela ninguna. El matarratón, meciéndose airoso al soplo de las brisas, es una de las imágenes que conservo en la memoria. Para mí, ese es el árbol insigne de Barranquilla».

Dada esa explicación, y sin que se lo pidiera, tarareó su bella composición:

Las calles de mi vieja Barranquilla,
doradas por el sol y las arenas
el caño saludando al Magdalena,
con flores de bonitas batatillas…
jardines con noches de serenata
faroles bajo la lunita grata
retretas de la plaza al camellón
y los palitos de matarratón.

Luego de escucharla a capela pienso que el sitio ideal para vivir es la Barranquilla que ella nos describe, porque los problemas de la cotidianidad han sido barridos por la magia de su poesía. La ciudad que nos muestra no nos aflige, sino que nos maravilla. A esa conclusión llego al analizar esa estrofa de Mi vieja Barranquilla, en la que nos revela en versos de impecable factura una de las imágenes más elocuentes de aquella ciudad procera e inmortal; con calles llenas de arena, pero limpias, que se quedó estacionada en su memoria, dándole su voz y su músculo al progreso.

Finalmente, me dijo que la compuso en 1974 por petición de Nelson Henríquez, destacado cantante venezolano que un año atrás se había constituido en el triunfador absoluto del carnaval, adjudicándose la ovación unánime de los asistentes al Coliseo Cubierto Humberto Perea y el Congo de Oro en el Festival de Orquestas.

«Yo no conocía a Nelson Henríquez en persona, pero lo había disfrutado mucho con sus interpretaciones. El empresario Farid Char fue quien me lo presentó, en mi casa. Hablamos más de media hora. Recuerdo que cuando se iba le reiteré que no era costumbre mía escribir por encargo. Con un beso en la mejilla nos despedimos», recordó.

En la intimidad de su aposento, el clamor de Nelson Henríquez seguía taladrando su mente: «Barranquilla me ha dado una sentida acogida, y yo quiero retribuir ese cariño cantándole una canción a su tierra, a su paisaje, a su gente. Solo usted puede escribir algo así. ¡Se lo pido de corazón!».

Dos días después, en una de esas fecundas sentadas en la terraza de su casa, construyó la pieza. «La misión resultó más fácil de lo que esperaba. Lo único que hice fue acordarme del barrio Abajo, donde pasé mi niñez, y de los palitos de matarratón».

Nelson Henríquez, El fabuloso, publicado en 1975 bajo el sello Venus, de Venezuela, fue el LP en el que figuró Mi vieja Barranquilla. Conquistó de inmediato el gusto de los melómanos. «Ese es un número infaltable en mi repertorio. El público me lo exige», me dijo Nelson Henríquez, fallecido el 3 de marzo de 2014 en Miami, a los 70 años.

Esther Cecilia Forero Celis nació el 10 de diciembre de 1919. Fue criada, como hija única, por su madre tolimense Josefina Celis debido a que su padre, Laureano Forero, un capitán de la Policía oriundo de Cartagena, como la mariposa temerosa de las garras del felino, levantó su vuelo un día cualquiera y no regresó jamás. «Mi amada Josefina fue madre y padre. A ella le debo todo lo que soy», aseguró. Su infancia la vivió en el barrio Abajo, donde aprendió a cantar desde tierna edad.

«Según mi mamá, yo me involucré en la música desde muy niña, cuando aún no había cumplido tres años. Me dijo que yo repetía, ante las visitas, las coplitas y los poemas que me enseñaba, y me engreía con los aplausos. Después, a los cuatro años ya cumplidos, en el Colegio Americano, donde me eduqué, empecé a cantar en los actos cívicos. Con el transcurrir de los años participé en las semanas culturales y en otros eventos dentro y fuera de la institución».

En 1935, con 14 años cumplidos, dio sus pinitos, en serio, en la música. El radioteatro de La Voz de Barranquilla, propiedad de Elías Pellet Buitrago –patriarca de la radiodifusión nacional– fue su plataforma de lanzamiento.
«Además de instruirme en cómo agarrar el micrófono, y cómo vocalizar bien, con clara dicción, don Elías me inculcó disciplina y responsabilidad. En el radioteatro conocí a mi primer maestro musical: el cienaguero José Mazilli, excelso guitarrista, con el que me forjé como cantante durante los tres años que permanecí en la estación radial».

A partir de sus intervenciones en el radioteatro de la extinta emisora ubicada en el barrio Boston inició una carrera ascendente como vocalista. En 1939 audicionó en varias ciudades de Colombia. Actuó en Radio Bucaramanga, en La Voz de Armenia, en La Voz de Bogotá y en el Salón de la Sociedad de Empleados del Norte, de Cúcuta, antes de emprender su primer viaje fuera de Colombia: Venezuela. Allá realizó exitosas presentaciones en emisoras y teatros de Maracaibo, como Ondas del Lago y El Jardín Zulia. También dejó su huella en la Radiodifusora de Caracas.

Retornó a Barranquilla en 1941 para trabajar en los radioteatros de La Voz de La Patria y Emisoras Unidas.

Boleros, sones, danzones, tangos y pasodobles conformaban la parte esencial de su repertorio en sus primeros años hasta que llegó a su vida Agapito de Arco, nombre de pila del cartagenero Jorge Artel, estandarte de la poesía negra, caracterizado por la musicalidad marina del tambor y las gaitas aborígenes. Artel, diez años mayor que ella, influyó muchísimo en su vida artística, iluminándole el sendero de su destino autoral.

«Tan pronto conocí al poeta Jorge Artel, en 1943, hubo empatía instantánea entre los dos. Él fue fundamental en mi orientación definitiva como compositora e intérprete. Yo cantaba de todo, hasta música española, pero ninguna canción colombiana. Entonces, Jorge Artel me clarificó que debía valorar nuestro folclor y componerle y cantarle a mi tierra. ‹Usted posee una bella voz y le llega al público, pero tiene que cantar música del patio›, me aconsejó el poeta. Desde ese momento me puse a investigar; me fui enamorando del folclor costeño y me concienticé de la función que debe desempeñar el artista como difusor de su entorno».

Además de boleros como Noche de ronda y Júrame, de los mexicanos Agustín Lara y María Grever, respectivamente; Dos gardenias, de la cubana Isolina Carrillo, y de los tangos El día que me quieras y Volver, de Alfredo Le Pera y Carlos Gardel, incorporó a su repertorio canciones del folclor colombiano, de las que apreció sobremanera Toño Miranda en el Valle y La piña madura, de Eulalio Meléndez; Micaela, de Luis Carlos Meyer; El gallo tuerto, de José Barros, y El negrito Pinele, del folclor costeño.

Esas piezas encabezaron su portafolio musical en la gira que, durante una larga temporada, realizaría por Venezuela, República Dominicana, Puerto Rico, Cuba, Estados Unidos, México y Panamá.

En República Dominicana nació Esthercita Forero como compositora. Fue en 1950, en plena era dictatorial de Rafael Leónidas Trujillo.

A la capital de la isla, donde llegó de la mano de Jorge Artel, el 31 de diciembre de 1949, le compuso su primer fruto. En ritmo de bolero lo tituló Santo Domingo.

«Yo tenía 30 años recién cumplidos. Me conmovió y me llenó de coraje el hecho de pisar y ver una isla rodeada de paisajes de ensueño con una estética arquitectónica y la tristeza de sus pobladores barnizada en los rostros por el rigor de la cruel dictadura. Eso me parecía indigno, aberrante. Desde ese momento me impuse como meta enaltecer a los capitaleños. Trabajé bastante en ello durante días. Una hora antes de realizar mi debut en el teatro Capitolio, el 2 de febrero de 1950, con ocasión de un agasajo a los periodistas, compuse la canción. De ningún modo la podía llamar Ciudad Trujillo».

Santo Domingo, isla de sueño/ joya inquietante/ perdida en las rutas/ azules del mar…

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