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Latitud 22 de Junio de 2013

Este muerto está muy vivo

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Treinta minutos después de que se habían cerrado las puertas del evento de lanzamiento del 37 Festival Nacional del Porro, el pasado miércoles 19 de junio, la luz del celular de la cordobesa Nora Trujillo seguía anunciando llamadas entrantes. Por la pantalla de su blackberry uno a uno desfilaron nombres de la política y los medios de comunicación como Alfonso López Caballero, Poncho Rentería, Germán Bula Escobar, Juan Manuel Ospina, Marinés Restrepo y muchos otros amigos suyos que, sumados a unas quinientas personas, llegaron tarde a la cita prevista en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, localizado a las afueras de Bogotá.

La buscaban para que los ayudara a entrar, desconociendo que el recinto, con aforo para mil trescientas personas, estaba a reventar de arriba abajo.

Que casi dos mil personas hubieran atravesado la ciudad en su hora de mayor congestión vehicular solo buscando deleitarse con la Banda de Colomboy y la Orquesta de Juancho Torres es la prueba más fehaciente de que el porro, ese género musical nacido a finales del siglo antepasado, sigue tan vivo como cuando, a mediados de los cincuenta, Pacho Galán y Lucho Bermúdez lo introdujeron directamente de las fincas sabaneras a las salas de baile capitalinas, veinte años antes de que Alfonso López Michelsen y sus amigos hicieran lo propio con el vallenato.
A lo largo de casi tres horas, estas dos agrupaciones –más la participación de las cantantes Ana Milé, Yolanda Rayo, María Mulata y Adriana Lucía– hicieron gozar a los asistentes interpretando temas como María Barilla, La Lorenza, Fiesta en corraleja, La mona Carolina y, por supuesto, Los sabores del porro, ese canto compuesto por el maestro Pablito Flórez,

convertido en uno de los modernos himnos de los seguidores de este género musical luego de que Iván Villazón y Totó la Momposina grabaran cada uno su propia versión, pero que cuando concursó en la categoría Mejor Canción Inédita del Festival Sabanero Daniel Vergara Méndez, de Sahagún, en 1981, se alzó como el gran perdedor.

En aquel entonces, vale la pena recordar la anécdota, cierta señora de apellidos encumbrados de la región le dijo al propio Flórez, sin saber quién era él: “Ese porro, si acaso sirve es para promocionar un restaurante de carretera”, lo que llevó al compositor de Ciénaga de Oro a comentarle a un amigo –quizás recordando una de sus canciones más recordadas, La aventurera, una bella crónica de su gran amor por una prostituta–: “Esas son las consecuencias de dejar de cantarle al amor y a la gente”.

Pero los cantos de Flórez, uno de los primeros en introducir letra a lo que inicialmente fue música de gaitas y de millos antes de pasar por los sonidos de la Big Band y consolidarse en las grandes orquestas nacionales, no solo hablan al amor y a la gente, sino también a los toros, uno de los temas más recurrentes –y ahí tenemos El toro balay y El arranca tetas, como un par de muestras– en lo que, por fortuna, se conserva como una de las tradiciones musicales más ancestrales de nuestro folclor.

Orígenes
Varios pueblos de nuestra Costa Caribe disputan por el honor de haber sido el lugar de nacimiento del porro. William Fortich, un batallador de nuestra cultura regional y quizás uno de quienes más ha investigado sobre el tema, sostiene que el porro “nació en la época precolombina, a partir de los grupos gaiteros de origen indígena, luego enriquecido por la rítmica africana”, y más tarde evolucionó “al ser asimilado por las bandas de viento de carácter militar, que introdujeron instrumentos de viento europeos, como trompeta, clarinete, trombón, bombardino y tuba”.

Pero no es el único que ha pontificado al respecto. Juan Ensuncho Bárcena, escritor y cineasta, afirma que es oriundo de San Marcos del Carate, mientras que Enrique Pérez Arbeláez sostiene que su acta de bautizo está en el Magdalena. Al tiempo, el maestro Juancho Torres asegura que la cuna es el Palenque de San José de Uré, una población de esclavos negros dedicados al laboreo del oro, ubicado entre Antioquia y Córdoba; mientras otros más aseguran que nació en Corozal, en Momil, en San Antero, en Barranquilla, en Ciénaga de Oro.

Jesús Paternina Noble afirma que “fue a través del proceso de creación colectiva de la música en San Pelayo como se fue creando el porro y las bandas de música”, y no duda en sostener que “el de esa idea creativa, al cual los demás le seguían, fue el Primo Paternina”. El barranquillero Orlando Fals Borda, sociólogo pero –ante todo– uno de los más importantes investigadores de nuestra cultura Caribe, también asegura que el parto se produjo en San Pelayo, e incluso ofrece detalles de cómo sucedió: “Nació en 1902, en la plaza principal del pueblo, detrás de la iglesia y debajo de un palo de totumo”.

Que tantos pueblos pretendan arrogarse la paternidad de este género musical habla muy bien del orgullo que toda la región siente por este hijo. Por eso, para evitar caer en discusiones bizantinas, lo más sabio es conservar la frase que Guillermo Valencia Salgado
–músico, investigador del folclor, poeta, cuentero y escritor, más conocido como el Compae Goyo– afirmó a la antropóloga y documentalista Gloria Triana en una investigación adelantada en 1985, que “El porro es costeño: representa a toda la Región Caribe por igual”.
Punto.

De otro lado, en cuanto al origen de la palabra porro –que no se puede ni debe confundir con aquel otro porro mencionado recientemente por el procurador Ordóñez cuando pretendió victimizarse por algunos medios de comunicación– hay dos hipótesis: para unos, entre ellos Juancho Torres, proviene del porro, manduco o percutor con que se golpea el bombo; otros, en tanto, sostienen que se deriva de un tamborcito llamado porro o porrito con que este se ejecutaba.

En cualquier caso, se trata de una música hecha por los campesinos al regresar cada tarde del trabajo quienes, en sus inicios, hacían sonar como una gaita “la rama de la papaya, que es hueca, poniéndole arriba cera y una pluma de gallina”, tal cual lo cuenta el maestro Torres, enfatizando así el origen de la palabra “papayera”.

Torres también asegura que “cuando las bandas nacieron, sus músicos tocaban de corazón, de guataca, pues no sabían partitura. Estaban conformadas de igual forma que aquellas Big Band que volvieron célebres jazzistas como Duke Ellington, Benny Goodman o Harry James, pero estos eran músicos de conservatorios”. El porro y el jazz también se hermanan en la improvisación musical, continuada a partir de una melodía inicial. Música de negros, en ambos casos. Como los colombianos eran empíricos, “su armonía era el bombo que iba marcando”.

Según Torres, “la primera Big Band formada en Colombia, a finales de los treinta, la tuvo en barranquilla la Emisora Atlántico, y fue dirigida por el maestro Biaba. Tocaban en especial música norteamericana, pero ya se empezaban a escuchar porros del maestro Francisco de Asís Galán Blanco, o sea, Pacho Galán. De aquella época data una canción llamada La Lorenza”.

A mediados del siglo pasado fue la época dorada del porro, cuando se compusieron cantos que con el correr del tiempo ganaron fama, como El pájaro, El binde, Soy pelayero y La mona Carolina, todos ellos instrumentales, en tanto el primer porro con letra, también según cuenta Juancho Torres, fue La múcura, del barranquillero Crescencio Salcedo, quien más adelante también afirma que la fecha exacta de este quiebre se dio en 1949,

“cuando llegó de París un chocoano que se llamaba Manuel de Jota Deschamps. A él lo trajeron varios hombres de plata de Montería –entre ellos, Rosendo Garcés, Carlos Cabrales y Jerónimo Berrocal–, para que enderezara y buscara directrices a la música de la región cordobesa. Él fue quien introdujo las marchantes, las danzas y las contradanzas”.

A lo que sucedía en las sabanas cordobesas se unió en Barranquilla el soledeño Pacho Galán, quien empezó su carrera en los años veinte tocando saxofón, el instrumento más costoso, pero luego pasó a un clarinete antes de aferrarse a la trompeta que le regaló el maestro Rolong en su paso por la academia. Su primera orquesta se llamó La pájara azul.

Tal cual lo escribió en la biografía que escribió Mariano Torres Montes de Oca sobre quien luego sería uno de los más importantes músicos de la historia nacional, “En 1940, al crearse la orquesta Atlántico Jazz Band, pasó a formar parte de ella como arreglista y compositor de la mayoría de las piezas de la orquesta. Posteriormente formó parte de la recién creada Filarmónica de Barranquilla y, luego de un corto tiempo, pasó a la orquesta Emisora Atlántico, que dirigía Guido Perla”.

Musicalmente hablando, “el porro fue lo primero que mostramos los colombianos en el exterior –asegura la documentalista Gloria Triana–, nuestra carta de presentación cultural. No la cumbia”. Y casi la mayoría de músicos e investigadores que le han metido diente al tema culpan de su declive al vallenato.

Aparece Consuelo Araújo
En realidad, antes que al vallenato en sí, la casi desaparición del porro se debe a una serie de factores entre los cuales no se puede desconocer la falta de líderes regionales, tanto culturales como políticos, que luchen por él. Es decir, le ha faltado un doliente poderoso.

Otra razón es la complicación de su formato pues, al tratarse de bandas conformadas por entre quince y treinta músicos, su movilización genera altos costos. En esto la música vallenata tuvo un acierto inicial, al estar compuesta tan solo por tres personas: acordeón, caja y guacharaca. Para Gloria Triana, “la carencia de letra en la mayoría de porros también ayudó en su contra.

El vallenato ocupó un espacio con su narrativa, las crónicas picarescas contadas por los juglares”. Como cuarto elemento se cita a la bonanza algodonera, la cual hizo de Valledupar una gran ciudad.

Pero quizás la razón más importante fue la mitología originada alrededor de la música de Francisco el Hombre, una leyenda en sí mismo. El exdirector de Telecaribe José Jorge Dangond resume en una frase este fenómeno ocurrido justo al momento de la creación del departamento del Cesar, el cual coincide con el primer Festival de la Leyenda Vallenata: “Los juglares se convirtieron en reyes; la música en ciencia –por cuenta de Vallenatología, el libro de Consuelo Araújo– y una familia con más de dos músicos, en dinastía”.

Lo anterior sin desconocer que, con Alfonso López Michelsen, el vallenato tenía presidente de la República –lo cual llevó al escritor loriqueño David Sánchez Juliao a sostener que el vallenato pone más ministros que el porro– y, para colmo, Premio Nobel de Literatura, no solo porque García Márquez dijo alguna vez que Cien años de soledad no es más que un vallenato de 300 páginas, sino también porque en esta, su más célebre novela, Rafael Escalona y otros juglares son mencionados como personajes.

A todas estas razones se le suma la televisión. “La telenovela sobre Escalona –recuerda Triana–, pero también Carlos Vives, su protagonista, contribuyeron a terminar de popularizar la música de los acordeones entre los jóvenes de una nueva generación”. Es decir, al porro le ha faltado tanto literatura como una novela televisiva que cuente su historia y reivindique su importancia nacional.

No todo es malo: en estos tiempos de comercialización del vallenato, cuando investigadores como Daniel Samper Pizano han anunciado la proximidad de su muerte, el porro se ha conservado intacto, impoluto. Sin morir del todo, ha sabido tener paciencia para regresar a su momento histórico.
¿Llegó la hora de su renacer?

En San Pelayo nos vemos
Haya nacido o no en San Pelayo, sin duda a este pueblo de 45.000 habitantes empotrado junto al río Sinú entre Cereté y Lorica, hay que abonarle que, a través de este festival que viene realizando desde hace 37 años, ha sido su gran impulsor.

Esto cobra particular importancia conociendo la inusitada cantidad de festivales vallenatos que anualmente se realizan en más de cien municipios colombianos, entre ellos el Festival Sabanero de Acordeones que se adelanta en Sahagún, lo que ha llevado a algunos investigadores sabaneros –omito nombres por petición– a considerar a este municipio cordobés “traidor cultural de la región”, cuando en realidad no debería haber rivalidad entre el porro y el vallenato sabiendo, de un lado, que ambos son parte importante de nuestro folclor, pero también que –como dice el columnista sucreño Jaime García Chadid, “mientras que el vallenato es parrandeable, el porro es bailable”.

En todo caso, “a que no muera nunca el porro y cada día se promueva y se engrandezca más, que no se seque y reviva”, está empeñado su festival, tal cual estas palabras de la presidenta del Festival Nacional del Porro, Felipa Plaza de Cogollo.

El actual alcalde de San Pelayo, José Jaime Pareja Alemán, es otro convencido de la labor que anualmente se realiza en su pueblo. “Estamos tratando de insertar al resto del país el porro pelayero. Desafortunadamente es un trabajo que se hace con las uñas, pues no se cuenta con el apoyo privado, como en el caso del vallenato. Para ello, este año el primer puesto consiste en una premiación en efectivo y una garantía de que la Junta del Festival va a utilizar para una grabación de mil cedés, de los cuales quinientos se entregarán a la banda ganadora y los otros se usarán para seguir promocionándolo y enviarles a todos los patrocinadores. A partir de ahí le apuntamos a un reverdecer en la parte comercial”.

Efectivamente, es en su difusión donde se constata su mayor falencia, así como en la necesidad de dignificar la labor profesional de sus músicos, quienes a día de hoy recurren a su talento musical como si se tratara de una segunda o una tercera opción, lo que ha llevado a la carencia de mayores composiciones nuevas.

También falta, como se dijo atrás, gestión cultural por parte de sus miles de seguidores a nivel nacional, aunque es justo reconocer que la Gobernación de Córdoba, en cabeza de Alejandro José Lyons Muskus, acaba de aprobar una partida de 13.200 millones de pesos para construir, en un espacio de casi seis hectáreas en San Pelayo, el complejo cultural María Barilla, cuyo diseño incluye una moderna tarima giratoria, con un costo de cinco mil millones de pesos, y un parqueadero para más de mil vehículos.

Con esta construcción, San Pelayo no solo se convierte en el ave Fénix del porro sino que, curiosamente, homenajea a una mujer alegre y fandanguera que en el pasado se tuvo por libertina. Una región de terratenientes ganaderos y conservadores rescata con esto –aún más– a la inmortal María Barilla, una mujer cuyo nombre debería resaltarse en letras doradas en estos tiempos en que Colombia busca tan afanosamente su paz, al recordar que hace cien años luchó por reivindicar los derechos de su género, de los campesinos, de los sindicalistas, de los indígenas. En fin, de quienes carecían de voces poderosas. De las minorías.

De esas mismas ‘minorías’ fanáticas del porro que hace un par de días abarrotaron las gradas del más lujoso teatro construido en la capital de la República, coreando la música que inundará las calles pelayeras el próximo fin de semana, una razón más para anotar por qué vale la pena acompañar a este pueblo en su lucha por volver a hacer grande nuestra esencia musical costeña.

Por Alonso Sanchez Baute

 

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