EL HERALDO SUSCRÍBETESuscríbete a EL HERALDO
El id es:node/132901
Latitud 28 de Diciembre de 2014

Eros a contraluz

El usuario es:

Fragmento del libro ‘Eros a contraluz. El erotismo en la cuentística de Germán Espinosa’, primera obra que se publica en Colombia sobre la narrativa breve del autor de ‘La tejedora de coronas’.

Orlando Araújo Fontalvo
Compartir:

“El erotismo es el esplendor supremo de la realidad: es el modo como la realidad imagina y como la imaginación se realiza. Es la prueba radical de que estamos en el mundo. Hablo por mí, pero también por los otros: el amor abre la puerta de lo universal”.
(Gaitán, 1975, p. 405)

Conviene recordar que, según la mitología griega, Eros es el dios primordial responsable del sexo y el amor. De acuerdo con el Banquete, de Platón, cuya composición dialógica se establece en el 384-379 a. C. (véase Platón, 2004, pp. 145-184), se afirma que Eros es deseo de algo que no se tiene. Al ser un “démon”, hijo de Penía (Pobreza) y de Poros (Abundancia) reúne las características de ambos:

En primer lugar es siempre pobre, y lejos de ser delicado y bello, como cree la mayoría, es, más bien, duro y seco, descalzo y sin casa, duerme siempre en el suelo y descubierto, se acuesta a la intemperie en las puertas y al borde de los caminos, compañero siempre inseparable de la indigencia por tener la naturaleza de su madre. Pero, por otra parte, de acuerdo con la naturaleza de su padre, está al acecho de lo bello y de lo bueno; es valiente, audaz y activo, hábil cazador, siempre urdiendo alguna trama, ávido de sabiduría y rico en recursos, un amante del conocimiento a lo largo de toda su vida, un formidable mago, hechicero y sofista. (Platón, 2004, p. 249)

Es decir, Eros posee una naturaleza híbrida y complementaria: una parte supone la búsqueda incansable; y la otra, la disposición de los recursos para alcanzar aquello que se desea. Sobresale, asimismo, en ese duelo de discursos que es el Banquete, la intervención de Aristófanes sobre la naturaleza mítica de Eros. Según el discurso del más importante poeta cómico de la Antigüedad, en un principio los humanos tenían dos cuerpos con cuatro brazos, cuatro piernas y dos rostros. Eran seres circulares y poseían, además, tres géneros: el masculino, el femenino y el andrógino (masculino-femenino). Sin embargo, por su arrogancia y osadía Zeus optó por dividirlos en dos mitades. Al percatarse de que cada una de estas mitades moría anhelando su mitad perdida, el dios se apiada y les concede el sistema de procreación. Eros es, precisamente, la búsqueda que cada mitad realiza de su contraparte.

A partir de la primitiva naturaleza humana descrita por Aristófanes, puede inferirse además que la satisfacción del impulso erótico no se limita a dos seres de distinto sexo, sino que involucra el homoerotismo masculino y femenino. “Los seres humanos buscan juntos no solo la satisfacción de su impulso, sino algo más que no saben precisar” (Platón, 2004, p. 171). Ese algo es, ciertamente, Eros, que escapa a la verbalización y cuya naturaleza es también invisible. Eros es, así, el nombre de un deseo de integridad.   

Peter Gay (1992), en la segunda parte de su obra La experiencia burguesa, sostiene que San Agustín (354-430) y los místicos medievales utilizaron la idea de Platón para construir una lamentación teológica acerca de la separación de la humanidad y de Dios, “una vez aquélla había abandonado su paraíso de aceptación para vivir en las ciudades y convertirse en esclava de las pasiones” (p. 311). No obstante,  advierte el historiador alemán, “el encantador cuento de Platón acerca de los orígenes de la atracción amorosa […] sobrevivió hasta el siglo XIX como metáfora duradera

Para los seres humanos solos y fragmentados que buscaban el poder curativo del amor” (p. 311).


Fotografía del escritor Germán Espinosa.

Otra cuestión fundamental que se deriva de la dialéctica erótica del Banquete, tiene que ver con la idea de que Eros conduce al Bien, en tanto identifica a este  con la belleza pura, limpia, “no infectada de carnes humanas” (Gay, 1992, p. 265). Es cierto que Platón condena el amor físico, pero no la procreación, a la que considera deseo de inmortalidad. Es decir, para Platón el impulso erótico se compone esencialmente de dos deseos, que son en realidad uno solo: el deseo de hermosura y el deseo de inmortalidad. No se puede procrear en lo feo, afirma, sino solo en lo bello. “La unión del hombre y la mujer es, efectivamente, procreación y es una obra divina, pues la fecundidad y la reproducción es lo que de inmortal existe en el ser vivo, que es mortal” (Platón, 2004, pp. 254-255).

Es posible, asimismo, percibir la resonancia de Platón en los postulados modernos de Georges Bataille. Para el filósofo francés, entre un ser humano y otro hay un abismo que los separa, una discontinuidad. Este abismo está constituido por la muerte, que, para los hombres en tanto seres discontinuos, tiene el sentido profundo de la continuidad.

Los seres que se reproducen son distintos unos de otros y los seres reproducidos son distintos entre ellos como son distintos de aquéllos de los que salieron. Cada ser es distinto de todos los demás. Su nacimiento, su muerte y los acontecimientos de su vida pueden tener para los demás un interés, pero sólo él está interesado directamente. Sólo el nace. Sólo el muere. (Bataille, 1985, p. 25)

De este modo, la pasión erótica supone “la continuidad de dos seres discontinuos” (Bataille, 1985, p. 34). El erotismo disuelve a los seres que se comprometen en él, sustituye su aislamiento y pone de manifiesto su continuidad. Los humanos “somos seres discontinuos, individuos que morimos aisladamente en una aventura ininteligible, pero tenemos la nostalgia de la continuidad perdida” (Bataille, 1985, p. 28). Es, justamente, esa nostalgia la que domina en los hombres las tres formas del erotismo: el erotismo de los cuerpos, el erotismo de los corazones y el erotismo sagrado.

La primera forma del erotismo que plantea Bataille (1985) en su obra, designa la transgresión del ser de los participantes; tiene como fin alcanzar al ser deseado en lo más íntimo de su desnudez. Así, “los cuerpos se abren a la continuidad por esos conductos secretos que dan el sentimiento de la obscenidad” (p. 31). El erotismo de los corazones, en cambio, es más libre que el erotismo de los cuerpos, aunque procede de él y es uno de sus aspectos. En esencia, en este tipo de erotismo la pasión de los amantes prolonga o introduce en el terreno de la simpatía moral, la fusión de los cuerpos entre ellos. No obstante, “para el que la siente, la pasión puede tener un sentido más violento que el deseo de los cuerpos” (p. 33). Por último, el erotismo sagrado se relaciona con el amor a Dios, con la experiencia mística.


Estatua de Eros ubicada en Piccadilly Circus, en Londres.

El erotismo se manifiesta, así, como uno de los aspectos más relevantes de la vida interior del hombre, de su vida religiosa. A partir de la vitalidad de sus formas, es posible concebir su historia en los términos de un milenario contrapunteo entre el interdicto –o restricción– y su correspondiente transgresión. O como lo llama Bataille (1985), “el juego de la balanza del interdicto y de la transgresión” (p. 53). En este punto, es necesario señalar una cuestión esencial: el interdicto que se opone en los humanos a la libertad sexual es universal; las restricciones particulares son sus aspectos variables. En la esfera del cristianismo, por ejemplo, “el erotismo cayó en el terreno profano al mismo tiempo que fue objeto de una condenación radical. La evolución del erotismo es paralela a la de la impureza” (p. 172).

Es justo reconocer que el cristianismo no inventó el puritanismo ni la desconfianza frente a la pasión, sino que las tomó de la Antigüedad. Sin embargo, la fórmula de San Agustín, autor de la Suma Teológica, revela el grado de interdicción del cristianismo hacia el erotismo: “Abstente de amar en esta vida para no perder la vida eterna” (Bruckner, 2011, p. 200). En este sentido, el escritor mexicano Octavio Paz (1997) comparte la misma apreciación cuando afirma que “la condenación del amor carnal como pecado contra el espíritu no es cristiana sino platónica” (p. 205). No debe olvidarse que en el Banquete se afirma que es mucho más valiosa la belleza del alma que la del cuerpo, que, en últimas, es vista como “algo insignificante” (Platón, 2004, p. 262).
Octavio Paz considera, sin embargo, que hay una contradicción en la concepción platónica del erotismo, pues sin el cuerpo y el deseo del amante, no es posible la ascensión hacia los arquetipos. “Para contemplar las formas eternas y participar en la esencia, hay que pasar por el cuerpo. No hay otro camino” (Paz, 1997, p. 206). El erotismo, afirma, es patrimonio exclusivo de los humanos y constituye la “sexualidad socializada y transfigurada por la imaginación y la voluntad de los hombres” (p. 14). Para el mexicano, el ámbito de la sexualidad, cuyo objetivo es la reproducción, es inmutable; en tanto la imaginación erótica, que en apariencia no persigue otra cosa que el placer en sí mismo, es siempre dinámica y variable. No obstante, el sexo sigue siendo la fuente primordial; el  dominio más vasto, antiguo y básico de una compleja “geometría pasional” (p. 13) que comprende, a su vez, los círculos concéntricos del erotismo y del amor (véanse Paz, 1994; 1978).

Para el escritor colombiano Pablo Montoya (2012), Octavio Paz es el autor latinoamericano que más atinadamente ha reflexionado en relación con el erotismo y la sexualidad. Por ello se apoya en el premio Nobel mexicano para diferenciar ambos conceptos:

Paz dice que la sexualidad es general y el erotismo singular. Dice que el sexo es uno y el erotismo es juguetona y peligrosa variación. Dice que el sexo busca la reproducción y el erotismo la evita. Dice que el erotismo, basado en lo social y lo animal, se construye en torno a un imaginario. Y dice, finalmente, que solo puede haber erotismo cuando hay espejo, es decir, cuando existe el otro. Así haya pleno onanismo, en nuestra mente se perfila otro cuerpo y otro ser. Por tal razón, y por ser una construcción cultural, el erotismo no puede ser entendido como una simple imitación de la sexualidad, sino como una metáfora de ella. Si en algo el hombre se diferencia de los animales es que él se acerca al gozo de la carne trajeado de imaginación. (p. 43)

Precisamente, este último aspecto que menciona Pablo Montoya en su síntesis de Octavio Paz, es el que retoma el Nobel peruano Mario Vargas Llosa en un artículo titulado “La desaparición del erotismo”. Aquí, Vargas Llosa (2009) delimita conceptualmente el erotismo apelando también a la frontera que se establece entre lo animal y lo humano en el dominio del sexo:

Hay muchas formas de definir el erotismo, pero tal vez la principal sea llamarlo la desanimalización del amor físico, su conversión, a lo largo del tiempo y gracias al progreso de la libertad y la influencia de la cultura y las artes en la vida privada, de mera satisfacción de una pulsión instintiva en un quehacer creativo y compartido que prolonga y sublima el placer físico rodeándolo de rituales y refinamientos que llegan a convertirlo en obra de arte. (p.1)

Es decir, en la trayectoria que supone la humanización de la vida nada se enriquece tanto como el erotismo, que representa un momento elevado de la civilización y es uno de sus elementos más determinantes. Por ello, “para saber cuán primitiva es una comunidad o cuánto ha avanzado en su proceso civilizador nada tan útil, rompiendo sus secretos de alcoba, que averiguar cómo hace el amor” (Vargas, 2009, p. 2).

A estas ideas, Vargas Llosa (2009) suma una no menos importante que había sido ya anticipada por Georges Bataille y Octavio Paz: el erotismo encuentra en la prohibición un incentivo; la censura eclesiástica en lugar de agotarlo, lo estimula. La desaparición actual de frenos, la permisividad total en el campo erótico, en lugar de enriquecer el placer, lo banaliza y, en cierto modo, “lo regresa a aquellos remotos tiempos de los primeros ancestros, cuando consistía apenas en el desfogue de un instinto animal” (p.3). Esta curiosa paradoja, es consecuencia de una de las principales y más necesarias conquistas sociales de Occidente: la permisibilidad sexual hacia prácticas que en el pasado eran objeto de condena social e, incluso, castigo judicial. “Al desaparecer la prohibición desapareció también la transgresión, aquel aura temeraria, la sensación de violentar un tabú, de pecar, que condimentó la práctica del erotismo en el pasado y que atizó tanto la invención literaria y artística” (p.4). 

El anterior planteamiento permite comprender la trascendencia que para el estudio de la obra cuentística de Germán Espinosa tienen los procesos históricos de secularización y laicización en Colombia. Su propuesta erótica  cobra sentido en la medida en que está aún en posición de transgredir no solo los preceptos de la Iglesia, sino, sobre todo, los fundamentos mismos de la nación católica. 


Eros a contraluz
Orlando Araújo Fontalvo
La obra, de sello ediciones Uninorte, se convierte en el tercer libro del ensayista barranquillero. Portada de Gabriel Acuña.

Mensaje enviado Satisfactoriamente!
REPORTAR UN ERROR O SUGERENCIA