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Latitud 20 de Diciembre de 2015

En el pentagrama de Julia Salvi

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El Festival Internacional de Música de Cartagena, que en su edición 2016 conmemorará 10 años de existencia, tiene a la cabeza a una colombiana que le ha sabido apostar al arte y la cultura universal en el país.

Diego Olivares Jiménez
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Si aún vivieran algunos de los compositores musicales clásicos más importantes que ha tenido la humanidad, como Bach, Mozart, Beethoven, Wagner, Tchaikovski, Bartók o Stravinski, seguramente asistirían a la décima versión del Festival Internacional de Música que está a punto de llegar a la ciudad de Cartagena entre el 8 y 16 de enero de 2016. La revista Classic FM lo catalogó como: «Uno de los eventos de la música más mágicos del mundo…», el diario inglés The Telegraph sostuvo entre sus páginas que es «uno de los llamados de la música más importantes que tiene en la actualidad el planeta».

Detrás de este evento en el que han estado los mejores pianistas internacionales, como Ramin Bahrami y Roberto Cominati, de acuerdo con el diario The New York Times, está Julia Salvi (Cali, 16 de noviembre de 1955), la mujer que lo dirige, y quien no sabe cuántas millas de avión tiene. Su vida sucede entre visitas a los mejores festivales de música del mundo, conferencias en Harvard, en aviones que la llevan de Colombia a Italia, de Inglaterra a Alemania, de Alemania a Nueva York y de Nueva York a su alma, como diría Gabriel García Márquez, su alma retorna al cuerpo un par de horas después de haberse bajado de él, y en esos viajes ha encontrado innumerables músicos para traerlos al festival.

EL HERALDO dialogó a solas con ella en la Fundación Salvi, que preside y que creó junto a su esposo, el recién fallecido Víctor Salvi, de tradición italiana pero nacido en Estados Unidos. Es dueña de una de las firmas constructoras de arpa Salvi Harps, que opera en Piasco, Italia, creadora del arpa que interpretó la reina en la película María Antonieta, y que además fue encargada de construir el arpa real del príncipe Carlos de Gran Bretaña. La familia Salvi se quedó con la empresa de mayor reconocimiento de arpas en Estados Unidos llamada Lyon & Healy, lo que los ubica como los productores del 90 por ciento del mercado de dicho instrumento en el planeta.

Julia contó por qué el Festival ha puesto a Colombia en la escena musical en el plano internacional como una de las mejores plazas de ese género musical.

P Usted era una estudiante caleña de Economía en la Universidad Javeriana en Bogotá. ¿Por qué no terminó?
R Con 23 años me fui a Londres y me quedé allá, porque hubo un periodo un poco complejo en el cual supe que si no me iba ya quedaba rezagada. En ese momento se me hacía tarde. En esa época uno ya se había graduado y mínimo había salido del país. Y yo quería hacerlo.

P ¿Qué fue a hacer usted a Londres?
R Fui a estudiar inglés y también con el reaseguramiento que era un tema del que apenas se estaba hablando en Colombia. Era importante aprender el idioma, sabíamos que se venía una época en que sería esencial, y hoy día si los jóvenes no hablan inglés les hace falta la mitad para ser ellos.

P ¿Cómo llegó usted a la música y por qué no se dedicó a los negocios?
R Pienso que haberme casado con un hombre que no solamente fue un gran músico, emprendedor, y constructor de su instrumento, fue algo muy particular y complejo para mí. Cuando lo conocí, su mundo me atrajo fuertemente y se convirtió en el mío, lo que él hacía era parte esencial para el desarrollo de mi país.

Yo venía de una ciudad en la que la figura de Amparo Sinisterra de Carvajal o el mismo Álvaro Castaño Castillo que uno miraba resultaban ser como de otro país. La vida cultural de nuestro país no era tan fuerte como en Inglaterra, Italia o Francia, allí se ve la cultura como una parte vital del ser ciudadano, y eso hacía y continúa haciendo que los habitantes sean más civilizados.

Disfrutaba mucho de las tertulias musicales que se hacían en mi casa con mi esposo, con compositores como Nino Rota, quien compuso la música de películas como El Padrino. Esos personajes le permitían decir a uno que la vida era extraordinaria y entonces comencé a admirar la vida de un músico, como uno admira la vida de un escritor o un pintor, era como ver a un Picasso, y mi esposo tenía esos elementos. Vivir entonces al lado de él era una gran inspiración.

P  ¿Cuándo fue la primera vez que usted tuvo conocimiento de su esposo Víctor Salvi?
R La primera vez que supe de él fue en un verano. Me llamó un amigo que era abogado y su esposa escritora, ellos me hablaron de él y en Londres me invitaron para ir al Covent Garden, un restaurante en la pequeña plaza, nos encontramos y desde el inicio hubo una atracción muy bella y fuerte. Víctor le pidió a su amigo que me invitara con ellos a Oxford, en Inglaterra, a un concurso de arpas que se hace en la sala Hollywood, que para mí era un mundo totalmente desconocido y para él la realidad a la que pertenecía.

P ¿Cómo nace la idea de crear un festival internacional de música en una ciudad dedicada al turismo?
R Cuando comenzó el festival, Cartagena ya estaba constituida como lo que es hoy día, una ciudad restaurada para recibir el turismo y sobre todo restaurada en su Centro Histórico. Tener un teatro como el Adolfo Mejía, las capillas de Santa Teresa y Santa Clara son suficientes para poder tener una idea de escenarios con una arquitectura parecida a las que se tiene en los pueblos europeos. Cartagena tiene esa característica de ciudad y arquitectura, sitios donde las personas se encuentran con temas culturales, como se vive en Gales, donde nació el Hay Festival, o en Spoleto, Italia. En el año 2005 escogimos Cartagena para realizar un viaje como encuentro de familia, mi esposo recorrió la ciudad y descubrió que la ciudad tenía características especiales para un festival. Logramos conseguir un coro en Cartagena, pero entendíamos que el país tenía otras fortalezas, se creó Batuta, con Ana Milena de Gaviria, y cuando crece el interés de una transformación social del país desde la cultura, entendimos que estábamos preparados para recibir un festival con la sofisticación y nivel como es hoy el Festival de Cartagena.

P Cuando usted toma un avión, ¿qué siente si lee o escucha el nombre de Víctor Salvi?
R Tomo aire y siento una gran tristeza, porque tenía dos alternativas, estar siempre a su lado, o estar al lado de la construcción de un país. Y eso hizo que yo no pasara el tiempo que le hubiera gustado que estuviera junto a él. Y decidí, entonces, la segunda alternativa. Él me amaba y para mí la decisión fue muy difícil, pero acá estamos construyendo el país que queremos.

P ¿Es un festival de élite?
R Las personas que tienen cómo pagar acceden a él, y gracias a esas personas, el 60% del festival es gratis. Ellos van y queremos que sigan yendo, porque son los pilares de nuestra economía en el festival. Asisten para ofrecer posibilidades a otras personas.

P De los jóvenes con escasos recursos que la Fundación Salvi apoya, ¿cuál es la historia de superación que más le ha llegado a conmover?
R La historia de Willmer, un joven que tiene que viajar una hora y media para tomar sus clases. Su espíritu, en medio de la pobreza tan fuerte que lo rodea y su dignidad se unieron a la persistencia y al crecimiento musical. Él estuvo en Irlanda en un festival de música céltica. Buscó por Internet videos de cómo funcionaba un arpa de la cultura celta y aprendió a tocarla solo, ya que lo que él estudió fue el arpa llanera, que es totalmente distinta.

P ¿Tiene el festival algún influjo social o impacto en la comunidad o se queda en los grandes escenarios?
R Construimos una integración a la comunidad con base en el respeto, en contextos afectados por motivos como la violencia y el desplazamiento. Tenemos el deseo de entregarles un proyecto que pertenezca a ellos. Es un proyecto de apropiación y los ayudamos a educarse, y en la medida en que las personas conozcan más de la música, van a estar más preparados para desafiar este mundo.

P ¿Por qué llevan conciertos a las cárceles?
R Porque al igual que las personas que tienen la libertad de poder hacer lo que deseen con su tiempo, a las personas que no lo tienen no se les puede privar del valor cultural y la espiritualidad de la música. Ese efecto tan fuerte te deja un poco de responsabilidad con la humanidad. Creo que si las cárceles tuvieran más música de Bach, Beethoven o Mozart, sus estados anímicos y pensamientos serían mejores.

P ¿Por qué trabaja por la música?, ¿qué la impulsa?
R Para calmar el alma. En una sociedad tan violenta como la colombiana, la riqueza espiritual que ofrece la música sirve mucho a un país que ha vivido tanto tiempo sumergido en la violencia.

P ¿Gabo fue alguna vez al Festival?
R El maestro estuvo presente en el 2009. Tuve el honor de invitarlo y de tenerlo dentro del Festival. Le agradó mucho. Allí estuvo con su esposa Mercedes. Disfrutaron y estuvo feliz.  Haber tenido la presencia de Gabo fue como estar viviendo un mundo literario con sonidos. La escritura estuvo transportada a la música, esa música, esa parte de él era igual en temas literarios.



Con la mandolina, el israelí Avi Avital marcó el ritmo durante el primer concierto del Festival Internacional de Música de Cartagena 2015.

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