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Latitud 14 de Diciembre de 2014

‘En busca de Bolívar’, una concepción malrauxiana de la historia

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En esta crítica sobre el libro ‘En busca de Bolívar’, su autor analiza la obra del escritor William Ospina, no como una novela, sino como un documento que intenta describir los ideales de un hombre enfrentado a una época en la que confluyen diversas corri

Ramón Molinares Sarmiento*
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Podríamos comprender mejor la concepción que André Malraux tiene de la Historia, que es la misma de William Ospina, autor de En busca de Bolívar, si la relacionamos con la formulada por el premio Nobel de literatura Claude Simon en una de sus obras.

Los franceses André Malraux y Claude Simon combatieron al lado de los republicanos en la Guerra Civil Española e inspirados en esta confrontación escribieron dos valiosas novelas: La esperanza (L’espoir), publicada por el primero en 1937, al calor de los acontecimientos, y Las geórgicas (Les géorgiques), dada a conocer casi medio siglo después, en 1981.

En realidad, el tema de Les géorgiques no es la Guerra Civil Española sino la Historia, convertida en el personaje protagonista de esta novela. Según el autor, la Historia solo se manifiesta a través de las guerras. Las rebeliones hacen la Historia y “como el invierno, las lluvias, los cometas que vuelven, son inevitables”. Esta concepción fatalista de la Historia se desprende de la idea del eterno retorno de todas las cosas. La Historia se desplaza como los astros; abandona una escena, Nicaragua, El Salvador, Chile, por ejemplo, para reaparecer con el mismo vigor en Irak, Palestina o Afganistán. Sin someterse a leyes, “procede minuciosamente, por acumulación de hechos insignificantes, pero en el momento de explotar lo hace de manera imprevisible”.

Para Claude Simon la Historia es, además, un acontecimiento en el que los actores están guiados por un dramaturgo sin rostro: “Un invisible director de escena ansioso por dar término a la representación, agobiado por una pieza tantas veces representada, que solo deja a los actores un corto tiempo para lanzar sus proclamas”.

Los soldados, los generales de Claude Simon son, según él, los mismos de todas las guerras, razón por la cual no les da nombre a los personajes de Les géorgiques.


El novelista, aventurero y político francés André Malraux.

André Malraux tiene una concepción histórica del tiempo. Esto quiere decir que el curso del tiempo está señalado por los acontecimientos que hacen la Historia. No concibe este autor la Historia como un eterno retorno sino como algo que progresa. Las guerras se repiten, el dolor de los combatientes es siempre el mismo, la mortandad es el resultado más evidente de todas, pero eso no niega, para Malraux, el progreso de la Historia.

Según William Ospina, que como Malraux es un autor comprometido con las causas sociales y políticas, la Historia no es fruto de un invisible director de escena  que dirige combatientes sin nombres sino hombres de genio, excepcionales, irrepetibles: “ y fue allí, nos dice Ospina, donde este soldado (Bolívar), que también era visionario y poeta, filósofo y caudillo, más de una vez hizo surgir de la nada la llama de la Historia. Y agrega: sobre los jóvenes contemporáneos de Bolívar gravitaba la ilusión redentora de que la voluntad humana podía oponerse a las fatalidades de la Historia.

Todas las guerras no son la misma guerra, como cree Claude Simon. Aquiles, Agamenón, Alejandro Magno, César, Sebastián de Belalcázar, Urzúa hicieron la guerra para saquear las riquezas de pueblos débiles, algunos totalmente indefensos; las protagonizadas por Bolívar, San Martín, Sucre, Hidalgo, O’Higgins fueron promovidas, como nunca antes en la historia de la humanidad, por los ideales más elevados: la Independencia de Hispanoamérica.

Según Claude Simon, según su experiencia de escritor y soldado, la Historia, los acontecimientos históricos, son irrecuperables. Una cosa es combatir en la noche oscura en medio del estruendo de los fusiles y otra, muy distinta, escribir sobre la balacera en la tranquilidad de un escritorio bien iluminado. Uno de los personajes de Les géorgiques, un inglés que lucha al lado de los republicanos en el frente de Aragón, ya de vuelta a Inglaterra, lee los diarios ingleses y se indigna al ver que la realidad ha sido totalmente falseada . Pero Cuando trata de escribir sobre los acontecimientos que protagonizó él mismo, se siente inseguro; no sabe si lo que escribe corresponde a la realidad o es fruto de su imaginación.

Hechas estas observaciones, ¿qué podemos esperar de un escritor que, como William Ospina, escribe sobre acontecimientos ocurridos hace 200 años?

En busca de Bolívar, aunque de una rigurosa exactitud histórica y geográfica, es, tenemos que admitirlo, literatura pura, libresca, literatura sobre literatura. Pero tiene esta disciplina del espíritu un poder que desconocen los hechos que la motivan. La literatura puede emocionarnos tanto o más que la misma realidad. Por esta razón no me parece arriesgado afirmar que la lectura de la enorme cantidad de libros, tanto de ficción como de análisis, que leyó William Ospina para darle forma a En busca de Bolívar pudo haber dejado en él una impresión del Libertador mucho más profunda y duradera que la experimentada incluso por los soldados que combatieron a su lado. Más que los hechos, que sus contemporáneos no pudieron dimensionar, fueron las lecturas las que produjeron en Ospina la impresión de que Bolívar no pertenece a la historia de Latinoamérica sino a la historia universal.

Un hombre que, como el venezolano, libera cinco naciones de la tiranía del imperio español, no puede ser inferior a Napoleón. Bolívar derrotó nada menos que a Pablo Morillo, el guerrero que, después de liberar a España de las mismas garras de Napoleón, viene a América cargado de gloria con el propósito de recuperarla para Fernando Séptimo.

Sostiene Claude Simon en Les géorgiques que las guerras no son el resultado de ideologías en conflicto sino la consecuencia de un estado de letargo del espíritu. “Él estaba allí –nos dice de uno de sus personajes–, empleándose a fondo en su trabajo, cuando la Historia (¿o el destino, o qué otra cosa?, ¿la interna lógica de la materia? ¿sus implacables mecanismos?) decidió algo distinto”.

Para William Ospina, al contrario, las ideologías son el motor de la Historia. Antes de que el fantasma del comunismo recorriera Europa e hiciera posibles las revoluciones marxistas de Rusia, China y Cuba, entre otras, ya las ideas de Voltaire, Diderot, Rousseau y muchos otros pensadores habían logrado que la burguesía culta de Francia destronara a la nobleza, una clase conformada en su mayoría por campesinos ignorantes que, menos que en el burgo, vivían aislados en sus castillos sin bibliotecas, rodeados de siervos, pendientes de sus vacas, como es el caso de uno de los generales sin nombre de Les géorgiques.

Afirma Ospina que sin los ideales de esta revolución liderada por la burguesía francesa, que encontraron en Nariño, en Caldas, en Camilo Torres y en todos los dirigentes de las guerras de nuestra Independencia un terreno abonado para su desarrollo, no habría sido posible la liberación de los pueblos de Latinoamérica. “El sueño de Rousseau les exigía a los jóvenes latinoamericanos acceder a la modernidad, y no es de extrañar que germinara enseguida en su mente la semilla de la libertad que estaban sembrando en la mente de Europa los enciclopedistas y los filósofos Ilustrados”.


En busca de Bolívar no es una novela, pero el carácter que le imprime Ospina al protagonista de su libro parece construido con el mismo empeño que ponen los grandes novelistas en la caracterización de sus personajes de ficción. En esta obra las reflexiones superan al elemento narrativo, pero se diría que en la discordia que pudo suscitarse entre el historiador y el novelista que conviven en Ospina, primó, contra su voluntad, este último. Son tantos los detalles, tantos los rasgos circunstanciales, físicos y morales, y tantas las anécdotas con que en el libro se va moldeando la personalidad, el carácter de Bolívar, que Ospina nos parece atareado en provocar en el lector la sensación de que está viendo y oyendo en la página un Bolívar aún vivo, hablando con optimismo, sabiduría y sobre todo con valentía, pues para su libro el autor no escogió, como García Márquez, la dignidad de la derrota de un estadista, traicionado por sus compatriotas, mezquinos dirigentes de provincia ocupados en la defensa de sus intereses personales, sino la victoria de un guerrero que pudo ver realizados sus sueños. Sin embargo, la victoria del militar, que suscitó tanta envidia entre generales provincianos, fue la causa de la derrota del hombre de Estado, que no pudo consolidar la Gran Colombia.

Leemos En busca de Bolívar como una novela, no solo por la esmerada elaboración de la prosa, ansiosa por encontrar el perfecto equilibrio entre el pensamiento y la expresión, que es lo que produce la emoción estética, la sensación de estar frente a lo bello, sino porque la vida de Bolívar es novelesca. Criado por una esclava negra en Caracas, de quien dice: “Hipólita es la única madre que he conocido”, el personaje es, de adulto, un hombre de palco en la Ópera de París, que derrocha una fortuna amasada en las haciendas de su padre; es el intrépido adolescente que en una rabieta derriba el sombrero de un príncipe español y ve con satisfacción que la reina le concede la razón; es el joven corajudo y un poco salvaje que, espada en mano, se opone a una inspección judicial en un callejón de Madrid.

Como la vida de los personajes de las grandes novelas, como la de todos los hombres, la de Bolívar está tejida con luces y sombras, dispersas estas en libros de simpatizantes y adversarios, que Ospina recoge, ordena y jerarquiza para imprimirle un carácter al personaje: es hijo de la aristocracia reinante en las Indias, es un llanero cercano a la tierra, un hijo adoptivo de esclavos, un temperamento sensual, un seductor, un bailarín, un caribeño cerril, un pensador original, es un hombre arrebatado por el genio o el demonio de la Historia; pero es también, en su zona de sombras, el hombre que firmó la pena de muerte de Manuel Piar y el que hizo fusilar a ochocientos prisioneros por el solo hecho de ser españoles.

Detalles como estos, abundantes en el libro que comentamos, no creo que tengan objetivo distinto al de imprimirle al personaje histórico una caracterización que lo haga tan inolvidable como el protagonista de las Memorias de Adriano o El general en su laberinto.

*El autor es Máster en literatura comparada, de la Universidad de Lille, Francia.

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