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Latitud 18 de Agosto de 2012

El valor de la oralidad, los cuentos y la palabra

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En una sociedad de tradición oral primaria como la africana, la palabra oral es un ritual compartido en grupo: en familia, en la plaza, bajo el árbol de la palabra, o en la casa de la palabra.

Por eso contar cuentos es un acto esencialmente distinto al hecho de leerlos; los cuentos contados son para compartir con los miembros del grupo, y ayudan a fortalecer los lazos intragrupales. Mientras la lectura es un acto individual, íntimo –e incluso egoísta para las culturas africanas, tan acostumbradas a la vida comunitaria– la narración oral convoca a la comunidad entera a compartir la palabra y a ritualizarla. La oralidad, bajo su forma de cuentos narrados de viva voz (o bajo otras formas, como las canciones populares, los proverbios, los chistes, las adivinanzas, los trabalenguas), es capaz de crear, dinamizar y fortalecer al grupo, mientras que la lectura es una aventura puramente íntima, que refuerza al individuo.

En la mayoría de las culturas antiguas, la narración oral de cuentos ha sido tradicionalmente una actividad familiar, reducida al hogar, en la que los miembros del clan se reunían en torno a un elemento simbólico o unificador –como el fuego o el árbol de la palabra en mi cultura– para escuchar juntos historias conocidas de todos y, de esta forma fortalecer los lazos de la familia o del clan.

En otras culturas, igual de antiguas y también basadas en la oralidad –como por ejemplo en el mundo árabe– esa actividad se ha trasladado hasta los espacios públicos como las plazas y los mercados, con la finalidad idéntica de compartir en grupos más grandes las aventuras de los seres fantásticos, emocionarse con ellos y, al mismo tiempo, con los miembros del propio grupo que escucha.

Existe una importante plaza en Marrakech, donde cientos de personas de todas las edades y de diversa condición social se dan cita diariamente y de forma espontánea, para escuchar cuentos narrados por ancianos, hábiles en el manejo de la palabra.

Ahí, hasta el oyente no perteneciente a la cultura árabe, incluso el turista que no entiende ni una palabra del árabe, quedará embaucado por la habilidad narrativa, la expresividad y las miradas del narrador, que nunca termina su historia, sino que la deja en suspenso, para que el público sienta la necesidad de volver al día siguiente para escuchar el final. Hace dos años, tuve el inmenso privilegio de compartir una sesión de cuentos con esos narradores de la Plaza Jama El Fna de Marrakech, junto al genial narrador colombiano Nicolás Buenaventura.

A la vista de este ejemplo, y de las veladas de cuentos en torno al fuego en el África Negra, así como de las asambleas en las que los antiguos griegos recitaban epopeyas y narraban viejos mitos, parece indudable pues, que independientemente de la cultura en la que nos situemos, la palabra convoca universalmente a la colectividad.

Escritura vs. Oralidad. Se ha creído erróneamente que la escritura es una muestra más de la evolución del ser humano camino al conocimiento. Pero desde el punto de vista de las formas del discurso, es difícil establecer la supremacía de la escritura sobre la oralidad. La oralidad no es una forma de discurso inferior respecto a la escritura. Por su capacidad de fijación y de almacenamiento de textos, por las posibilidades de difusión y de transmisión que ofrece, sí podemos afirmar que la escritura supone un paso más respecto a la oralidad.

Mientras la transmisión oral recae exclusivamente en la capacidad de la memoria de un individuo, y en el vínculo intergeneracional, la transmisión escrita dispone de herramientas mucho más fiables y duraderas, como el libro. Pero ninguna forma de escritura sobreviviría sin el eficaz sustento de la oralidad. Ambas formas de expresión, la oralidad y la escritura, se retroalimentan mutuamente.

No en vano uno de los lugares donde más se cultiva la oralidad en nuestros tiempos es precisamente la biblioteca, es decir el templo de la ‘cultura escrita’.

Algunos autores explican la prevalencia de la oralidad sobre la escritura en las culturas africanas, precisamente por las costumbres comunitarias de estas culturas, al margen del analfabetismo y de las dificultades que tienen para acceder al soporte libro.

Según estos autores –entre ellos Leopold Sedar Senghor y el propio Jean-Paul Sartre– los africanos se inclinan más por las actividades que convocan a la comunidad, en detrimento de aquellas que, como la lectura, son destinadas al goce individual. Por eso, conscientes de este ‘comunitarismo histórico’, los poderes públicos africanos recurren con frecuencia a fórmulas de representación y de oralidad en espacios abiertos, para mandar distintos mensajes, por ejemplo en la lucha contra el sida.

Refiriéndose a las ventajas de la escucha en grupo, Ana Pelegrín acuña el acertadísimo concepto del “oído grupal”. Cada grupo, aunque compuesto por una multitud de individuos distintos entre sí, tiene colectivamente su peculiar forma de escuchar, sus reacciones grupales ante la emoción, el dolor, el miedo, etc. Por la fortaleza de este “oído grupal”, por su capacidad de retroalimentación con el narrador, nunca sería posible que el mismo cuento salga de la misma manera, con el mismo tono, ante dos grupos distintos.

Tras veinte años contando cuentos a todo tipo de grupos –desde niños de preescolar hasta jóvenes universitarios, pasando por mujeres, ancianos, o colectivos marginados–, he llegado a la conclusión que la narración oral de cuentos genera una fuerte “corriente de simpatía”, como la denomina Sara Bryant, y por consiguiente juega un papel de catarsis en la dinámica grupal y comunitaria.

Esto es así porque, aunque cada una de las personas que asiste a la función prefiere pensar de forma egoísta, que el narrador se dirige particularmente a él, en el propio grupo se produce un efecto balsámico que se contagia de unos a otros.

Por el poder de retroalimentación entre público y narrador, siempre soy partidario de dirigirme a grupos formados en semicírculo, emulando las asambleas que los ancianos de mi aldea celebraban a la sombra del árbol de la palabra, o las veladas en torno al fuego.

De este modo, creamos las condiciones necesarias para una retroalimentación visual y emocional, por así llamarlo, entre los miembros del propio grupo. Mientras el narrador mantiene un contacto visual con cada uno de los miembros del público, ellos a su vez tienen la posibilidad de ver reflejadas todas las emociones y sensaciones en las caras de sus ‘compañeros de viaje’. Escuchar cuentos nos abre las puertas de un viaje interior, una mirada hacia nosotros mismos, nuestros miedos, debilidades, zonas sensibles. Nos permite soñar.

Además de los efectos balsámicos para el grupo, la narración oral de cuentos ofrece la ventaja de la inmediatez, de la casi interlocución, del ‘directo’ en términos audiovisuales. El narrador de cuentos establece un diálogo con el público, no solo porque este tiene la posibilidad de participar, co-narrando la historia con aquel.

El público de la narración oral es un público interlocutor, por mucho que parezca callado. No es posible conectar con él si no establecemos un diálogo con él. De ahí la diferencia con otras escénicas como el teatro, donde no existe la posibilidad de interlocución entre el artista y el público. En especial, el público infantil siente la necesidad de participar en la narración de la historia; aquel narrador que se niegue a darles la palabra a los niños, se arriesga a que la acaben tomando por las buenas o por las malas.

El narrador oral utiliza fórmulas propias de la oralidad, interpela al público, le habla de tú a tú, de corazón a corazón –cosa que no ocurre en el teatro–, le habla de la ficción, pero también le habla de la vida, de los sentimientos y de las emociones; hace que la palabra recobre vida y emotividad; improvisa, recoge el aliento y el estado de ánimo del público; es más, a través de la narración oral de un cuento, ya sea literario o de tradición oral, siempre descubriremos el encanto y la personalidad del que lo está narrando, por los aspectos de la historia que lo hayan marcado especialmente, por las circunstancias que rodean la sesión, por el acento que le imprime a determinados aspectos de la historia, e incluso por el tipo de público que asiste a la función.

Por todo lo anterior siempre defiendo la idea de que ningún narrador podría contar un cuento determinado de la misma manera que otro narrador, porque siempre surgirán matices derivados de la sensibilidad, de la subjetividad de las percepciones, de las convicciones, de los valores, de los intereses personales e incluso de la ideología política. Cuando contamos una historia, estamos dando nuestra ‘lectura’ de la misma. Además de un oficio cada vez más digno y mejor remunerado, contar cuentos es, para mí y para mucha gente que me ha escuchado, un acto de generosidad. Y escucharlos, un acto de complicidad.

Las otras formas de la oralidad, como los proverbios, adivinanzas, cantos, epopeyas, dichos, chascarrillos, rondallas, chistes, etc., también necesitan de la participación de al menos dos personas para llevarse a cabo. La lectura se puede y se hace habitualmente en solitario.

En las sociedades modernas en las que estamos inmersos, caracterizadas por la comunicación virtual que es una forma de incomunicación, la soledad, la falta o pobreza del discurso y de diálogo, la palabra tiene un valor más crucial que nunca en la historia. Los narradores de cuentos y de otras formas de oralidad contribuyen, a un nivel micro, a cultivarla. Forman parte de esta cadena de transmisores a la que se refiere Ana Pelegrín:

“Los cuentos transmiten una visión del mundo, un conocimiento primero, una forma cultural, una intención socializadora, que ha estallado y se ha desintegrado, como se ha desintegrado su misión en esta sociedad misil… La vida se ha atomizado, las estructuras familiares-sociales han cambiado, no hay por qué reunirse, no hay fuego donde congregarse. La voz mínima para el oído-grupo está liquidada; otros son los que poseen la palabra, controlan, manipulan y multiplican. Su poder no es ya crecer en el viento, sino dominar, o afincarse en los dominios precisos e indispensables de la tecnología. Sin embargo, la palabra antigua, conocimientos tan primarios, ¿no significan nada para las nuevas generaciones de esta galaxia cultural?”.

El acto de contar cuentos es un fenómeno comunitario que en muchas culturas adquiere una categoría de ritual. Los ancianos de mi pueblo siguen conservando la costumbre de levantarse para hacer uso de la palabra, porque saben que se trata de un acto ritual, y los rituales siempre van acompañados de cierta dosis de solemnidad; al levantarse, ellos saben que de su boca solo deben salir palabras muy pensadas, porque comprometen su honor. Un hombre tradicional africano solo vale en función del respeto que da a sus palabras.

Y los seres humanos necesitamos actos rituales; porque a través de la ritualización nos reafirmamos en nuestra condición de miembros pertenecientes a un mismo grupo, a una misma sociedad.

Por encima de todas las consideraciones, y desde el punto de vista antropológico, contar cuentos es importante porque mantiene viva la memoria colectiva de los pueblos del mundo. Los cuentos tradicionales forman parte de nuestro patrimonio inmaterial, que nosotros tenemos el deber de mantener vivo y transmitirlo a las jóvenes generaciones. La transcripción de estos cuentos, su recopilación o grabación en audio, por otra parte necesarias para protegernos de ‘las pérdidas de memoria colectiva’, u ‘olvidos voluntarios’, sin embargo nunca podrán sustituir su narración, con toda la fuerza de la palabra y la riqueza individual que el narrador le imprime.

El narrador de cuentos forma parte de una cadena de transmisión que se remonta al origen mismo del ser humano, cuando por primera vez fue capaz de traducir sus pensamientos en palabras.

Por Boniface Ofogo

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