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Latitud 09 de Febrero de 2013

El ‘swing’ de los tiempos de la verbena

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La retahíla la decían a gritos las reinas barriales cuando las entrevistaban en los programas radiales alusivos al Carnaval: “Yo como candidata del morrocotudo baile de Carnaval los invito a mis verbenas todos los sábados en nuestra sede real. Caballeros 10 pesos. Damas: one kiss. Después de 12 de la noche, gratis sopa de guandul”. Un aviso que constituía toda una atracción para los que buscaban, ahí, a mitad de cuadra, cerca a su casa, el sentido de inminencia de las carnestolendas a través de los portentosos bailes populares donde se ponía al alcance de los oídos, con el cuerpo estremecido por el sonido, todo el repertorio de guarachas, porros, cumbias y fandangos.

Una historia de baile y música que era parte integral del Carnaval de Barranquilla y que en algún momento desplazó la atención e importancia de sus eventos principales ante el reclamo imperioso de los picós retumbando a la rosa de los vientos reclamando la presencia del vecindario y el bailador para que allí, en medio de la pista, armara su versión particular sandunguera erótica de las fiestas. Un proceso consustancial a los mismos orígenes del Carnaval que se fue amoldando, acomodando a los cambiantes tiempos durante medio siglo para que al final los desarrollos urbanos y legales los acabaran venciendo con pena y mucha gloria.

Sin derecho a que el barranquillero que baila arrebatao sentara su sentida protesta; menos permitirle al picó la lánguida despedida con un “la rumba se acabó” y que Teresa, otra vez, bailara zampá porque ellas sí que se zampan cuando están enamoradas y su parejo, coqueto, buscará las cómplices penumbras de la pista de baile asumiendo el viejo consejo musical de llévala pal’ rincón y apriétala.

BAILANDO LOS INICIOS VERBENEROS
Uno de los probables orígenes de las verbenas a principios del siglo XX fueron los asaltos amistosos a residencias. Imprevista situación que se asumía sin derecho a negarse ante la “elección” de la residencia como sitio de encuentro de amigos y parejas que ponían los menajes y licores necesarios para el desarrollo del jolgorio. Estos encuentros bailables carnavaleros se efectuaban en los estratos medios altos y altos y fue costumbre muy difundida hasta la aparición oficial de una programación de bailes clubes y hoteles.

Sin embargo, dado su carácter de jolgorio popular, es de mayor asidero la teoría sobre el surgimiento de las verbenas a través de los reinados populares barriales donde se elegía una capitana o reina por intermedio de una junta organizadora compuesta por alegres vecinos, quienes se encargaban del montaje del baile preferiblemente en la misma calle en donde todos residían, cobrando el derecho a la asistencia vendiendo en su interior licores, comidas y cervezas, con el loable propósito de recoger fondos para la buena marcha del reinado y por supuesto del regocijo colectivo de la vecindad.

El concepto de verbena parece haber sido aportado por la cultura española, muy fuerte en Barranquilla después de la Guerra Civil del 36, aludiendo a una festividad nocturna con el filantrópico propósito de recolección de fondos. En ese sentido es muy conocido el sainete lírico español de 1894 La Verbena de la Paloma, conocido en Barranquilla en varias versiones teatrales y cinematográficas. Además, no había en Barranquilla en la década de los treinta y cuarenta una infraestructura de salas de baile populares como lo indica el musicólogo curazaleño Emirto de Lima en su libro Folclore Colombiano. Allí describe cómo “los empleados de la navegación se divierten en salones de baile arreglados especialmente para ellos, mientras la otra clase obrera, menos considerada sociablemente, no tenía acceso a estos salones. Y para el pueblo de baja esfera, que era la última clase, se construía por un contratista (tras una colecta en el comercio) un salón público situado en la calle de San Roque”.

En 1945, en plena agonía de la Segunda Guerra Mundial, se anunciaban algunos bailes de Carnaval en formato de verbenas. El término aún no había alcanzado plena difusión si se revisan las informaciones de prensa de la época. Solo diez años después, en 1955, se presenta una profusión de juntas organizadoras de bailes distinguiéndose estos encuentros con el nombre de verbenas bailables. En esos ambientes surgen los primeros potentes equipos de sonido de alquiler al que se les identifica con el concepto anglo de pick up –un concepto de tornamesa y equipo fácil de llevar– con el nombre de su propietario que solía ostentar también la función de programador musical.

La década de los sesenta es el período de consolidación de las verbenas. Mas allá de los conceptos de junta organizadora del baile, aparece el de una reina ‘barrial’ con un grupo de vecinos emprendedores en donde ya se avizora, aparte del natural goce, el sentido del lucro comercial. Se delimitan también los futuros espacios o corredores de verbena en algunas zonas de la ciudad. En 1965, a la reina barrial Sonia Consuegra la apoyan de manera conjunta varios bailes, su sede real estaba en la carrera 21 con calle 24. Otra verbena se monta, en pleno norte, en la carrera 41B con la calle 71, en donde tocan Castillita y su Orquesta y los Corraleros de Majagual. Se nutría también la escena verbenera de familias carnavaleras como los Peñaranda, en la calle 38 con carrera 21C, con su baile Los Melódicos, surgiendo otros similares como Romance Costeño, Una noche en el Maizal y otro con el curioso nombre de Los batidores de San Isidro.

BAILANDO HASTA EL AMANECER
La fórmula perfecta de consolidación de las verbenas en los años setenta y ochenta fue que su montaje se realizaba sin mayores presiones legales urbanas. Un control mínimo que desencadenó una especie de fiebre alejadas en gran parte a la idea de vecindario, reina e incluso carnaval, pues funcionaban todo el año con el concepto de Club Social auspiciadas por emisoras que se encargaban de difundir la ‘zona de verbenas’. Este desafuero produjo que las sucesivas juntas del Carnaval solo autorizaban verbenas si acreditaban candidatas activas participantes en el reinado popular.

En el fondo, para echar a andar la verbena, había que hacer pocos trámites. Edgar Rey Sinning lo describe en su libro Joselito Carnaval: “Pagar el respectivo permiso en la Alcaldía, luego la inscripción de la candidata (si la hay), y después viene el camello de la construcción de la barraca de la verbena que es una especie de corraleja. La barraca se construye en los sitios más apropiados de los barrios o en las puertas de las casas ‘reales’ y se hacen en plena calle, encerrando casi una cuadra. Un complemento especial es la silletería, la cual se alquila y la decoración corresponde a las fábricas de licores y sus distribuidores”. Lista la escenografía se ponía a sonar el picó. Con una masiva asistencia a estos bailes de gentes llegadas de otras partes de la ciudad desvertebrando la idea de fiesta barrial, con los consiguientes problemas de vendedores de comida, humo, parqueo de vehículos, baños, riñas e inseguridad. Un vecino del barrio Boston señalaba el caos que se desataba en su vecindario porque “En las puertas de nuestras casas parqueaban vehículos, orinaban y tiraban condones pues tomaban las terrazas oscuras de improvisado motel”.

En la zona del bulevar del Recreo se consolidaron las verbenas de los estratos medios y altos: Macheteros, Fogata, Bocatos y La Cueva fantástica. Un auge de espectadores que convirtió a Siete Bocas y el bulevar de Recreo en uno de los epicentros indiscutibles de las actividades y eventos del Carnaval. Algunos de estos bailes y otros en los barrios Los Pinos y San José lograron saltar de la categoría de verbenas a casetas, presentando una variada programación musical que incluyó al grupo Niche, Joe Arroyo, Juan Piña, Irene Martínez, Aníbal Velásquez y diversos músicos vallenatos y de merengue dominicano.

Una apoteosis que prosigue en 1983 con los bailes Carnavaleando en Buena Esperanza, con el picó ‘El Gran Troya’; ‘Una noche de la canillona’, en Los Andes; ‘Derroche juvenil y ‘Los almirantes de San José’ con ‘El Sibanicú’; ‘Las Contratapas’, de los Aguirre, amenizando el picó ‘Romance marino’; ‘La Recocha’, en donde invitaban a probar de cortesía el sancocho de ‘oreja de bocachico’ y ‘en las nubes lo sabrás’, cuyos organizadores decían ser los mismísimos dioses del Olimpo despachando desde la gloria concertada de la calle 24B con carrera 63B.

Para finales de la década de los ochenta, las verbenas son, más que evento de carnaval, un sólido negocio que incluye una compleja red de relaciones de picoteros, propietarios de emisoras, distribuidores de licores y cerveceras. Algunos como ‘El Bambú’, del barrio Olaya, se anunciaban con la canción homónima de Eddie Fontana. El locutor radial, melosamente, anunciaba, con todo y música: “Vámonos mi vida, vamos para El Bambú!”. Otro gritaba, se ahogaba, con una cantilena ambigua: “Polvo…polvo…polvo, Polvorín en San José”, que fue otro famoso baile de ese barrio. Dentro de ese mismo periodo de finales de los ochenta y principio de los noventa tuvieron amplia acogida de los bailadores ‘Rumba en la ciudadela’; ‘La Puya loca‘, de Los Pinos; ‘Se quedó sin nombre’, del Santuario; ‘La Gustadera’, de Las Nieves ; ‘A Pleno sol’ de La Unión, y muchos otros. Algunos de estos negocios se constituyeron en verdaderas empresas que ofrecían ocupación a más de 30 personas y eran tan prodigiosas sus ganancias que se podía vivir de ellas el resto del año.

LA RUMBA SE ACABÓ

Después de la Constitución de 1991 con el mecanismo expedito de la acción de tutela y las acciones populares, muchas de estas verbenas y sus propietarios entablaron una soterrada lucha con sus vecinos que ya mostraban síntomas de fastidio del estruendo semanal. Ya no era una atracción, como en sus principios, de baile y barrio, sino una amenaza a la integridad síquica y económica de los sectores involucrados. La nueva legislación urbana ambiental empezó a apretar los tornillos y muy pronto la tramitología se convirtió en el principal enemigo de las verbenas que lentamente fueron languideciendo hasta el día de hoy.

En dos de los fines de semana del precarnaval del 2013 se comprobó la triste realidad: verbenas escasas y con una pobre afluencia de público, pues ahora los vecinos acuden a los estaderos cercanos
–antaño vedados a las mujeres– a bailar sin tantos problemas de entrada. La crisis de las verbenas se desató de tal manera que 16 organizadores de esos bailes crearon una asociación en defensa de sus derechos tomándose la sede del Damab –entidad encargada de los permisos ambientales–, en protesta por lo que “consideran un atropello, pues de pagar ciento cincuenta mil pesos pasamos a pagar un millón quinientos mil pesos”, cantidad que según los organizadores, es imposible de recuperar en un sector popular.

La crisis por la restricción de bailes ha terminado por darle descanso eterno a las verbenas de carnaval, poniendo también, de contera, a los picós en vía de extinción. Tiempos modernos en donde los vecinos de un barrio, como antaño, buscan una casa en el vecindario, arman su sancocho y encienden sus potentes equipos de sonido alimentados por archivos sonoros digitales con música de carnaval. Sin necesidad de pedir costosos permisos ni encerrarse a pagar licores a altos costos. Todo como antes.

En otras palabras; en una especie de eterno retorno, otra vez el swing de la verbena como en sus sabrosos inicios.

Por Adlai Stevenson Samper

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