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Latitud 28 de Agosto de 2016

El poder de los cuentos

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Foto: Shutterstock

No solo sirven para ayudar a que los niños duerman, se ha utilizado como instumento ideológico y por su irrealidad afecta dimensiones profundas de la personalidad. Con el cuento se dominan objetos creadores de temor, se nombran, se hacen familiares.

Juan Pedro Romera
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En cualquier cultura de cualquier época han florecido mitos y cuentos que han inspirado toda actividad humana. Y cuando nos preguntamos por qué surge el cuento, quién fue el primer contador, por qué han perdurado hasta nuestros días con el empecinamiento de algo que está más allá del destino humano; hemos de responder con infinitas teorías que intentan acercarse, cada una a su modo, a una explicación que aún se escapa. Pero quedémonos, para nuestro propósito, con que el cuento existe y dejemos para otro momento las consideraciones del origen, evolución o clasificación.
 
 Y si el cuento está entre nosotros pregunté-monos para qué sirve, cuál es y dónde radica su poder. La respuesta la sabe cualquier madre, padre, abuelo... y la sabe de una forma inconsciente, heredada. El cuento ha servido para crecer, para ser persona, para conjurar miedos, para aprender oficios y costumbres, para saber de nuestra historia, para reír, para aprender a respirar con el ritmo apropiado, para dormir con la cadencia de la plenitud... y para más cosas. Y eso es parte del poder del cuento que iremos desbrozando a lo largo de estas líneas. Utilizaremos de forma premeditada tanto la palabra «cuento» como «mito» para referirnos al objeto de este escrito. Somos conscientes de que cada una resuelve un mundo, pero también somos de la opinión de que el cuento es una literaturización del mito. Cuando el mito pasó a engrosar las filas de la fantasía, desplazado por la racionalidad de la historia, se coló en el cuento para seguir perdurando en la estructura de la psique del ser humano. Y es desde esta óptica que nosotros lo entendemos y lo usamos.
 
Usos del cuento  
El cuento popular nace de una comunidad y sobre ella incide, dice López Tamés. Es el resultado de una lengua y una herencia cultural. En todo relato hay una ideología, una concepción del mundo y un inevitable adoctrinamiento. No hay narraciones neutrales. Pero esto es una constante en toda actividad humana. El cuento se ha utilizado como instrumento ideológico. Unas veces fue un recurso importante del pueblo, una defensa y un poder, una toma de conciencia de sus posibilidades de crecimiento frente a las clases del privilegio. Pero el paso de la oralidad a la escritura supuso la neutralización. Amortiguó el valor inquietante de la palabra en boca del contador arcaico del hogar o de la plaza, en provecho del saber, de la técnica y de la moral dominante, es decir, los capacitados para el uso de la imprenta y la lectura.
 
En la Edad Media los niños participaban en todo lo que acontecía en la vida comunal. Como los niños «no contaban» (el concepto de infancia empezó a acuñarse a partir del siglo XVII), escuchaban, como los adultos, las historias que contaban los juglares, bardos, titiriteros y trovadores. En torno al fuego, los viejos enseñaban a los jóvenes, y estos se convertían en depositarios y custodiadores de la tradición mágica y sobrenatural. «No existe otra literatura en el mundo que posea esta excepcional cualidad», dice A.R. Almodóvar.
 
Cuenta Jung que en el antiguo Egipto, cuando un hombre era mordido por una serpiente, se llamaba a un médico-sacerdote que acudía con un manuscrito de la biblioteca del templo y empezaba a recitar la historia de Ra y de su madre Isis, transformando un mal particular en una situación de validez general, activando por ello mismo las fuerzas inconscientes del paciente hasta conseguir que estas afectaran a todo el sistema nervioso.
 
Susan Sontang relata, en su ensayo Trip de Hanoi, cómo fueron tratadas por los norvietnamitas las miles de prostitutas detenidas tras la liberación de Hanoi por los franceses en 1954. «Les contaban cuentos de hadas, les enseñaban canciones infantiles, las hacían jugar en el patio... Era para devolverles la fe e inocencia en el hombre. Ya habían conocido sobradamente el lado más terrible de la naturaleza humana. La única manera de olvidarlo era volviendo a ser niñas otra vez».
 
Este es el gran valor de los relatos: convertir en objetos mentales gobernados, animales y sombras.
 
El cuento por su irrealidad, por su ambigüedad, afecta a dimensiones profundas de la personalidad. Con el cuento se dominan objetos creadores de temor, se nombran, se hacen domésticos, ridículos, familiares. Por ello no es conveniente dar a los niños los relatos edulcorados, seguros, donde la aparente crueldad se disimula por el educador. El niño necesita las situaciones violentas para su alivio, para experimentar su propia catarsis. El cuento es el primer tutor de los niños, pues fue una vez el primer tutor de la humanidad.
 
Pero será la psicología la que, a nuestro parecer, aporte la más importante contribución al tema de este artículo. Dice Campbell: «El mito es la entrada secreta por la cual las inagotables energías del cosmos se vierten en las manifestaciones culturales humanas». Y es que el mito y el cuento son depósitos de los centros creadores profundos, como una gota de agua de mar contiene todo el sabor del océano y el huevo de una pulga todo el misterio de la vida. 
 
*Autor de 30 obras de teatro para niños. Profesor para posgrados en el área de dramatización del cuento y de Antropología sobre análisis del cuento. Invitado al Festival El Caribe Cuenta 2016. Nacionalidad: española.

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