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Latitud 01 de Mayo de 2016

El ‘Pechiche naturae’ de Julio Olaciregui

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Julio Olaciregui
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Taller de mitografía
El alma del muerto es un dualismo, dos fuerzas: una, la culebra, material y maligna, la otra, invisible y protectora, manifestándose en la lluvia y la tempestad

En el verano de 2012 el arqueólogo Augusto Oyuela-Caicedo reveló en Viena el pasado nazi de su mentor, el célebre antropólogo colombo-austriaco Gerardo Reichel-Dolmatoff, “el gran jaguar”, quien poco antes de la Segunda Guerra Mundial se refugió en las selvas y montañas mágicas de Colombia buscando otra posibilidad del Ser, descubrir un nuevo Tiempo, un Mundo, yendo a oír a los sabios indios que han resistido, explorando centenares de sepulcros y cavernas para reescribir los cantos de la madre natura, la mitología precolombiana, una «antropología filosófica» dictada por esos «monumentos naturales» que son los descendientes de los primitivos pobladores, los auto-chtonios Oyuela-Caicedo afirmó que el joven Reichel fue «un asesino» que en sus años de soldado SS se hacía llamar Erasmus. Se sabe también que estudió en la Escuela de Bellas Artes de Múnich, de donde surgieron pintores como Paul Klee y Kandinsky

La vida de este hombre, reconocido en todo el mundo como un sabio humanista cuando ya le estaba dando la espalda al Sol, es una historia de película, pensé, pero luego me dije: Erasmus no puede ser el único protagonista, ya que «en toda historia los protagonistas son miles, visibles e invisibles, vivos y muertos», como aclara Borges en su cuento “El etnógrafo”

Me he limitado a tratar de dar algún orden a estos fragmentos escritos por Palmerín de Barranquilla, Segundo-Yo, una hembra ilustre, gran buscona de sentido simbólico

«Llama la atención jugar con ese argumento regalao en el ciberespacio y también ponerlo en duda. A Reichel lo admiro, dicen que fue nazi, nada han podido comprobar de eso, que además se conoce cuando él muere, pero igual podrían decir que Francisco de Asís estuvo en las Cruzadas. Si todos reparamos nuestros daños de esa manera seríamos santos, y el mundo un prodigio», argumentaba ella en un mail que le escribió a Santiago Mutis. Para montar el taller trataremos de mantener «la corriente íntima y geográfica» que nos gusta en lo que Palmerín mandó como adelanto de sus mitos, de sus novelas implícitas en lo Historial.

Gente en el patio
Durante una época sin nombre ni fecha en el calendario viví en mi parcela de monte sagrado, el patio de la Casa en Barranquilla, a veces viendo los aguaceros y los arroyos que arrastraban lo efímero, lo oxidable.

Los arroyos son hijos naturales de los aguaceros Como quien dice les hablo del origen de la humanidá, de mi segundo yo, y de los animales, del origen de la Creación, del Sol, la yuca y del tabaco, la muerte, el fuego, la guerra...
ahhhh

Para mí lo primero fue el patio de la casa... primero «la tierra placentaria», dice Zapata Olivella, «aguas de algodón cuajadas de jugos placentarios», me sopla Ibarra Merlano, los gusanos, las orugas, las lombrices de tierra... yo soy el morrocoyo... es mi totem... por eso tardé tanto en conocer el mar... las ruinas cronológicas Antes de entrar en el Alfa, Beta... solo miraba y olía los árboles, masticaba las hojas del limonero Veía las sombras de sus diez mil espinas Me trepo al palo de guayaba a ver si hay barco a la vista
Apá siembra un cocotero

Las paredillas son mamparas del teatro cotidiano propio y ajeno, observar a los vecinos desnudos o en paños menores en la cola del patio 

O ver solo en los alambres puntas guayucos deshilachados salmones

Imaginarlos entre los vértices musculares, bajo el ombligo y ahora las cariñosas nalgas

Los aguaceros los rayos las tempestades zarandean la tierra

Leo la historia del Rey Midas, gold finger en el anillo

Los animales son gente, y nos volveremos animales también después, toda clase de bichos La tortuga fue mi primera guía en el patio, entre los papayos, el limonero, el níspero... solo arena y la sombra de su caparazón y la antigua cabeza con sus ojillos de abuela, entre las pencas de sábila

En ese patio primero vi fue a la gata desdoblarse, salía varias veces de su vientre entre sus patas duplicándose en la miniatura de su parto, los gaticos un espejismo Segundo-Yo comiendo mamey, zapote ... rápido aparecen el sapo, las moscas, los ratones, las palomas, perros y gatos, gallos, gallinas, burros, elefantes (solo en el circo)… Observando cómo la mosca se frota las patas nos pusimos a imitarla al son de los tambores

El pechiche oía la música del vecino, lo Matamoro, la brisa trae y lleva los pregones, los tuntunes en las noches festivas. Tuntun de pasa y grifería, ahh

A mediodía el resplandor que arroja el Sol ilumina la palangana de Melibea Calabarí, sudorosa viene por la carrera 21

La vendedora de alegrías con coco y anís, procedente del barrio Getsemaní

Pechiche en Santa Marta

De pechiche me preparaba sin saberlo para descubrir el mar Santa Marta es el viaje hacia el mar, hacia un patio en las estribaciones de la Sierra Nevada, el ferrocarril bananero, los cerros de piedra rojiza sembrados de cactus con largas espinas para las rodillas de los incautos

En efecto, al día siguiente, después de la comida, empezamos a divisar la entrada del puerto de Santa Marta, que está rodeado de altas colinas cubiertas de vegetación sombría El mar nos trae su historia, libros y mapas, nombres de conquistadores y caciques, miles de lanzas, miles de voces, cantos de alas, coro de indios descabezaos sodomitas come guineo, cayeye

La babita de la cáscara de los guineos verdes
Mando cáscara al querer experimentar con el pedazo de placenta que me robé al nacer (Deleuze)

Las palmeras, los morrocoyos y las torcazas, las guindas, las ciruelas, los mamones, los pargos, los lebranches, los indios de la Sierra y sus máscaras y joyas nos envuelven con su milenario aliento

En el parque Tayrona una mujer y su hijo, descalzos, caminan por la playa alejándose de los turistas sin tocar el salitre sobre l’arena, el padre ya va lejos metiéndose en la espesura de los bosques que suben en lontananza

Nuestras mochilas son parecidas a las suyas, y el azul y blanco furioso de las aguas nos iluminará para siempre, poesía natural entre las páginas de los libros

Palmerín se interesa por las historias de piratas en Santa Marta, filibusteros con aretes de oro, rasgos etíopes y sevillanos... 

Comentarios
Este libro es tan atractivo que su lectura se hace como un recorrido diverso que bien vale la pena intentar. Es una suma de las reflexiones, referencias, fulgores de estudios y notas de diario de Julio Olaciregui, que indaga sobre la historia de Santa Marta, la mitología de la Sierra Nevada y la vida novelesca del antropólogo y arqueólogo colombo-austriaco Gerardo Reichel-Dolmatoff.
Esta novela, implícita en “lo historial”, juega con los datos desperdigados en internet sobre el supuesto pasado nazi de Reichel-Dolmatoff, a través de una cronología que se dispone sin rumbo aparente para tropezar con Erasmus de Rotterdam, con Montaigne, o con Juancho Polo Cervantes, llegando a la universidad en Berlín durante el auge del nazismo, o escarbando en la lejana mitología griega. Es un recorrido múltiple y en apariencia dispar, que concluye en un gesto de reconciliación con el amor en las playas de Taganga, junto al mar Caribe.
‘Pechiche naturae’ posee además un aspecto documental con algunas cartas inéditas –y por tanto no divulgadas– de Alicia Dussán y de Reichel-Dolmatoff sobre sus  exploraciones entre los indios colombianos en los años 40, que ayudan a entender mucho de lo que significa su vital presencia en nuestra memoria histórica, parcialmente ignorada.
Álvaro Suescún T.
(Editor Collage)

SOBRE EL AUTOR

Julio Olaciregui. Barranquilla (1951). Trabajó durante más de 20 años en la Agencia Francesa de Prensa –AFP–, en París. Hizo parte de la redacción de EL HERALDO. También es autor de las novelas ‘Los domingos de Charito’, ‘Dionea’ y ‘La segunda vida del Negro Adán’. Ganador del II Premio Nacional de Cuento La Cueva 2014.

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