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Latitud 10 de Septiembre de 2011

El paracaidista colombiano que murió en ese 11/9

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A estas alturas de la vida, tengo la sensación de que conocí personalmente al colombiano Luis Eduardo Torres, a pesar de que solo vine a saber de él cuatro años después de su muerte. Lo he visto en las fotos, aún vívidas, del álbum familiar.

He escuchado con especial interés las historias de su vida agridulce, llena de altibajos y contrastes. He visto una y otra vez el video, grabado diez días antes de su muerte, y en el cual le dice a su familia que “no me olvido de dónde vengo, ni quién es mi gente”. He conocido su pequeña leyenda a través de las mujeres que aún lo aman con devoción. Diría, incluso, que puedo verlo saltando desde el piso 105 de la torre norte del World Trade Center, en aquel martes infernal, hace ya diez años.

Para un cronista, Eddie Torres protagoniza una historia imposible de ignorar: un joven de la barriada caleña al que le tocó prestar el servicio militar obligatorio, en el cual se desempeñó con tanta audacia, que terminó como un avezado paracaidista. Luego, en 1988, su viaje a Nueva York indocumentado, su supervivencia como empleado de limpieza, o como obrero en las oscuras y mustias fábricas de Nueva Jersey. Y más tarde, el final de cuento de hadas, su indómito espíritu de superación, que lo lleva a una vertiginosa carrera en el complejo mundo de Wall Street, para terminar como jefe de piso de Cantor Fitzgerald, uno de los grandes jugadores del mundo bursátil. (Me contó su hermana Mónica que Eddie había llegado allí sin carrera universitaria, y que muchos de sus subalternos venían de la escuela de negocios de Harvard).

Pero eso no fue todo. Falta el final, un epílogo tan trágico como cargado de ironías. Comenzando con su apellido, Torres, en plenas Torres Gemelas, al frente de su batallón harvardiano, orgullosísimo como estaba, entre llamas y alaridos, obligado a desperdiciarse con un salto al vacío, una figurilla de camisa azul a la que le hubiera bastado su paracaídas para cambiar su destino. ¿Pero quién se presenta con un paracaídas en su segundo día de trabajo en el World Trade Center? ¿Quién hubiera anticipado con tanta precisión las intenciones de Al Qaeda?

Y aunque he intentado relatar esa historia de todas las maneras posibles, a través de varias crónicas radiales y de televisión para las que viajé en fechas como la de hoy a Nueva York, soy consciente de que nada he contado al lado de lo que ha hecho su verdadera gran narradora, la mujer que ha consignado la epopeya de Eddie Torres desde su entraña, esa que evidentemente —una década después— lo sigue amando, y de una manera demencial.

He hablado con ella por teléfono en múltiples ocasiones. No puedo decir que es una mujer cordial porque jamás lo ha sido conmigo, quizá porque el rencor, el dolor y toda la pasión que le ha imprimido a su viudez, simplemente no dan espacio para la fatuidad de un convencionalismo social. Es más, el pasado 2 de mayo, cuando Osama Bin Laden fue abatido en Abbottabad, la llamé para conocer su reacción, y sin cortesía alguna me tiró el teléfono.

Pero no me hace falta su consideración frente al deleite de leerla. Digo “deleite” refiriéndome quizá a lo mucho que me han conmovido sus textos y relatos, que tienen el nivel literario y pasional de los grandes escritores. Sus crónicas para la revista Salón, lo primero que le leí, son tan viscerales que rayan en lo cándido. De sus noches de soledad, cuando ya habían transcurrido un par de años de la tragedia, escribió: “A la medianoche enciendo velas en la sala, bailo salsa con el bebé. Huelo las camisas de Eddie. Escucho sus últimos mensajes en el contestador automático y bebo un poco de cognac. Siempre lo sirvo en un vaso negro de artesanía que él había traído de Colombia”.

Contó Alissa que guarda, sin lavar, debajo de su almohada, la camisa que Eddie usó el día anterior a su muerte. Y que mantiene en el clóset otras camisas sucias, envueltas en bolsas plásticas. “Aún están impregnadas de su olor”, escribió.

Pero más allá de la anécdota, hay toda una historia de indiferencia e insensibilidad gubernamental. Tras casarse con Alissa, Eddie inició el proceso para legalizar su situación. Llevaba años sin ir a Colombia y soñaba con que los nuevos documentos le permitirían regresar. Pero aquellos se extraviaron en la oficina del US Inmigration y le tocó reiniciar de cero. Así lo sorprendió la muerte.

Luego conocí a su familia colombiana, sumida para siempre en el más profundo dolor. Su madre, María Teresa Rueda, una humilde costurera, me recibió en su casa del suburbio neoyorquino, donde esperaba que avanzara el proceso de demanda colectiva contra la familia Bin Laden. De Osama, quien en ese entonces aún estaba vivo, me dijo una frase simple, colombiana y demoledora: “Esa no era la forma”.

De Alissa volví a saber al poco tiempo, cuando me envió autografiado el libro que acababa de publicar. No había optado por desplegar en 400 páginas su prosa demoledora, como tantos otros hicieron. Prefirió una novela gráfica, una historieta bellamente ilustrada, en la cual hizo el relato completo: desde el día en que conoció al colombiano en un club nocturno de Manhattan, descubriendo así sus habilidades congénitas para el baile de la salsa, hasta el beso que se robaron mutuamente en medio de la calle, poco antes de que ella huyera conmocionada en un taxi al que detuvo de urgencia. Luego, una semana después, su reencuentro en el parque, donde él le dijo que estaba enamorado de ella, pero que se encontraba a punto de ser deportado, dando pie a una típica historia que terminó siendo el mundo al revés: Eddie y Alissa pasaron de la visa al amor.

Y finalmente, el instante tétrico en que le entregaron el cadáver fragmentado, varias piezas de las 19.000 con que los forenses neoyorquinos intentaban armar un macabro rompecabezas.  Alissa optó por lo práctico: mandó unas partes para Colombia y otras las enterró en Estados Unidos. “Como la mayoría de los inmigrantes, Eddie era un hombre con el corazón dividido entre este país y Colombia. Aunque quiso quedarse con el bebé y conmigo, siempre soñó con regresar a su país. Ahora puede estar en ambos lugares”, escribió ella.

Hoy, un niño escucha esa y muchas historias de boca de su madre. Tiene exactamente diez años, los mismos que la tragedia, suficiente edad para entender. No conoció a su padre. Apenas estaba en gestación cuando él murió, en el hecho que ya conoce como una leyenda lejana.  Pienso en esos niños, hijos de las víctimas y en todos los que han nacido después de ese suceso. Llegaron a un mundo distinto al que estaba destinado para ellos.

Por Ernesto McCausland Sojo
 

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