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Latitud 30 de Abril de 2017

El lector en su laberinto

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Un recorrido, a modo de ensayo, por los diferentes paradigmas de lector y las formas de leer a lo largo de la historia.

Por Paul Brito
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A diferencia de Descartes, Heidegger afirmaba que el hombre y la conciencia de sí no son el centro irreductible de la existencia, sino solo un espectador e interlocutor privilegiado de mundo. En otras palabras, que el hombre es en esencia un lector y no el autor hecho a imagen y semejanza del Creador, no el ser soberano que se cansó de promover la filosofía. Por eso quizá el momento más importante en la historia de la literatura fue cuando un escritor tan importante como Borges se definió más bien como lector y desde esa posición le dio una vuelta de página a los libros.

Nacemos en los márgenes, en el exterior del mundo, y nuestra labor es interiorizarlo y reescribirlo desde el pie de página. En su libro Pensadores rusos, cuando analiza a Tolstoi, Isaiah Berlin divide a los pensadores en erizos y zorros. Los erizos son los que buscan el sentido de las cosas en torno a un solo núcleo específico, a una sola posición o sistema. Los zorros, en cambio, no se quedan con una respuesta definitiva: husmean, preguntan, cuestionan. Un lector a la altura de estos tiempos es indudablemente un pensador zorro que trata de multiplicar sus ángulos de visión: contrastan, exploran caminos, versiones, posibilidades, campos. Por eso quizá el género literario más afín al espíritu de esta época es el ensayo, y por algo la novela contemporánea se funde cada vez más con éste. Los ejemplos sobran. Bastaría seguir con Borges y su literatura del tanteo, de la pregunta retórica: el zorro acechando en la oscuridad, merodeando por los bordes del bosque, olisqueando el ambiente, hurgando huellas e indicios, sin atreverse todavía a clavar los colmillos.

El mundo nunca sigue un proceso lineal. Se desarrolla a través de dos movimientos: avance y retroceso. En la Edad Media se leía entre líneas, se le exprimían interpretaciones transversales y exponenciales a los textos: una simple parábola o fábula cobraba un inmenso espesor moral o espiritual, pero hacia el Renacimiento se comenzó a leer directamente las líneas de lo escrito y a supeditar la lectura al mensaje original del autor y su contexto exacto, y más aún, a remitirse al original mismo de la Creación y no a los comentarios del libro sagrado; eso sentaría las bases objetivas de la ciencia y la filosofía modernas. Pero llegó un momento en que esa objetividad llegaría a extremos insostenibles: el Positivismo, el Mecanicismo, etc. Entonces se necesitó de un retroceso para poder impulsarse de nuevo: la lectura entre líneas y la multiplicidad de la interpretación. La posmodernidad adoptó aquel viejo rasgo de la Edad Media y los tiempos de Carlomagno: la lectura oblicua atenida más al contexto del lector que al del autor. La misma ciencia ya no era posible sin un rediseño de la lectura, sin una reconstrucción de la objetividad y la subjetividad, sin una reinterpretación de la materia y la energía.

El lector volvía a ser lo que siempre fue: una síntesis entre las dos formas de lectura. Es decir, alguien que no estaba obligado a recorrer las vías principales sino que podía tomar vías alternas, amañarse en algunos rincones, descansar en algún parque, negociar en algún mercado, cambiar un valor por otro, subir por un ascensor o bajar hasta el sótano. El libro recuperaba así sus espacios para la exploración, el juego, el guiño, el diálogo, el abrazo, el placer, la discusión, igual que en cualquier ciudad ideal.

En el espacio imaginario de la obra literaria, todas las cosas se tornan imágenes y, en virtud de su plasticidad, se vuelven solubles entre sí. «Las superficies se han tornado reflejantes», decía Marcel Proust para describir ese momento de la escritura en el que los objetos se nivelan en una misma continuidad, se colocan «unas junto a otras en una especie de orden, penetradas por la misma luz».

Cuando el autor le entrega su testimonio al lector, como lo hace un corredor de relevos a su compañero, la obra se independiza y se constituye bajo sus propias reglas. «Ese momento que anula al autor es también aquel en que la obra se abre a sí misma», señalaba Maurice Blanchot en El libro por venir. El momento ocurre de forma similar a cuando alguien termina de confeccionar una camisa, mediante costuras del lado inverso de la tela, y luego le da la vuelta para que alguien pueda ponérsela. «La lectura nace cuando la distancia de la obra respecto de sí cambia de signo y ya no indica su inacabamiento sino su realización», agregaba Blanchot.

PALABRAS DE OTROS

El mundo nunca avanza de forma lineal. Sin embargo, la lectura sí sigue un cauce secuencial. El lector no puede, por más que salte de un libro a otro, de un texto a otro, de una página a otra, de un sentido a otro, de un hipervínculo a otro, abandonar la línea gramatical, el hilo conductor de su propia mente ni la secuencia de sujeto y predicado; por más que lea de forma lateral en tiempos de comunicación e información simultáneas, debe completar la oración para sustraer un sentido, y luego sí saltar a otra página.

La lectura es una enorme cadena, una larga serpiente, un inmenso laberinto, con ventanas, sí, y puertas y recodos, pero siempre guiado por un mapa interno, por una línea temporal en la mente del lector. Por más numérico y esquemático que sea, lo leído posee siempre una naturaleza sintáctica y narrativa, basada en la secuencia y no en la continuidad de la vida real. La lectura siempre es percepción serial de una multiplicidad de puntos y no aprehensión instantánea de la línea compacta del tiempo real; la lectura consiste siempre en entretejer puntos o pistas dejadas por el autor, una hilera de piedrecitas para no perderse en el bosque, pero no para no extraviarse en el camino trazado por el autor sino para no perder la visión compleja y panorámica de todos los árboles.

El texto está plagado de espacios en blanco, de intersticios que hay que rellenar, señalaba Umberto Eco. Y el texto se emite finalmente para que alguien lo actualice. El lector debe rellenar esas ranuras, esas oquedades, para poder deslizarse de una coma a otra, de un punto a otro. El producto final no es el rompecabezas que tenía el autor en la cabeza a la hora de escribir, sino un marco más amplio: la continuidad entre las lecturas del autor y las suyas propias, su fecundación profunda, su fruto conjunto.

Cuando el escritor dice «el lector», pareciera aludir a otro, a alguien ajeno a sí, pero en realidad está hablando de él mismo en otro momento de la obra. Ese desfase define en esencia el fenómeno de la literatura. La lectura es la puesta en marcha del instante retardado. Si fuese el instante mismo, perdería el arco entre el presente y el pasado que requiere todo discurso para ser percibido. Dentro de ese esquema, la escritura sería entonces lo contrario: el instante adelantado, proyectado, pues, al igual que la lectura, tampoco puede adoptar el instante mismo, sin perder el arco que la perfila. En conjunto conforman una coincidencia estratégica, una red de intuiciones, una costura ontológica, una carrera de relevos en la que el autor debe extender el testimonio sin dejar de correr, y el lector, moverse antes del contacto estirando una mano hacia atrás para continuar
la misma carrera.

Borges recuerda en un ensayo que san Agustín se quedó asombrado por la manera en que san Ambrosio leía sin producir sonidos, sin rumiar palabras. La lectura en ese tiempo era más una actividad colectiva, y por lo tanto, estaba regida por la autoridad y el consenso de la comunidad. Esa imagen era un anuncio de lo que vendría. Comenzaría a imperar la lectura sigilosa, clandestina, la lectura individual, rebelde, crítica en relación con el poder, que hizo posible la relectura del Libro de la Naturaleza, como lo llamaba Galileo. Pero, como siempre, se necesitó otra vez de un retroceso para impulsar al lector a nuevos horizontes; se necesitó un repaso de la página para volver a la esencia de lo que es leer: aprender de los otros, aprender cómo estos aprendieron leyendo a otros, recibir en el rostro el eco y el viento de ese profundo túnel de lecturas y lectores. «Estoy hecho de palabras, de palabras de otros», decía no recuerdo quién, qué otro.

LA MANO LIBRE

Los cafés, los comedores, las salas, los salones, los clubes, las plazas públicas, las esquinas, las terrazas, los parques son una forma de leer colectivamente, de contrastar y regular la lectura, de ampliar su interpretación, sus sentidos. Esos lugares se ampliaron a su vez, se potenciaron y expandieron con las redes electrónicas.

La evolución de la lectura ha ido siempre de una actitud pasiva a una crítica, y de esta a la reescritura. En 1999, Roger Chartier se preguntaba en el libro Cultura escrita, literatura e historia si las redes sociales de Internet actuarían como medios divisorios o como medios universalizadores, y lo que se ha visto constatado es lo primero. Prometían universalidad pero han profundizado las divisiones, los sesgos, las parcialización de lecturas, hasta el punto en que han tomado auge fenómenos como la posverdad y las aglutinaciones sociales a través de tendencias algorítmicas.

El término latino legere, del cual viene el verbo leer, significa “elegir”. La lectura debería ser en el fondo un acto de libre elección y de libre combinación para extraer significado. El lector es un elector, alguien que elige el texto, el contexto y sus sentidos, pero que también vota por cierta tendencia colectiva, por cierto sentido comunitario y político de las ideas: alguien que basa su lectura en una ideología o marco de interpretación. En fin, alguien que no puede leer ni entender por imposición, pero que inevitablemente se impone a sí mismo un filtro. El lector es un rebelde de raíz, pero él mismo es una raíz que crece en el mismo sitio que él u otros han escogido de antemano.

No todos los textos sirven para expresar ideas, para construir formas estéticas: sermones, panfletos, directorios, diccionarios, catálogos, tratados de urbanidad, son de naturaleza práctica, son maquinales, están fabricados para producir efectos, como los textos eróticos o pornográficos que, al decir de Rousseau, se leen con una sola mano. Pero, en realidad, un buen lector siempre deja libre una mano para pasar la página; me gusta pensar que esa misma mano también le sirve para reescribir en una hoja en blanco lo que está leyendo. Esa es la esperanza del lector y de sus futuras lecturas: que la mano libre sirva también para exprimir ideas nuevas y para retroceder de alguna forma a la noción de creador, esa que la filosofía mató con la muerte de Dios proclamada por Nietzsche y con la muerte del autor enunciada por Barthes.

San Buenaventura hablaba del rollo de un manuscrito que unía los dos libros escritos por Dios: la Santa Biblia y el Libro de la Naturaleza. Lo dijo en tiempos en que los libros tenían ya forma de códice. Para él, aquellos eran los dos lados del mismo rollo: en la parte inferior estaban las escrituras sagradas y en la superior la Creación. Me gusta actualizar esa metáfora oponiendo más bien la mente del lector al árbol del conocimiento que mencionaba el filósofo Karl Popper, uno que contiene la acumulación del saber del hombre, pero también las hojas que faltan, pues ya lo decía Leon Bloy (citado y traducido por Borges en el ensayo “El espejo de los enigmas” de Otras inquisiciones): «Si vemos la Vía Láctea, es porque existe verdaderamente en nuestra alma». Me imagino entonces ese rollo extendido en forma circular con el pliegue implícito o la media vuelta que posee la cinta de Moebius y que le da a ambos lados un horizonte de continuidad, de modo que lo externo se convierta constantemente en lo interno y las hojas del mundo acaben inscritas en las líneas de la mano, esa mano que sostenía el libro. Sólo así puede quedar libre para elegir uno nuevo. 

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