EL HERALDO SUSCRÍBETESuscríbete a EL HERALDO
El id es:node/37253
Latitud 10 de Septiembre de 2011

El gusano de un mal presagio

El usuario es:

Compartir:

Después se queda mirando por la ventana la imagen de Barranquilla sumergiéndose en un aguacero eterno, y piensa que él nació para mirar que, desde pequeño, no ha hecho nada más importante que mirar. Pero se acuerda otra vez de la llamada, y empieza a trabajar en sus planos como poseído por una furia metódica.

Al rato se distrae pensando nuevamente en la muchacha, y comienza a dibujarla en un pliego de papel azul claro. Traza las líneas con un apego cariñoso, poniendo en el dibujo toda la ternura que ella le inspira, sin olvidar el menor detalle de su rostro, que ha aprendido de memoria a fuerza de mirarla. Sin embargo, la punzada de la conversación vuelve a rastrillar las frágiles paredes de su estómago con una insidia digna de mejor causa. “Porque no vale la pena atormentarse así por el dinero –piensa Santiago mirando el río desde la ventana– pues la verdadera ilusión del prestamista, su razón de ser y su filosofía de la vida es que el deudor no le pague a tiempo”.

Pero semejantes ideas, lejos de tranquilizarlo, lo atormentan aún más porque Anselmo, el prestamista con quien habló por teléfono, le ha exigido el pago inmediato de unos intereses atrasados desde hace un año. La humillación de recurrir otra vez a su hermano, a quien ya le debe una importante suma, le parece una acción tan insoportable de sobrellevar en su conciencia lacerada, como le parecía pedirle dinero a su padre cuando este último aún vivía.
“Quizá Garibaldi... aunque puede resultar más sarcástico que el mismo Manuel...

En fin, ya pensaré en eso después, se dice con indulgencia, pues lo que verdaderamente le interesa en este momento, más que el dinero, más que los planos atrasados, más que su esposa, más que su propia vida, es continuar dibujando a la muchacha, y después terminar la novela, y después morirse.

Pero ahora, en la fiscalía mustia de burocracia y olvido, frente al detective Cayetano Iglesias aquel Viernes Santo lacrimoso, ha comenzado a comprender por qué lo acusan de haber asesinado a la princesa de sus sueños.

2 Capítulo

A la mañana siguiente, mientras se afeita, imagina que al salir verá otra vez a la adolescente, y esa imagen anticipada lo llena de una precoz alegría.

Sin embargo, siente el gusano de un mal presagio ascendiendo a dolorosos pasos por las cavidades de su sistema digestivo, como si algo hubiera sucedido, algo que ya no tenía regreso, que se había insertado en la armoniosa trama que Santiago había tejido en torno a la muchacha, que tanto le recordaba a la alemanita rubia de su infancia fingida, como una mancha horrible sobre una alfombra persa.

Y ese algo, que le hizo doblarse sobre su estómago en el interior del baño, era lo único que había pasado, y seguiría pasando en una espiral de espejos, en la vida de Santiago Aragón.

Nunca odió tanto a Malena como esa mañana, como ese día martes que habría de crecer y desarrollarse en su memoria hasta ocuparla por completo, como si la sucesión de los días y de los años se detuviera de pronto en la eternidad de ese martes, que era el único día que había existido y seguiría existiendo para siempre. Sin ningún remordimiento hubiera matado a su esposa, a quien de alguna manera consideraba culpable de ese algo trágico que se había interpuesto entre ellos como un símbolo del desamor. Con gusto la habría ahorcado, pero no tenía tiempo.

Así, después de cerrar la puerta para no escuchar más el sermón mañanero de aquella criatura mitológica, se dirige con pasos ágiles, casi corriendo, hacia la puerta del edificio, pero la chica no está. En ese momento suena uno de sus dos celulares, que lleva colgados del cinturón y, cuando Santiago contesta, la voz iracunda de su hermano le reclama que lo están esperando en la oficina hace media hora, que si “esa cita con los clientes de la ciudadela también se le olvidó, como se le olvida todo, hasta su nombre”.

Desolado porque no ha visto a la muchacha, Santiago corre a tomar un taxi en la esquina. “Mi suerte está echada”, se vaticina a sí mismo como un nefasto oráculo. Curioso: cuando sube al taxi no recuerda la dirección de la oficina donde va todos los días, y solo mediante un esfuerzo, que dura unos cuantos segundos de angustia, logra recuperarla de su anémica memoria.

Mientras mira las calles de Barranquilla, la ciudad le parece otra, ajena, distante con respecto a su dolor, implacable en su sonriente indiferencia y, sobre todo, de una indigna fealdad espiritual.

Con una ira premeditada lee en una pared, mientras el taxi se detiene en el semáforo de Murillo con la carrera 38, las ridiculeces de la propaganda política: “Fulano, un hombre íntegro para la Gobernación”, y comenta en voz alta: “Si fueras íntegro no estarías ahí”. Y debajo, con letras rojas sobre fondo azul, junto a la foto de un tipo con barbita: “Barranquilla me conoce”, y dice: “Por supuesto, y por eso es que no vamos a votar por ti”. Al lado, en color amarillo excremento, otro se promueve como: “Un buen Consejo para la ciudad”, y Santiago apostilla: “Claro, cretino, y ni siquiera sabes ortografía”.

El taxista se ríe, y Santiago toma su risa como pretexto para contarle una anécdota acerca de la historia de Barranquilla que le ha contado a todo aquel que esté dispuesto a escucharlo.
—En 1905, hace casi cien años, un ingeniero le propuso al Concejo canalizar los arroyos de la ciudad. En esa época Barranquilla no era más que un caserío a orillas del río Magdalena, que ya se conocía con el nombre de Barrio Abajo. En esa época el proyecto era viable, además de económico, pero los concejales de aquel entonces, tan imbéciles como los de hoy, lo rechazaron con el argumento de que “no era prioritario”, óigame bien, de que no era prioritario. Casi un siglo después, la ciudad todavía se sumerge en los arroyos cada vez que llueve por culpa de esos cretinos. Lo mismo pasa con el cuento de la Puerta de Oro —remata Santiago, exaltado—. Vea, amigo: si la ciudad hubiera sido lo que dicen que fue, no sería lo que hoy es.

Pero la imagen de la muchacha vuelve a él en la forma de unas compuertas muy pesadas que se cierran sobre su pecho y le quitan el aire, y por eso Santiago se ve obligado a callarse.
Cuando llega a la oficina, justo al bajarse del taxi, se da cuenta de que ha olvidado los planos.

—¡Lléveme de regreso! —le ordena al taxista.
Media hora más tarde, cuando por fin llega a la oficina, la reunión ya ha terminado. Milena le dice que su hermano quiere hablar con él. Mientras la escucha, no puede apartar la mirada de su escote, donde los senos parecen apuntarlo como dos ojivas nucleares. Piensa si no será la amante de Manuel. O una de ellas, para ser más preciso, porque su hermano mayor ha renunciado al matrimonio para, según sus palabras, “poder amar mejor a un mayor número de mujeres”, frivolidad que apenas esconde, por supuesto, su incapacidad visceral para amar a ninguna.

Pero no siempre fue así; hubo un período de su adolescencia en el que Manuel pareció sucumbir a una especie de misticismo religioso, quizá orientado por las culpas de su crueldad, y hablaba incluso de entregarse a la vida sacerdotal, profesión de fe que, por supuesto, nadie tomó en serio, pero que, de cualquier forma, sugería que en Manuel había un mundo interior más complejo de lo que pudiera parecer a simple vista.

Este último, para sorpresa de Santiago, no lo regaña por su impuntualidad. Por el contrario, afectuosamente le pasa el brazo por los hombros y le pregunta con evidente preocupación:
—¿Qué te está pasando, por Dios?

Le habla de su infancia, que, a estas alturas, parece una infancia inventada. Su padre, después de la cena, organizaba concursos de cultura general y Santiago era siempre el ganador, recuerda Manuel. Fuiste el mejor estudiante de tu curso en la facultad de arquitectura, con una brillante tesis de grado sobre la necesidad de declarar patrimonio arquitectónico las mansiones del barrio El Prado.

A Santiago le parece que exagera, pero no dice nada. Finalmente, Manuel le recomienda que vaya a las reuniones de la Cofradía del Triángulo, donde de seguro le ayudarán a solucionar todos sus problemas. Por último, amenaza tajante:

—Si vuelves a llegar tarde, te echo a patadas.
Al salir, Milena se cree obligada a decirle unas palabras de aliento, y lo mira con expresión maternal. A Santiago le sorprende esa repentina amabilidad por parte de una mujer que usualmente lo ha mirado como un insecto; piensa que le gustaría meter la cabeza entre esos senos voluminosos y quedarse allí dormido para siempre.

Porque, en el fondo, Milena le produce miedo, y le gusta refugiarse justamente en mujeres que le despiertan esa emoción tan familiar. Se dice que le gustaría contarle al Gurú ese nuevo hallazgo que ha efectuado, sin apenas darse cuenta, acerca de los jeroglíficos de su identidad. “No debo olvidar tampoco que el jueves tengo que llevarle a mi madre sus dos docenas de manzanas”.

Entonces suena el otro celular y Milena alcanza a oír los gritos de Garibaldi, el socio de Manuel, quien le dice a Santiago que si ha creído que por ser su hermano socio de la firma él no va a ser capaz de echarlo “está muy, pero muy, equivocado”.

Y que se vaya corriendo con los planos para la obra, que los clientes quieren hacer unas modificaciones de última hora. Casi tartamudeando, Santiago le explica que no tiene plata, que se la gastó toda en los taxis de esta mañana. “¡Estás jodido!”, remata Garibaldi, y le ordena que le pase a Milena.

Después de colgar, esta última extrae de una cajita de metal un billete de veinte mil pesos y se lo entrega a Santiago, quien no sabe si mirarle los ojos o los senos, porque cualquiera de las dos miradas lo avergüenza. “Malena-Milena, solo por una vocal no se trata de la misma mujer. ¿Cómo se llamará la muchacha?”, piensa Santiago en el taxi que lo lleva a la ciudadela.

La obra, cuyos trabajos en realidad no han comenzado, es un lote de unos tres mil metros cuadrados, un peladero rodeado de mallas metálicas y vallas que lo promocionan como “La Universidad del Futuro”. A pesar de que, sobre el papel, existe por lo menos desde hace un año, en la práctica no se ha levantado siquiera la caseta para guardar los materiales.

En una loma, cerca de Puerto Colombia, la repentina visión del mar sorprende a Santiago como una aparición majestuosa. Sin embargo, no le gusta estar ahí, prefiere el silencio acondicionado de la oficina y el trato milimétrico con las líneas sobre el papel que relacionarse con otros seres humanos. Los inversionistas, siente él, lo tratan como si fuera un sirviente. Para colmo, las dichosas modificaciones de última hora consisten en reducir el tamaño de la biblioteca y ampliar, en cambio, el espacio destinado al coliseo deportivo.

“Pero los planos ya fueron aprobados así por la Secretaría de Obras”, objeta débilmente Santiago. Los otros se ríen, y le dicen que por eso no se preocupe, que el Gobernador es su amigo y también está “mordiendo” en el negocio.

Aunque él querría contestar que, de cualquier forma, la biblioteca era el alma del conjunto y que, por tanto, al disminuirla se le está quitando sentido al proyecto, se queda callado como siempre. Y de ahí en adelante no presta ninguna atención a lo que dicen lo otros, inmerso como se halla en el sueño de otra ciudad, en la imagen de la adolescente que hoy no pudo ver, y en los senos maternales de Milena. Cuando, por fin, se despiden él comenta para el vacío:

“Será la Universidad del Pasado”, y suelta una sonora carcajada. Pero, tras ella, el funesto presagio ya ha subido hasta la garganta y se convierte en un sabor metálico en la boca, como el sabor de un mal recuerdo, como el sabor de su vida con Malena.


 

Temas tratados

Mensaje enviado Satisfactoriamente!
REPORTAR UN ERROR O SUGERENCIA