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Latitud 29 de Noviembre de 2015

El Estado Islámico y la amenaza del movimiento yihadista global

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Análisis de la organización (ISIS, en sus siglas en inglés) que por estos días ‘atemoriza’ a París y al mundo, luego de los ataques que perpetró en la Ciudad Luz el pasado 13 de noviembre.

Janiel David Melamed
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Con posterioridad a la caída del último califato a inicios del Siglo XX, se han establecido tres grandes campañas islamistas para establecer estados islámicos en el mundo musulmán. La primera de estas ocurrió en 1979, durante la invasión soviética a Afganistán, la cual promovió una importante movilización de militantes yihadistas provenientes de diversos lugares del mundo para luchar contra el ejército invasor. La segunda experiencia se ubica en el contexto político y democrático en el que movimientos islamistas obtuvieron grandes victorias políticas, pero que no pudieron mantenerse en el poder o que, habiéndose mantenido, enfrentaron grandes dificultades en el ejercicio de dicho poder, como en el caso del Frente Islámico de Salvación en Argelia (1991), Hamas (2006) y la Hermandad Musulmana, en Egipto (2012). Finalmente, la más reciente de estas experiencias se relaciona con el anhelo de revivir el califato por grupos islamistas, entre los cuales destaca el Estado Islámico, convirtiéndose en amenaza no solo de países de la región, sino en una amenaza internacional.

El Estado Islámico ha experimentado, en un periodo de tiempo realmente corto, varios éxitos que lo sitúan como una de las organizaciones armadas de mayor impacto y amenaza a la seguridad internacional. Esta organización se fundamenta en una interpretación radical de conceptos fundacionales del Islam y ha logrado construir una importante capacidad operativa y de reclutamiento de miles de combatientes y colaboradores, permitiéndole obtener importantes victorias militares, económicas, ideológicas y propagandísticas. Pese a los esfuerzos de los más importantes actores dentro del sistema internacional que la combaten, esta organización aún controla grandes áreas en Irak y Siria, y a su vez ha influido en organizaciones afines a su radicalismo religioso a lo largo de Asia, Europa, Norte de África, logrando consolidarse como una verdadera amenaza a la seguridad global.

Frente a la influencia que su radicalismo religioso ejerce, es necesario resaltar que no todos los procesos de radicalización islamista desbordan siempre en oleadas de violencia. Asimismo, es debido dejar claro que estos procesos no afectan exclusivamente a la comunidad musulmana, pues la gran mayoría de los musulmanes –inclusive algunos radicales– no incurren en actos de violencia o terrorismo. No obstante, la necesidad de corrección política no puede ser un impedimento para que este fenómeno sea abordado a cabalidad.

Un ingrediente de la radicalización islamista es la adopción de una estricta interpretación fundamentalista de las enseñanzas del Corán y una imitación literal de la conducta del profeta Mahoma. Las estrategias de los diferentes actores que conforman el sector radical del espectro islamista difieren en cuanto al medio que ha de ser utilizado para restaurar la gloria del Islam, es decir, la principal diferencia radica en la existencia o no de una propugnación de la violencia. Es por ello que merece la pena, en aras de entender la transición entre la radicalización y el terrorismo islamista, centrar la atención en la concepción violenta de yihad por encima de otros medios menos o nada violentos, a saber: la devoción extrema, el proselitismo religioso o la participación política.

La definición de la yihad es compleja, pues es un concepto que no es percibido de la misma manera por todos los musulmanes. La palabra árabe «yihad» puede traducirse como «lucha» y usualmente va acompañada de la expresión en el camino de Alá las veces que aparece en el Corán. Esta lucha en el camino de Alá pasa a ser interpretada como una lucha interna para superarse moralmente y una lucha militar colectiva para defender el Islam de sus enemigos y extender el poderío musulmán a otros territorios, de tal forma que todo el mundo esté sujeto a las leyes de Alá, tal y como fueron reveladas a Mahoma en el siglo VII de la actual
era cristiana.

La existencia de ambos significados obedece a la distinción entre la «yihad mayor» y la «yihad menor», ocupando la primera –destinada a la lucha interna contra las pasiones– un lugar primordial, y la segunda –destinada a la lucha armada contra los enemigos del Islam– un lugar circunstancial en el ideal de conducta de todo musulmán.

Esta concepción violenta de la yihad ha encontrado respaldo en las pretensiones de grupos islamistas que utilizan el terrorismo como herramienta para imponer su cosmovisión sobre musulmanes y no musulmanes, con el objetivo de restablecer la gloria pasada de los musulmanes en un gran Estado islamista que se extienda desde Marruecos hasta Filipinas.

¿Pero existe un elemento causal que permita identificar previamente a posibles extremistas religiosos como consecuencia de estos actos mencionados anteriormente? La respuesta es no. La radicalización islamista no procede de un elemento causal común, sino de una combinación de diferentes factores individuales que llevan a la adopción de una ideología extremista que contempla la violencia física como herramienta legítima para la consecución de fines políticos sustentados en el marco del fundamentalismo religioso. Es por ello que no existe un único perfil que permita identificar a un terrorista en potencia sino varios perfiles diferentes que evidencian la individualidad de los procesos de radicalización islamista, no significando esto que resulte imposible señalar ciertos rasgos similares o comunes dentro de aquellos perfiles que permitan identificar procesos de radicalización.

Estos procesos de radicalización tienden a comenzar cuando existe en el individuo una inconformidad, ya sea personal, social o política. Además, es casi siempre necesario que este tenga contacto con otros individuos que enfrenten inconformidades similares, pues es junto a ellos que construirá una ideología extremista que eventualmente podrá llevarlo a participar en actos de terrorismo. No obstante, no todos los individuos que inician un proceso de radicalización islamista llegan a cometer actos violentos, pues en la mayoría de los casos el proceso termina de manera prematura. A pesar de ello, en esta era de las telecomunicaciones, los procesos de radicalización islamista están llevándose a cabo de manera tan acelerada y clandestina que cada vez es más difícil contrarrestarlos de manera efectiva.

Los procesos de radicalización se desarrollan en cuatro fases principales –independientes y sin duración preestablecida– que eventualmente pueden llegar al acto violento por parte de quien experimenta dicho proceso de radicalización. Las cuatro etapas que comprenden los procesos de radicalización islamista son en su respectivo orden: la prerradicalización, la cual hace referencia a aquellos elementos que pueden hacer al individuo receptivo o vulnerable a la radicalización islamista, como lo son la crisis de identidad musulmana, discriminación y segregación y condiciones socioeconómicas precarias, entre otras. La segunda es la conversión e identificación, en la cual el individuo cambia su identidad y/o conducta religiosa, pasando de la laicidad a la religiosidad, de la moderación al extremismo y/o de una afiliación religiosa a otra. La tercera es la convicción, en la cual el individuo suele alejarse de su antigua identidad para meterse de lleno en la causa del fundamentalismo islámico y fortalece la idea del accionar violento, y, por último la cuarta etapa, conocida como la etapa de la acción, en la cual el individuo se dedica a la planeación e implementación de todos los medios necesarios para llevar a cabo el acto terrorista que considera una obligación moral y personal. 

Es oportuno resaltar que los procesos de radicalización islamista forman, cada día más, yihadistas potenciales que están dispuestos a participar en actos de terrorismo no solamente en Europa sino también en el extranjero, tal como lo hemos visto recientemente en Kenia, Líbano y Mali. La yihad global es la causa de estos individuos radicalizados, por lo que están dispuestos a actuar sin importar la ubicación geográfica. Las redes de terrorismo islamista que operan alrededor del mundo entonces aprovechan esta disposición inmediata o a mediano plazo de estos individuos radicalizados, leales a la causa de la yihad, para de manera indirecta establecer células terroristas, perpetrar atentados y reclutar combatientes.


El Corán, libro sagrado del Islam, contiene la yihad, en la que los llamados yihadistas basan su lucha armada contra los ‘enemigos’ de su credo. 


Cientos de musulmanes realizan todos los años la sagrada peregrinación a La Meca. 

El inmediato futuro lamentablemente no parece prometedor frente a la comisión de nuevos ataques y atentados, los cuales cada vez más estarán encaminados a golpear íconos occidentales y causar el mayor número de víctimas fatales, asegurando así un cubrimiento mediático global. La respuesta frente a este fenómeno no radica únicamente en la implementación de medidas militares y coercitivas, pues es necesario combatirlo ideológicamente, para evitar la futura generación de yihadistas en un mundo cada vez más globalizado.

* Magíster en Gobierno, Seguridad Nacional y Contraterrorismo de la Lauder School of Government, Diplomacy and Strategy (Herzliya-Israel). Docente investigador del Departamento de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad del Norte en Barranquilla-Colombia.
jmelamed@uninorte.edu.co

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