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Latitud 30 de Abril de 2017

El Caribe, una epifanía solar

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¿Es nuestra región una fábrica natural de artistas e ídolos populares? Apuntes breves sobre identidad y cultura en el Caribe colombiano.

Por Leo Castillo
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Toda creación responde por una modalidad de la exageración. Polifemo (Odisea) es tan inverosímil en su empaque descomunal como la fuga de su prisionero Ulises colgado del vientre de una oveja. Las metamorfosis de los dioses y mortales cantadas por Ovidio son elaboraciones fantásticas y así hallamos exagerando a Petronio (Petronius Arbiter) en su Satiricón los lances picarescos de Encolpio, que mediante el empleo de la primera persona lleva la narración a los crudos límites desmesurados que advertimos en, por ejemplo, la escena del tratamiento contra la impotencia sexual de este: «Saca Enotea un falo de cuero que frota con aceite, pimienta en polvo y con semillas machacadas; después, poco a poco, empezó a metérmelo por el culo» (El Satiricón, Cap. 138.) Huelga mentar a Rabelais (Gargantúa y Pantagruel), a Jarry (Padre Ubú), y a tantos autores definitivos en la historia de la literatura. Recuérdese aquí cómo Frédéric Mistral, cuarto Premio Nobel de Literatura, preguntado por Alphonse Daudet (Cartas desde mi molino) acerca de la reputación de exagerados que corre sobre los provenzales, respondiera que el exagerado es el sol. ¿No exagera Kafka acaso ad infitum el laberinto burocrático tanto en “Un mensaje imperial”, en la imposibilidad de K. en alcanzar El castillo, en la transformación monstruosa de Gregorio Samsa, la impenetrabilidad de las razones de “La condena” en el texto homónimo y las de la causa judicial de El proceso, así como en otras de sus asombrosas fabulaciones?

Así el Caribe solar es una desmesura fértil en sus manifestaciones artísticas.

Mantenemos que la fusta de Apolo, el Sol invicto, padre de las nueve Musas, es el acicate de culturas solares como la de Egipto y la del Caribe colombiano. El sol resalta, exagera las formas, desmesura los colores, desborda la imaginación hasta la lujuria. Macondo es el país de las maravillas del sol; considérese, si no, apenas este potente adjetivo para nuestro sol: «Una banda de músicos tocaba una pieza alegre bajo el sol aplastante» (Los funerales de la Mamá Grande) ¿Explica este fenómeno la preponderancia artística del Caribe colombiano en nuestro país?

Si bien debemos a los escrúpulos de Ramón Vinyes el blindaje estético de Voces, indiscutible corona de la cultura literaria entre las publicaciones periódicas del género el siglo pasado en Colombia, en el sentido de filtrar con una exigencia draconiana su contenido, no es menos cierto que esta revista fue concebida, nacida, criada y consumada en Barranquilla por –salvo el ‘sabio catalán’ aclimatado aquí– un  equipo de talentos locales, entre los que podemos destacar al ágil, el perfecto poeta erótico de nuestro país, autor de Las manzanas del edén, Miguel Rash Isla. Al barranquillero José Félix Fuenmayor debemos, además de algunos de los mejores cuentos de la literatura latinoamericana, la primera novela de ciencia ficción, Una triste aventura de catorce sabios (1927) y la urbana Cosme. Del Caribe es el malévolo corifeo de la poesía satírica Luis C. López, el ‘Tuerto’, y Raúl Gómez Jattin parece haberse alzado, visto ahora en perspectiva histórica, con la palma de poeta mayor de la segunda mitad del siglo XX; ello por su vigor, pureza lírica y su intransigente «sensibilidad dolorosa como un parto» (“Me defiendo”)

Dado que hemos hablado de artistas en sentido lato, no estrictamente de poetas y narradores (no quisiéramos detenernos en lo atinente al periodismo, limitándonos a hacer mención de Álvaro Cepeda Samudio, Gabriel García Márquez, Juan Gossaín y, hoy día, el cronista barranquillero Alberto Salcedo Ramos), echaremos una mirada a la música, especialmente a la popular.

Notaremos que el primer disco grabado en Colombia (acetato, antes del advenimiento del vinilo) fue el sencillo conteniendo La vaca vieja y El pollo pelongo, del insigne clarinetista del Caribe Clímaco Sarmiento, padre del precursor de la salsa en nuestro país, Blas ‘Michi’ Sarmiento con su Combo Bravo. El disco fue grabado en Cartagena de Indias el año 1934, en el estudio de Toño Fuentes, antes de su traslado a Medellín.

Ninguna manifestación folclórica de los llanos, valles, costas y cordilleras de nuestra rica geografía ha levantado más el alma de los pueblos que el vallenato, y Rafael Escalona encarna la avanzada de su universalidad. Su milagroso don para la composición hace eco en Cien años de soledad, la novela que cubrió de ediciones en todas las lenguas el ámbito de la cultura literaria mundial. No tenemos referencia en este país de otra figura que suscitara antes que Escalona, con sus canciones y su leyenda viva, el revuelo mediático de una telenovela de características tan novedosas. Se trataba de una biografía, de una historia de canciones de amores de un encanto unánime que se metió en el corazón de los hogares latinoamericanos desde el Caribe inspirado.

La parranda no tiene fin. Los tambores de la negra Soledad, la serena Piragua de José Barros con sus bogas de piel color majagua, los Gaiteros de San Jacinto…

La parrilla presenta una diversidad de mixturas y tonos de un colorido inagotable cuyo espectro abarca desde el donaire macarrónico de arraigo popular a la nota más selecta de exigencia cultivada.

Así el nombre de Adolfo Echeverría pulsa las cuerdas más sensibles de la región deslumbrante con el tema que, en la voz de Nury Borrás, abre el telón de las cuatro estaciones de la fiesta desde el «noviembre en que llegan las brisas», para parafrasear el título de la mayor narradora colombiana, la novelista reina del carnaval 1959, Marvel Moreno. La encantadora voz de la Borrás, en una interpretación de una delicada dulzura de aire popular de Las cuatro fiestas alterna cada fin de año hasta la muerte de Joselito Carnaval, con el denominado himno de la mayor fiesta colombiana, el poderoso Carnaval de Barranquilla, Te olvidé, del maestro Antonio María Peñaloza. Del carnaval son arte y parte esenciales músicos del relieve de un Lucho Bermúdez, a cuya trayectoria musical habría que dedicar un capítulo aparte. Destacamos de la barranquillera Esthercita Forero, novia del poeta Jorge Artel, exaltada luego como la Novia de Barranquilla, el garbo inspirado de sus temas emblemáticos que tanto contribuyeran a abrir espacio internacional a la música colombiana desde Santo Domingo, Puerto Rico, Cuba, Panamá y Nueva York. Entre tanto ‘el Pollo barranquillero’, que se juntara inicialmente con el soledeño Pacho Galán, pasaba a escribir las páginas de gloria que sabemos con el decano de los conjuntos de América, la Sonora Matancera.

El Caribe incesante resuena en nombres y melodías de una variedad acaudalada. Cumbia, porro, gaita, tambora, pajarito…

Sin duda alguna el mayor músico salsero de Colombia es Joe Arroyo. Desde que, a su deceso, la revista Rolling Stone dictaminara que «el rey no ha muerto», este hijo adoptivo de Barranquilla que llegara a la Arenosa a sus «catorce primaveras» no ha hallado relevo de su talante y talento en nuestro país. A este cosechador de Congos de Oro del carnaval hubo de inventársele la modalidad de Supercongo: se alzó con cuatro de estas distinciones sumas de la gran fiesta colombiana. El nombre de Escalona basta para legitimar otro género, el mayor del folclor en cuanto a expansión nacional e internacional: el vallenato. Tan grande es su presencia en el paisaje que, aupado por la telenovela Escalona, se irguió otra dominante figura de la música colombiana, Carlos Vives, de Santa Marta, con quien Escalona tomó otro vuelo, un nuevo aire para su casa escrita con caracteres de nube.

Otro ídolo arrasador en y fuera del país es el célebre ‘Cacique de La Junta’, Diomedes Díaz, cuyo epíteto empezara a invadir la escena de sonoridades del Caribe ya en 1975, cuando Rafael Orozco, de El Binomio de Oro, grabara su Cariñito de mi vida, ¿recuerdan?: “¡Ay!, en tiempo de invierno a las montañas/ las cubren las nubes en la cima/ y se reverdecen las sabanas/ se colma la fauna de alegría (…) Diariamente, veo el sol/ diariamente, veo la luna/ pero nunca encuentro tu amor, y el tiempo que pasa me asusta”. Como en el caso de Joe Arroyo, su desaparición no ha sido reparada con el surgimiento de otra figura en este género. Su hijo, Martín Elías, acaba de fallecer con un éxito acaso heredado del padre, generando una desmesurada cobertura mediática que ha excitado la irritada manifestación de comentaristas de esta y de otras regiones del país. Contestaría el refrán:

“qué culpa tiene la estaca, si el sapo salta y se ensarta”. Y lo que se inserta es la luminosidad solar del sol caribe, su paleta encendida en tonalidades, producto de un mestizaje alumbrado por el brillo de la piel africana y su sonoro tambor, su frenesí, su melancolía acunada en la cumbia del oleaje del mar Caribe, en el alma del pueblo de América. La gaita india, su profunda prolongación sonora del desierto de La Guajira, su dulce aire de cacto y miel. España, el Medio Oriente árabe y judío confabulados en la región más multifacética del Nuevo Mundo, la costa del Caribe colombiano.

No abundaremos en otras figuras y géneros del inagotable reservorio en que reverbera el deslumbrante Caribe colombiano. Otros tratarán de las barranquilleras Sofía ‘la Toti’ Vergara y Shakira; de los pintores Alejandro Obregón, Cecilia Porras o Enrique Grau y del número inagotable de músicos como Clímaco y el ‘Michi’ Sarmiento, de quien acá no alcanzamos a ocuparnos.

¿Se nos incriminará acaso de odiosos –según aquello de que comparar, etc.– por exponer hechos de universal conocimiento que no tienen empero por qué promover la envidia de un centralismo egotista que nos oblitera y ningunea sin curarse tan siquiera de conocernos? 

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