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Latitud 19 de Febrero de 2017

El callejón de Aduana y la bohemia barranquillera. Crónica de un símbolo urbano

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El Par Vial de la carrera 50 es un proyecto de transformación urbana que promete devolver el cariz de espacio histórico y cultural a un importante referente urbanístico: la carrera de la Aduana.

Sigifredo Eusse Marino
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La ciudad es el espacio vital de la cultura y el escenario perviviente de aquello que se nos va legando en su condición de patrimonio cultural: «toda esa riqueza acumulada que nace y renace, que la gente produce y reproduce en sus muy diversas manifestaciones» –música, teatro y danza en plazas y calles, la gastronomía popular, las costumbres y usos sociales, ferias y carnavales–, todas esas hebras tangibles e intangibles que unen a generaciones pasadas y futuras. 
 
Son bienes patrimoniales, únicos e irrepetibles, capaces de transmitir y contagiarnos la riqueza cultural de la urbe y la de sus ciudadanos. Ellos nos muestran y demuestran una muy cierta e insospechada dimensión del desarrollo y el paisaje urbanos.
 
Uno de esos invaluables espacios patrimoniales lo es para nuestra ciudad la carrera 50 o de la Aduana, hoy por fortuna recuperada, ‘reforzada’ y revitalizada en su tramo más tradicional, mediante la ejecución del proyecto del sistema Transmetro, Par Vial de la 50. 
 
Visionaria y acertadamente también, los responsables del Carnaval de Barranquilla acuden a revalorizar esta franja de fisonomía urbana, corazón de un sector que tuvo históricos protagonismos y sus reconocibles personajes en cuanto a la construcción de nuestra identidad barranquillera. El Par Vial de la 50 es ahora, desde estos meses que corren al ritmo de las brisas veraneras, el más nuevo y renovado de los espacios del encuentro festivo ciudadano en la agenda del Carnaval, por todos los fines de semana hasta la clausura misma de esta, la fiesta más grande e inclusiva de Colombia.
 
Vaya, por pertinente, este breve preámbulo:                                            
 
Al promediar el siglo XIX, Barranquilla se reconocía, urbanísticamente, apenas dividida en tres localidades: el Centro (portuario y comercial, en torno al viejo templo de San Nicolás y orillado a los caños fluviales), el Barrio Arriba (del cauce del Río) y el Barrio Abajo. Surgirían algo después los templos y parroquias de San Roque y del Rosario, que darían origen a los respectivos barrios de sus entornos. 
 
Ya con el muelle de Puerto Colombia en operaciones desde antes de 1900, y activada la conexión del ferrocarril de pasajeros y carga entre el muelle marino y la Estación Montoya, aquella zona urbanizada en vecindad de esta última (Barrio Abajo en su más inmediato entorno; mientras que, algo más allá, Rosario hacía de ‘puente’ hacia los comercios del Centro) asumió muy pronto una fisonomía mixta y variopinta. 
 
En el Barrio Abajo, desde siempre, convivieron el febril laboreo de talleres, industrias, astilleros, artesanos y un hervidero cosmopolita de pensiones y hospedajes, con vecindades familiares en sus otros callejones menos bulliciosos, de arena blanda, altos sardineles y grandes casonas de bahareque, techos de enea y profundos patios arborizados de frutales, olorosos a jazmín.
 
La 50, referente histórico de la vieja Barranquilla
 
Para la segunda década del siglo XX, cuando Barranquilla era en Colombia el epicentro de la inmigración extranjera y de los negocios portuarios del comercio exterior (y cabecera obligada de la navegación fluvial hacia y desde el interior del país), se construye el complejo arquitectónico de la Aduana, en amplio terreno contiguo a las estaciones del ferrocarril (Estación Montoya) y del tranvía urbano de pasajeros, el cual, dicho sea de paso, funcionó primero con locomotora de vapor y después a fuerza de recuas de mulas.
 
El ingeniero jamaiquino de ascendencia franco-británica Leslie Arbouin fue el diseñador y constructor de este palacete, en 1919. Su emplazamiento, en el vértice de encuentro entre la Vía 40 y la divisoria que –en el imaginario urbano de aquel entonces– hacía de límite con la parroquia del Rosario, determinó que surgiera el trazado del llamado Callejón Aduana, que es la carrera 50 de hoy. Ese que estamos empezando a llamar ahora el Par Vial de la 50. 
 
En este punto y en cuanto al otro referente –la Vía 40– resumiremos así lo que reseñó el escritor Miguel Iriarte, director de la Biblioteca Piloto, uno de los hitos culturales que alberga el Edificio de la Aduana desde su afortunada restauración durante la gobernación de Gustavo Bell Lemus, que lo validó como patrimonio de la Nación: 
 
«La Vía 40 en Barranquilla, dice un historiador, era un antiguo camino indígena que mucho después, a finales del siglo XIX, sirvió de guía para trazar la red ferroviaria del Ferrocarril de Bolívar, que iba del edificio de la antigua Aduana hasta el muelle de Puerto Colombia y viceversa, conectando así a Colombia con el mundo (…) Tomó ese nombre desde 1940, año en el que dejó de operar definitivamente el ferrocarril y ocasión en la cual el entonces presidente Eduardo Santos visitó la ciudad. Después de aquello ha sido, durante más de medio siglo, la vía que separa la ciudad del río (…) y más recientemente, nuestro improvisado cumbiódromo, escenario de los grandes desfiles del Carnaval».  
 
A los barrios Abajo y Rosario llegaron inmigrantes de muchas partes del mundo, especialmente de países mediterráneos y de Centro Europa: españoles, portugueses, franceses, griegos y una fuerte colonia italiana; así como alemanes, ingleses, también norteamericanos, y no pocas familias judías llegadas por vía de las colonias insulares de Holanda en el Caribe (Aruba y Curazao). 
 
Bajo todo ese influjo industrioso y bullicio comercial del entorno, por toda la zona convivían a diario los criollos nativos con una gran diversidad de inmigrantes y forasteros; en esa convivencia cosmopolita se fue incubando una ‘cocina multicultural’, forjadora de los ingredientes de aquella pujanza vanguardista que puso a Barranquilla en un primer plano nacional durante toda la primera mitad del siglo XX. 
 
Artistas e intelectuales por el rumbo de sus ‘non santos’ lugares
 
Entre los personajes habituales que hicieron fama por este sector del Callejón de Aduana y alrededores, por lo pronto mencionamos apenas unos cuantos: los escritores Alfonso Fuenmayor y Álvaro Cepeda (del Grupo Barranquilla), en la época en que estuvieron vinculados a Diario del Caribe; ellos –con amigotes del barrio, pura gente de fábrica y taller con quienes el maestro Fuenmayor gustaba jugar largas partidas sabatinas y diurnas de dominó– frecuentaban tiendas esquineras como El Tercer Hombre y, años después, una cuadra más allá, La Preferida, esto último por los años 80, cuando el Nene Cepeda ya había muerto.
 
A La Preferida, sobre la carrera 50B o de La Luz (así llamada de antaño debido a que su trazado remataba en la más antigua planta electrificadora que operó en Barranquilla), Fuenmayor –que madrugaba en casa para escribir el editorial de turno y traía esas cuartillas en algún bolsillo de su chaqueta, camisa o pantalón– arribaba a primera hora, al timón de su lancha terrestre, un enorme auto de los años 60, color ratón.  
 
Invariablemente acodado en el mostrador y con su recogido saco de lino crudo colgando del antebrazo opuesto, él apuraba ‘costeñitas’ heladas una tras otra, esperando a sus contertulios del barrio: los primos Piero y Pierino Nucci, el ‘Capi’ Gallardo, el ‘Tío’ Vargas y el ‘Bacán’ Noguera.… La pareja de tenderos es todavía la misma de hoy y era entonces un matrimonio joven venido desde los Santanderes. 
 
Allí, al mejor ritmo de su gaguera proverbial, el maestro solía gastarse un cierto humor de ocasión, oportuno siempre pero también de una llana exquisitez y furtivo refinamiento. Fue entonces y allí donde presenciamos esta casual pincelada: 
 
Al ver por completo escanciada la última en fila de las verdes botellitas, desde detrás del mostrador la joven, de sonrosadas mejillas y tan diligente como atractiva, preguntó candorosamente: 
–Maestro: ¿otra ‘costeñita’? –A lo que respondió enseguida Don Alfonso, con un inspirado golpe de aire que pulverizó de corrido su invencible gaguera: 
–Pues, así será… porque las ‘cachaquitas’ –no sé por qué–, todavía no vienen en botella. 
 
Por las vecindades de Diario del Caribe, muy pocos en el Barrio Abajo imaginaban ni conocían de la erudición y sabiduría de este hombre de ancho mundo y libros mil. Les era familiar, a diario, su imagen bohemia y amable, y su talante discretamente servicial, su don de gentes. Una que otra noche de amigotes, y también con Cepeda, Germán Vargas y el pintor Obregón (y García Márquez quizá, de paso por Barranquilla), hizo fama en el barrio que «Don Alfonso se ganó el premio gordo de varios quintos de lotería». 
 
Estando todos ‘en el billar de Lobo’, esquina opuesta en diagonal con La Preferida, ellos supieron enseguida aquella tan inesperada buena nueva. Pues bien, con magnánima y deportiva displicencia del afortunado, e integral convicción de mosqueteros, entre todos decidieron muy democráticamente que aquel premio ‘se quedaba donde Lobo’. 
 
 
Y así fue, la respetable suma quedó allí porque «el dueño del billar rindió la plaza con todas sus existencias y arrasaron con bebidas y picadas aquella misma noche de sábado» (y quizá también por las 48 horas siguientes, hasta el lunes). No quedó botella en pie, ni enlatado alguno, ni los encargos de frituras por toda la vecindad. Lobo, al epílogo de la francachela, «saldó el negocio anticipando unos cuantos vueltos de bolsillo y en taxis de confianza mandó a cada quien para su casa». Por supuesto, fue Lobo en persona quien oficialmente ‘se ganó el gordo’ y efectivamente cobró aquel premio de lotería, a su vez el mayor paquete de venta directa y al menudeo que registrara en toda su historia el billar de Lobo. 
 
Hubo también escenarios non sanctos, clandestinos y de una ‘proletaria sordidez seduciente’, por decirlo de alguna manera, a lo largo del Callejón Aduana; los que ‘ni más faltaba’ eran explorados y revisitados con cierta frecuencia por la insaciable curiosidad sociourbana de Alfonso Fuenmayor, Álvaro Cepeda y compañía. Estaban, por ejemplo, la Casa de Riquilda, donde la tan ecléctica cofradía comisionaba primero a un avezado zapador vespertino que pulsara el ambiente con su olfato directo e incontaminado de sesgo intelectual alguno: este no era otro que un fiel administrador de ‘intereses recreativos’ en el grupo, Juancho Jinete. 
 
La Casita de Tablas de María Ruene era otro socorrido ‘metedero’, de una única puerta franca y abierta 18 de las 24 horas de cada día con su noche. Una y otra eran lo que se llamaba entonces ‘casas de citas’. La primera, sin embargo, contaba con su personal propio y residente de cortesanas de la noche, en tanto que donde la matrona María Ruene –blanquísima, casi albina de la cabellera a los pies, siempre sonriente y apoltronada; de ella se decía que se vino de aventurera en un vapor, desde lo más hondo de la depresión momposina, muchos años hace y siendo apenas una adolescente bella, inquietante y frutal–; a su retiro de celestina otoñal en la Casita de Tablas «acudían por igual asiduas y esporádicas muchachas de la vida pública», así como alguna que otra «furtiva venus del sur profundo, apenas recién iniciada». 
 
Otros dos personajes de época matizaban los ambientes de aquellos sitios. Fueron ellos los pioneros del barrio en evidenciar ‘lo diverso personificado’: Gloria y Patricia, cada una(o) por su lado. Semitravestido todo el tiempo, Patricia, de contextura y fisonomía típicamente mocaná, exhibía bajo su franela esqueleto el torso musculado y macizo de un estibador del puerto. Y su toque femenil, elaboradamente coqueto, se remitía apenas a su rostro de facciones duras que buscaba suavizar con lo sutil del maquillaje, su recogida cola de caballo, unos shorts apretados y la cadencia cantarina en su hablar de un timbre ronco adelgazado, mientras desplegaba toda una partitura de miradas y pestañeos al sesgo. 
 
 
Patricia era amable comadre y vecina, y habitual circunstante de la casa de María Ruene. La rubia Gloria, en cambio, era una ‘osada y lanzada guerrera’ del travestismo criollo de aquellos años, que gustaba frecuentar tabernas y cantinas en lo profundo del barrio, incluso más calle abajo de la Casa de Riquilda. Al viento su mata de pelo oxigenado, los ojos de ‘mujer fatal’ sobreactuados entre un arcoíris de pestañinas y el escandaloso carmesí de su boca vuelta flor de carne en brasas, cuando contoneaba su cuerpo trabajado a ritmo de gimnasio y estratégicamente esculpido a toques puntuales de silicona, Gloria provocaba torsiones de cuello entre los taxistas que transitaban la 50 en horas del crepúsculo. Ya en mitad de la noche, otros ya medio desinhibidos y confusos, sacaban a bailar «bien apretaíto, a esta dama rubia» que parecía iluminarles por igual la confusión de la bebida y la sordidez del lupanar. No pocos de estos amacices irían a terminar en explosiva bronca repentina, un ‘parejo’ furibundo e indominable y, por el suelo, una Gloria de patéticas pestañinas disueltas en un abultado cerco de cianóticas ojeras.  
 
Quedarán, quizá para alguna próxima crónica, muchos otros personajes y lugares. Sin embargo, tal como se ve en retrospectiva de época, la ‘variopinta fauna’ de personajes de La 50 parece bosquejarnos un pasado de aldea-ciudad en tintes de un cierto déjà-vu de hervores ‘renacentistas’, con tantos brillantes intelectuales y artistas que entreveraban su bohemia vital y su dispersión creativa en medio del fragor industrioso y portuario de las gentes de overol, y el llamado irresistible, entre cancionero y traganíquel, de aquellas ambiguas sirenas de la noche con sus escotes explayados y sus risas de boquitas pintadas. 

 

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