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Latitud 21 de Agosto de 2016

El barranquillero nace en cualquier parte

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Foto: Archivo EL HERALDO

En el 2013 en una sesión de ‘Los Monumentos Hablan’, para crear conciencia sobre los referentes locales.

Álvaro Suescún T.

Aníbal Tobón sostenía además que quería ser libre y terminó siendo libertario.

El barranquillero nace en cualquier parte, dijiste alguna vez, Aníbal, y son esas puertas abiertas de par en par lo que hace multiplicar a los hijos que esta ciudad adopta y pechicha como a cualquier otro de los suyos. Tal vez por eso, cuando querían saberlo, respondías: «Nací en barranquilla cuando tenía tres años». 
 
Cuando eras un niño pensabas que a la vida le faltaban muecas y le sobraban las peleas, no es porque fueras débil, porque flaco como siempre fuiste, tenías los arrestos suficientes como para  medirte a cualquier actividad física, por exigente que fuera. Alguna vez dijiste, para explicarlo, que intentabas sobreponerte a tus flaquezas para mostrar el carácter del que debiste hacer gala en las peores dificultades. En la calle Medellín, donde los arroyos lavaban sus arenas, eras especialista en arrojarte a los pies de quien llevaba el balón para sacárselo limpiamente. Por hacer esas tijeras te decían el Sastre. Te hiciste respetar también en las hazañoserías del baile, tu pase de sensación consistía en dejarte caer al suelo con las piernas abiertas, afilando las  tijeras. Los bailes de paco pacos, que así se llamaba aquel berroche juvenil de carnavales, tenían nombres, el de ese era «La edad peligrosa». Sin dejar de ser el sastre, asumías indistintamente la piel de Red Rider, de Buck Roger, de Flash,  de pirata,  o de marimonda. Esos fueron los gozosos recuerdos de tu formación en la bacanquillería, y que nadie se meta contigo que tú con nadie te metías.
 
¿O, sí? Ya eras un muchacho díscolo,  siempre lo fuiste, inclinado por las causas rebeldes. Entonces te cambiaron el sobrenombre por otro que te duraría toda la vida, te llamaron «Mandrake», porque eras capaz de convencer a cualquiera con tus ilusiones. Pero tu madre, ah, las madres, te guardaba las espaldas, eso tal vez ayudó para que caminaras en extravíos. Conociste a Camilo Torres en el bachillerato de la U. Libre, de ahí te expulsaron. Y para amansarte fuiste a dar a la Escuela de Técnicas Agrícolas de Lorica, tendrías 19 años. Te fue peor, porque la locura hizo estragos en tí. Irene Andervert, tu profesora, que había llegado con Shantin Lingione enviadas por el gobierno de Suecia para desarrollar un plan de ayudas en países del tercer mundo, terminó seducida por el joven anarquista que entonces eras. Ella era tres años mayor que tú, no obstante, se enamoraron sin remedio, tórridamente, como suelen ser los romances a esa edad.
 
Yo quería ser libre y terminé siendo libertario. —Me dijiste, tiempo después, para explicarlo—. Ella me aportó sus ideas acerca de la contracultura y el pacifismo. Ahí se jodió pindanga.
 
Regresaste a Barranquilla, y organizaste un grupo de teatro en la escuela de Bellas Artes. El teatro que fue tu principal pasión arrancó de esa vivencia, se convirtió en tu principal pasión. Fuiste John Lennon. Fuiste El Ché. En  Venezuela representaste a Jesús en el calvario. Fuiste Osama Bin Laden. Y fuiste El Quijote en el Caribe, en el Carnaval de las Artes, en los colegios locales, y montado en el Rocinante que son tus sueños, hacías una cercana y graciosa mirada a la cotidianidad, tumbando los obstáculos para conseguir la verdad.
 
El teatro te llevó a conocer a los artistas plásticos. Y tú mismo tomaste ese camino momentáneo que, de trecho en trecho, desenvolvías para ponerte la máscara de artista. Qué maneras de influenciarlos, los tuviste a todos ellos doblados en actores, a Ramiro Gómez,  a Efraím Arrieta, a Carlos Restrepo, a Alberto Del Castillo, ellos fundaron El Sindicato, y te les uniste para ser el primer grupo en Colombia en obtener un premio regional con una pieza de arte conceptual A.la.cena con zapatos, es su nombre. Causaron un gran escándalo con esa manifestación contracultural. Una centena de zapatos viejos, inspirados en el poema de Luis Carlos «el tuerto» López dio para hablar a la comidilla local. Pero volvieron a ganar, tres meses más tarde, el Salón Nacional y un jugoso premio en efectivo. Con esa obra armada con desechos, redujeron las presiones y la crítica se tornó a favor, siendo esa la primera obra de arte no comercial que se premió en la XXXVIII versión del Salón Nacional de Colcultura.
 
Aprendiste a tocar guitarra, y cantabas las canciones de los Rolling Stones, decías que era tu banda, que  en ella estaban las bases del rock contemporáneo, cantabas Beggars Banquet, Exile on Main St., Sticky Fingers y quizá su mejor obra, para ti, Sympathy for the Devil, con maracas en su repertorio, instrumento del Caribe, decías, y sacabas pecho, y se te agrandaban los ojos detrás de las monturas redondas de tus lentes.
 
Armaste cambuche en Taganga cuando era pueblo de pescadores y organizaste con ellos una cooperativa, ¿era una nueva forma de vida?  A lo mejor fue una manera fácil de estar en contacto con los proveedores de la yerba, con ella volabas alto, así que envuelto en sus humos recorriste el país en auto stop hasta el Putumayo. Al regresar, por esos senderos de Colombia que son tan diversos estabas en el golfo de Urabá, y te alcanzaron alas para llegar hasta  San Andrés. Ya hacías poesías, decías para que te oyéramos: el mar lo llevamos por dentro / cada lágrima es un pedazo de océano / cada suspiro espuma de ola / cada dolor una tempestad en altamar / por eso las lágrimas son saladas. Y cuando terminabas de leer tus poemas reducías a pedacitos de escombros cada hoja de papel, y el poema quedaba detenido en el aire. Me dijeron que eso era influencia de los nadaistas, pero sabemos que a ellos apenas los tropezarías cuando anclaste en la isla. Es cierto, sí, que con los poetas nadaistas, se te afiló el sentido del ritmo, ganaste en la afición por la palabra. Te afiliaste a ellos por el túnel que hizo tu amistad con Simón González «el brujo» y con J. Mario.
 
En 1973 te fuiste  a París, todavía no sé cómo ni por qué. Sí sé que en las horas duras estuviste viviendo como clochard, bajo los puentes del Sena, y que visitaste hasta el cansancio los museos y en la Universidad de Vincennes adelantaste tres semestres de estudios de teatro. En una noche de tragos conociste  en un bar a una pareja de suecos y les hablaste de tus  amigas, Irene y Shantin, les preguntaste por ellas. Al cabo del tiempo te llegó una carta de Shantin, te dice que vive en Canfor, una posesión sueca en el Círculo Polar Ártico. También te dice que Irene se ha casado, que te olvides de ella, y para menguar la pena te cuenta de un festival internacional de teatro y  ofrece conseguirte una invitación.
 
UN TROTAMUNDOS
Recursivo como eras, la pieza que has montado originalmente para títeres la arreglas para teatro de calle y te montas en ese tren. —Vas para el fin del mundo, —te lo dice un compañero ocasional en ese viaje. Era una extraña isla de arena en el Polo Norte, allí habían instalado una escuela de paramédicos, además constructores y voluntarios. Los entrenaban en primeros auxilios para grandes catástrofes, financiado con recursos para ayudas humanitarias por el gobierno sueco. Allí, sin buscarlo, encuentras un vínculo que te abre las puertas para asegurar tu subsistencia de manera tranquila y holgada en Europa. Hay un terremoto en Turquía, fletan aviones, arman carpas, rescatan a los heridos y buscan a los desparecidos, llevan alimentos, frazadas y, para atender a los niños, para aliviar las tensiones de los voluntarios, ahí estás tú con tus títeres soñadores. Terremoto en Nicaragua y vas para allá, subsidiado por el plan de ayudas humanitarias de un gobierno sensible, participan de manera responsable en actividades internacionales, en apoyo a los países del Tercer Mundo. El primer ministro es Olof Palme que se atreve a  cuestionar severamente la acción de Estados Unidos en la guerra de Vietnam y ofrece ayudas humanitarias a la  Nicaragua sandinista y a Cuba. Una entidad que se asocia con el gobierno te contrata para 40 funciones para ser presentadas en 30 ciudades escandinavas y atraviesas la península de norte a sur. Aquel festival del Ártico en el fin del mundo te ha proporcionado un sinfín de relaciones que te abren las puertas del mundo. 
 
Mientras tanto, Shantin ha encontrado a Irene, ella, tu loco amor de juventud tiene un hijo y espera otro, pero su relación atraviesa por el peor momento. Tú, sensible, y con plata le abres las puertas: —Vente conmigo a París, —le dices. —No, París no, quiero regresar a América, te contesta. Entonces le ofreces Barranquilla. ¿Por qué lo haces? Tienes un sueño que es París, tu sueño casi realizado, ¿A qué devolverse? —La nostalgia, cuadro. —¿Y los estudios? —Soy mal consejero de jóvenes, cuadro, los estudios valen verga, y los diplomas menos, —dices con acritud. Es jodido porque los encauzas mal, pero es la verdad, la educación formal en los términos en que la recibimos no da mucho, quita sí, después tienes que estar zafando los prejuicios que adquieres en una formación mal concebida.
 
Así fue, te viniste para Salgar en 1976. Con Irene y sus hijos que sin conocerlos fueron tuyos desde entonces, y en el colmo de tu generosidad empezaste a derrochar el dinero ganado en el montaje de una escuela gratuita en ese corregimiento olvidado, y lo que te sobró de ese montón de plata que trajiste lo entregaste en depósitos a término por sugerencia de unos amigos para ganar rendimientos bancarios, y mientras tanto no pudiste comprar ni una estufa para la pobre Irene porque no te dijeron que esa plata era a término fijo y tenías plata pero no era tuya, te la manejaba esa gente de aquí para allá y de allá para acá. 
 
Para no darte mala vida te dedicaste a la escuelita, con Efraim Arrieta y Elsita, su mujer, que también vivían en Salgar hasta que la terminaste de construir. Tres años ahí, comprando útiles escolares y entregándolos gratis, y pagabas los profesores, y por las clases los niños no pagaban. ¿Cómo hacías? El Nene Cepeda, que tenía sus vainas, te hizo el favor. Después de una noche de farra, te ayudó a vincular como periodista en El Nacional, con tu sueldo pagabas los sueldos de los profesores, y con donaciones que él también te ayudaba a conseguir, llenabas los huecos, y así. 
 
En marzo del 79, miércoles de ceniza, cruzas la frontera con Venezuela, te vas con Irene, y tu primer empleo en Cumaná es en una fábrica de hacer  zuecos. —«De día haces zuecos y de noche suequitos», me decían los amigos, y se reían los vergajos. Trabajabas 5 días a la semana cortando cueros, hasta final de año resististe,  el 8 de diciembre del 79 te devuelves para Suecia, con una breve escala de dos semanas, para vivir Navidades en París, oh, la, lá, en 1980 otra vez en Suecia, ese año consigues que el Ministerio de Salud te apruebe un proyecto para ir a Angola. ¿Pero qué encuentras? Desolación y guerras. Cinco años antes habían conseguido la emancipación de Portugal  tras una larga y dolorosa guerra, y tú  llegabas como aporte sueco, en la delegación de ayuda internacional humanitaria. 
 
Ufff. Es la situación más difícil que has tenido que enfrentar. Estabas solo, separado de tu mujer que había ido a Cabo verde.  Cinco años antes, el MPLA, de inspiración izquierdista, había derrotado, con apoyo de fuerzas militares de Cuba, Guinea y de Katanga a sus oponentes en Qifangondo, a las puertas de Luanda y recibió el gobierno de manos de los portugueses, pero ahora la guerra era por el control del gobierno y mucho más devastadora que la anterior. Ahí estás tú.
 
—De allá son los bantúes, —nos dijiste, feliz de aquel descubrimiento, originalmente era un pueblo de agricultores y cazadores que fueron esclavizados y traídos a Cartagena para sembrar sus raíces en nuestro Carnaval. Otra vez tu barranquilleridad.
 
Pero no pudiste disfrutar nada. ¿Cómo? La guerra se siente todos los días, los bombardeos, los ataques, las metrallas, y tú, y ellos, casi todos escandinavos, noruegos, finlandeses, suecos, haciendo el papel de rescatistas, casi inútiles en esa guerra sin sentido. Regresas a Suecia para trabajar en lo que sí sabías, títeres y teatro. Y montaste, por vez primera un café teatro, como también lo hiciste en Cumaná años más tarde, y como lo hiciste en Barranquilla, no para conseguir plata, porque de eso nunca viviste, sino para tener más cerca a tus amigos, y para beber cervezas acompañado, hablando paja, que es la mejor manera de tratar los asuntos serios. De ahí te surgió también la idea de los concervezatorios y las cátedras de filosofría, que te celebramos, y ahora, en el aturdimiento de la ausencia que nos empieza a carcomer, tus amigos te reclamamos.
 
Después de 18 años de vivir en Estocolmo, conoces a esa venezolana durante una rápida visita a la Unión Soviética, en San Petesburgo y la invitas a Estocolmo. Luego ella te pide que la acompañes en su regreso a Cumaná, Venezuela. Montas un café y una imprenta y le das vida a la fundación Cecrea con un proyecto financiado por el gobierno sueco.
 
Un amigo tuvo la ocurrencia de hacer una semana santa la representación de la pasión de Cristo en vivo. Tienes el grupo de teatro, conviertes a tus actores en apóstoles,  haces el guión y montas la escena en vivo: 15 personajes, presupuesto libre, un barrio entero, como 80 personas  de  extras, y eso se vuelve un espectáculo del carajo. Al año siguiente el alcalde te pide montar dos actos. Son siete años más sobre la cruz, en ese calvario que lleva más de cien mil personas al acto religioso que se convierte en un atractivo para el turismo.
 
Te cansas, porque la reiteración agota las neuronas, siempre estás dispuesto para el cambio, además ya te has enamorado de Yadira, y ella es el aliciente para regresar a Colombia. En el 98 te vienes a  Bogotá, ya está cerca el retorno al origen, y empiezas a construir tu casa, la de Yadira, en Salgar. Lo de aquí ya se conoce, eres amigo de todo el mundo, montas la biblioteca infantil en Salgar, Los monumentos hablan, Los concervezatorios, las revistas orales, proyectos lúdicos por montones, tu gran capacidad de inventar, de hacer actividades diferentes, eres un motor de ideas. 
 
Tu vida estaba en permanente transformación. Eras muy positivo, siempre mirando el pedazo oscuro de cada cosa, el materialismo que equilibra. Eras un optimista negativo, pendiente de lo malo que tiene todo lo bueno.
En una época te sabías un nihilista creyente, como Fernando Arrabal, a quien admirabas silenciosamente, tanto por su anarquismo, como por su producción literaria, por el ejercicio teatral. Así nos lo dijiste alguna vez. Corroborándolo en palabras de una dedicatoria que te escribió J. Mario, el poeta nadaista: «Estamos preparados para lo peor», y así viviste, sin poder mantener el equilibrio, pero disfrutando a placer cada hora de cada día.

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