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Latitud 03 de Febrero de 2013

Días de carnaval

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Fue hace tanto tiempo. Tendría escasamente unos ocho años de edad. Era sábado de Carnaval, lo recuerdo bien porque las calles del antiguo barrio Las Nieves, al sur de la ciudad, eran entonces una festiva acuarela, una porción del África ardiente que durante cuatro días invadía con toda su fauna salvaje, cada rincón de los barrios barranquilleros.

Enormes gorilas que asaltaban intimidantes las terrazas exigiendo con sus monerías guturales alguna moneda o un trago de Ron Blanco. Los brazos de mi madre eran por entonces un lugar seguro ante el acecho de esa jauría carnavalera: tigres flameantes, marimondas, toros de cuernos encintados, entre tantos otros. En la puerta de la casa, con toda la familia reunida veíamos desfilar aquel zoológico fantástico, y tras sus huellas de pronto una tribu de zulúes contoneando sus largos y elásticos esqueletos, adornando sus cuellos con adormiladas boas y portando desafiantes flechas filosas destinadas a la caza del león.

Eran otros tiempos definitivamente. Miraba encantado las sombras nativas alargándose a su paso bajo el sol de mediodía cuando de pronto algo sucedió: hasta las piernas de uno de mis tíos fue a dar un raro personaje, que aunque vestido con un traje de novia y con la cara coloreada excesivamente dándole un toque de extravagante feminidad, no era una mujer en realidad, y aún más, el niño que llevaba en brazos llorando con una voz averiada, no era otra cosa más que una vieja muñeca. Con el transcurrir del tiempo fui entendiendo que aquellos fantásticos personajes tan solo eran gentes disfrazadas y entendí también que una máscara oculta muchas veces a seres más enigmáticos y salvajes.

Veinte años después…

Es una noche de febrero de 2004, somos dos en el cuarto de un desvencijado hotel del centro barranquillero. Xiomara Rosa
da las últimas pinceladas de sombra fucsia en sus párpados y ajusta las cayenas artificiales que prenden de su cabellera postiza.
-Estoy lista, dice y seguidamente retira el exceso de pintura de labios con una servilleta.

Quienes hayan visto a Xiomara Rosa, ya sea una noche de fiesta luciendo sus recargados vestidos de noche o en cualquier calle céntrica rodeada de un buen número de acompañantes pueden afirmar sin reparos que es una mujer hermosa, y en un consenso menos amplio, hasta algo inteligente. Pero no es hasta tenerla frente a frente para darse cuenta que todo su encanto no es más que un vistoso truco, una pose impostada de algún personaje de la literatura moderna. Xiomara Rosa es en realidad José Santander Padilla, un viejo amigo del barrio a quien entrada la adolescencia le dio por hacer algunos cambios en su apariencia: aumentar su ya de por sí espigada figura sobre tacones de aguja, acentuar los rasgos de la cara con esmeradas sesiones de maquillaje que le tomaban una hora diaria o suavizar el tono de la voz con cucharadas de píldoras recetadas por un médico acreditado, estos entre otros ajustes de íntima privacidad.

-Será una gala inolvidable, me dice Xiomara mientras baja las escaleras del viejo edificio recogiéndose para no estropear su traje azul turquesa que la envuelve como un cielo nocturno chisporroteado de bisutería luminosa.

Son las diez de la noche pasadas, el taxi en el que vamos atraviesa el centro de Barranquilla y llega al norte en menos de veinte minutos - Aún esta es una ciudad pequeña, pienso, mientras mi acompañante lucha para que su tocado no se arruine con el bajísimo techo del auto. La razón de que haya tanta gente aglomerada en las calles a esta hora es una: el desfile gay que iniciará en pocos minutos. Al bajar del taxi complemento mi ajuar gótico con un antifaz de cuero, y a través de este veo el asombro, la curiosidad, y hasta la burla que se dibujan en las caras de quienes vienen a ver este colorido evento.

El desfile gay se ha convertido en la actualidad en un suceso de masas, hace mucho tiempo pasó de ser la logia clandestina que fue a finales de los setenta, la reunión de viejos camaradas que se travestían en algún bar de los ochenta, hasta convertirse hoy en día en una fiesta que se adscribe oficialmente al más importante evento cultural del país como es el Carnaval de Barranquilla.

Xiomara Rosa se abre paso en el río humano, esquivando manos que intentan con sus zarpazos descubrir a todas esas muñecas de cosmética y pedrería que se reúnen año tras año para se felices de algún modo, para ofrecer en su mascarada esa otra opción, que viven día a día las minorías del país.

-La organización está fatal, dice Xiomara Rosa cuando por fin logra hacerse con el grupo de participantes que esta noche recorrerán al ritmo de tambores y gaitas el tramo asignado por las autoridades locales.

-Esta no será una ciudad grande, pero sí la mejor de este jodido país, me digo a mí mismo en medio de la euforia colectiva que invade el aire, en medio de los tiros que de seguro resuenen a esta hora en las selvas, en mitad de tanto horror que sacude el alma. Esta es una fiesta, me digo al retumbe de esa cumbia que arranca, que hace hervir la sangre de un Caribe multicolor, intenso, diverso. Un Caribe ondeando en las polleras doradas, rojas, amarillas verdes, un Caribe de algunos hombres enfundados en una identidad prestada, esa estética retorcida que sin censuras el carnaval acredita a sus gentes.

-Fue una gran noche, concluye Xiomara Rosa, ya hacia el final del recorrido horas después, no tan cansada como para seguir bailando, ahora sin sus altas zapatillas, al oír la cumbia que retoma nuevamente su indescriptible misterio.

Por John Better

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