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Latitud 08 de Marzo de 2015

Desafíos históricos para las mujeres

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Reflexiones ante la participación femenina por el derecho a la ciudadanía.

Rafaela Vos Obeso
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1. LAS REBELDÍAS DE LAS MUJERES

Cuando en los tiempos de la revolución francesa Olympe de Gouges (1749) escribió los ‘Derechos de las Mujeres’ en respuesta a los ‘Derechos del Hombre’, que orgullosamente los revolucionarios franceses  presentaron  a la Asamblea Nacional, Robespierre se horrorizó ante el atrevimiento de  esta luchadora, puesto que sus antecedentes como escritora, dramaturga, panfletista y política francesa no eran sus mejores cartas de presentación.

Olympe, como feminista y revolucionaria, defendió la igualdad entre hombres y mujeres en todos los ámbitos de la vida pública y privada, y, como escritora, abiertamente partidaria de los principios republicanos y aliada de la fracción de los girondinos, quien a través de su pluma  se mostró en desacuerdo con  la monarquía como forma de gobierno.

Por estas razones, el 2 de noviembre de 1793, después de que Robespierre mandó a ejecutar a los amigos girondinos de Olympe, ella fue guillotinada 48 horas después, porque rompió también modelos mentales de la época endilgados al sexo femenino y se inmiscuyó en asuntos que “no eran propios de su sexo”.

Este acto salvaje refleja las aberraciones —no obstante de los buenos propósitos y principios de la Revolución francesa— que palabras o valores como libertad, justicia, y la igualdad, lamentablemente fueron aplazados por varios siglos para las mujeres.

Vemos entonces un hecho curioso que destacar en aquel contexto histórico, como fue el esfuerzo de las mujeres de hacer evidente sus derechos. Las francesas hicieron visibles los fundamentales, como fueron el derecho a la educación, al trabajo, derechos matrimoniales respecto a los hijos e hijas, y el derecho al voto, reclamaciones que se consignaron en ‘Los Cuadernos de Quejas y Reclamaciones’, pero que no fueron tampoco tenidos en cuenta por la Asamblea Nacional cuando proclamó ‘Los Derechos del Hombre y el Ciudadano’.

Pero esta declaración no tiene ninguna connotación sexista, ya que la palabra “hombre” no quería decir humano o persona, pues se  refiere exclusivamente a los varones. Ninguno de esos derechos fue reconocido para las mujeres, como lo registra Nuri Varela en su libro ‘Feminismo para principiantes’.

Es decir, la democracia nació coja, de ahí que las abiertas rebeldías de otras mujeres en estas latitudes, como Policarpa Salavarrieta y Mercedes Abrego, entre otras luchadoras por las causas independentistas, así como de otras tantas mujeres del común, invisibilizadas por la historia tradicional  que ignoró sus luchas, nos puso a reflexionar acerca de que la “historia tenía bicho adentro”, como lo afirma la filósofa española  Celia Amorós. Esto lo plantea cuando se trata de deconstruir los saberes, como parte de la tarea asumida por las pensadoras feministas de diferentes áreas del conocimiento.

Cada uno de estos actos de estas aguerridas mujeres reflejan que la participación de las mujeres en política ha estado presente en todos los tiempos de la humanidad, con estrategias y estilos  diferentes, puesto que lucharon contra las injusticias de una sociedad patriarcal, obcecadamente controladora y que recluyó a las mujeres al espacio doméstico.

Y con esa mirada femenina de la historia, descubrimos la vida de valiosas mujeres como Mary Wollstonecraft, quien escribe ‘Vindicación de los derechos de la mujer’, redactado en 1792, convirtiéndola en una mujer famosa cuando tenía 33 años. Este libro recoge los debates de la época y presenta la autora “una sólida argumentación en la defensa de la igualdad de la especie y, como consecuencia, de la igualdad entre los géneros; la lucha radical contra los prejuicios, exigencia de una educación igual para niños y niñas y la reclamación de la ciudadanía para las mujeres”.

Puede considerarse desde el punto de vista histórico que lo descrito forma parte de la primera Ola de Mujeres que reivindicaron con su pensar y actuar el derecho de ciudadanía para el sexo femenino.

La Segunda Ola, no menos interesante en este apretado resumen, se identifica con las mujeres sufragistas, y con ella la célebre frase de Simone de Beauvoir: “no se nace mujer, se llega a serlo”, y con estas reflexiones se encuentra todo un cúmulo de aportes que incluye el presente. En este proceso de descubrimiento en la historia y las ciencias humanas, hallamos la contribución de la historiadora Joan Scott, cuando demuestra que la cultura determina las identidades femeninas y masculinas, lo que trasciende en la reflexión sobre la categoría género como instrumento de análisis metodológico.

Si bien el siglo XIX pasó a la historia como un año revolucionario, referenciado por la Revolución francesa de 1848, es el mismo año cuando Marx y Engels publicaron el célebre ‘Manifiesto Comunista’.

Pero también será el año que vio nacer la ‘Declaración de Seneca Falls’ o ‘Declaración de Sentimientos’, la cual se considera el texto fundacional del sufragismo norteamericano, cuya autora, Elizabeth Cady Stanton, activista contra la esclavitud, convocó a los habitante de Cady Stanton (un pequeño pueblo del oeste de Nueva York), a que se solidarizaran con los derechos de las mujeres para que se anularan las restricciones políticas y económicas, porque en esa época las mujeres no podían tener propiedades ya que los bienes eran transferidos al marido; tenían prohibición de dedicarse al comercio, o tener negocios propios o abrir cuentas corrientes.

Estos orígenes, base de la ola sufragista norteamericana e inglesa, como su radicalismo, lograron que el derecho al voto para las mujeres fuese su principal bandera, ya que si no podían votar, tampoco decidir. 

Lo anterior serviría de espejo para muchas mujeres del mundo en diferentes países de América Latina, entre ellos Colombia, último país en reconocer, en el siglo XX, el voto a las mujeres durante el gobierno de Rojas Pinilla; es necesario entonces recordar que sin este hecho histórico no hubiesen sido posible las luchas de las sufragistas colombianas que lograron que el derecho a la ciudadanía de las mujeres se reconociera en 1957. Sin la sujeción de aquellos tiempos y con las prohibiciones sociales hacia el honor femenino, las mujeres no podían salir solas a la calle, y ejercieron por primera vez el derecho de ciudadanas acompañadas por sus maridos, hijos o parientes varones.

1.1 ¿QUÉ HA PASADO DESPUÉS DE UN LARGO CAMINO DE CONQUISTAS DE DERECHOS?
Hoy nos enfrentamos a grandes retos después de un largo camino de las conquistas de derechos que se intensificaron desde la década del 70, cuando las Naciones Unidas aprueban el Año Internacional de la Mujer en la Primera Conferencia Mundial realizada en México, en 1975.

La ejecución de las convenciones internacionales con la dinámica del movimiento social de mujeres ha sido muy importante para el avance de sus derechos. En estos últimos 35 años hemos presenciado el empoderamiento jurídico de derechos que son guía para la acción en la lucha contra la discriminación de las mujeres.

La Segunda Conferencia Mundial de Copenhague (1980), en la que se aprobó la “Eliminación de todas la formas de discriminación contra las mujeres”, aprobada en 1979, y la Tercera Conferencia de Nairobi, señalada como aquella donde nació “el feminismo en escala internacional”, amplían el enfoque de los Estados para la inclusión de la participación social y política del sexo femenino en la toma de decisiones.

Pero es la conferencia de Beijing (1995) la que incluye la categoría género y su transversalización en todas las decisiones del Estado en la reivindicación de los derechos; es decir, la estructura social debía revaluarse para la participación de ambos sexos en la igualdad. Ella señala 12 ámbitos críticos de profundas desigualdades, entre las que se incluye “la desigualdad del poder en la toma de decisiones”.

Es por estas razones que en el 2015 se hace un balance de los Objetivos del Desarrollo del Milenio, y por ello hacemos un ligero barrido en relación al Objetivo 3: “Promover la igualdad de género y la autonomía de las mujeres”. Ante ello, encontramos que:

- Colombia avanzó en las tasas de mortalidad femenina, sin embrago 500 mujeres mueren aproximadamente por año por falta de atención médica en el parto.

- La tasa de desempleo es doble para las mujeres, sin embargo en la totalidad bajó del 2002-2013 de 15,6 % a 9,6%, sin embargo tienen mayor presencia en la informalidad laboral, impactando en recibir menor ingreso y en la seguridad social; no obstante las mujeres presentan porcentaje de escolaridad mayor que los hombres, pero se les dificulta su ingreso al mercado laboral.

- La violencia contra las mujeres se ha incrementado, sin embargo se han mejorado las rutas de denuncia y las leyes para su intervención.

El movimiento social de mujeres es consciente de la lucha por el liderazgo de su participación política, ante la cual todavía el país presenta grandes rezagos con otros países de América Latina, a pesar de que el Estado aprobó la Ley 1475 de 2011, denominada la Ley de Cuota, la cual afirma que “en virtud del principio de equidad e igualdad de género, los hombres y las mujeres y las demás opciones sexuales gozarán de iguales derechos y oportunidades […]”; no obstante, obliga a los partidos políticos a cumplirla, sin embargo en las últimas elecciones utilizaron a muchas mujeres como relleno de listas.

Es por ello que el mapa político no es muy alentador en Colombia. A pesar de que somos el 51% de la población colombiana, el 9,81% son alcaldesas; 17,94%, diputadas; el 16,085%, concejalas; el 12,6%, representantes a la Cámara, y 16,6% ocupa cargos en el Senado.

The Global Gender Gap Report, que es el reporte mundial de brechas de género que publica el Foro Económico Mundial cada año, revela que la inequidad de género en Colombia es cada vez más alto y que los demás países avanzan más rápidamente en su superación. En el 2006 ocupaba el puesto 22, mientras que para el 2011 ocupaba el puesto 80.

Podemos preguntarnos ¿cuáles son las causas de la baja participación de las mujeres en los cargos públicos? Aquí en necesario recordar los antecedentes de este artículo sobre las ventajas históricas de los hombres, cuando inicialmente las mujeres no fueron reconocidas como ciudadanas. Las leyes y las intervenciones en los ajustes en las Políticas Públicas no son suficientes para corregir el no reconocimiento del derecho humano a la participación.

Su exclusión marcó la cultura política en el imaginario social, en el que votar por hombres proyecta la imagen de “confianza”, no obstante el rechazo de la sociedad de no ejercer buenas prácticas por parte de muchos hombres en el ejercicio de la política.

Este imaginario, que ha sido interiorizado culturalmente, no es fácil derrotarlo. Colombia como República independiente lo fue desde 1830, y aunque a los esclavos varones y hombres pobres no se les aprobó la ciudadanía en un principio, los pudientes pudieron acceder y controlar el poder. De este tiempo a 1957, cuando fuimos reconocidas como ciudadanas, transcurrieron 127 años. En el Balance del “Ranking de Igualdad de mujeres y hombres en partidos políticos” afirma que: “El poder cooptado históricamente por los hombres no es algo que se cede, es algo por lo cual se compite, y cuando han sido cooptado históricamente es más difícil para la recién llegada competir por lo obtenido”.

Las barreras culturales representan una de las razones acompañadas de leyes e instituciones discriminatorias. Otro de los obstáculos lo constituye la vida doméstica, como la intolerancia de esposos o parejas indómitas que envisten a las mujeres cuando han de salir fuera del hogar a reuniones propias del ejercicio político. La celotipia ronda el ejercicio en la participación política de las mujeres.

A lo anterior se agrega las condiciones de pobreza y vulnerabilidad que les impide competir en espacios políticos que las relegan a la supervivencia de ella y de su descendencia.

Sin querer deificar el ejercicio de las mujeres en la política (porque hay muchas mujeres que imitan las formas de ejercer el poder desde el autoritarismo y la arrogancia del poder), se puede afirmar que en la evaluación de su ejercicio en el gobierno o en órganos de poder —no obstante a que no se podría afirmar la disminución de la corrupción— se valora su compromiso con los proyectos sociales, dando como resultados balances muy positivos.

Sin embargo, se presentan grandes desafíos para el Estado y los partidos políticos, y para las mujeres. Cumplir con la Ley de Cuota es indispensable, a pesar de que como medida de acción afirmativa es transitoria. Podemos observar que en los países con democracias sólidas ya la Ley de Cuota no existe porque las mujeres de estos países tienen la representación en los cargos públicos del 50%, es decir, es una realidad la paridad política.

Los partidos políticos deben entregar lo que por derechos nos merecemos las mujeres, y apoyarlas con presupuestos sólidos en la financiación de las campañas si queremos ayudar a refundar un país desde el principio de la transparencia. Las mujeres no tenemos dinero para financiar opulentas campañas cuestionadas socialmente.

Significa entonces que con nuestras miradas, con nuestra concepción sobre la sociedad, actitud y perspectiva basadas en la trasparencia se coadyuvará a cambiar prácticas políticas tradicionales que han enrarecido la democracia, han desmovilizado el voto de opinión y desestabilizan la sociedad. La guerra que hemos vivido es, en parte, un  reflejo de todo ello.

La bancada de mujeres del Congreso de la República es un interesante ejercicio de las mujeres representantes que ha avanzado con base en alianzas estratégicas a pesar de las diferencias políticas en apoyar la lucha por la equidad de género. Por ello, hay que reconocer que es un importante logro de las mujeres responsables como servidoras públicas.

Necesitamos, entonces, mujeres comprometidas con nuestros derechos y que incluyan en sus agendas políticas y planes de desarrollo, como es el caso de alcaldías y gobernaciones, la implementación de políticas públicas con enfoque de género.

Y es seguro que en este proceso de implementación encontrarán el grave problema que enfrenta el sexo femenino: nos están asesinando los hombres malos, que no aman a las mujeres. Entonces entrarán en la reflexión sobre acciones de intervención para no solo sancionar los actos de violencia sino prevenirlos desde toda su estructura.

En una sociedad que históricamente ha utilizado el uso de las armas para resolver los conflictos, no es difícil entender que se crezcan masculinidades con nuevos imaginarios y comportamientos cuyo espejo es la cultura del narcotráfico, el paramilitarismo y la guerrilla, entre otros. De allí que asuman como suyos actos de impunidad como el asesinato de mujeres. ¿Y qué decir de nuestro sistema jurídico, conformado por profesionales que no escapan a interpretaciones erradas de las leyes que protegen a las mujeres de las violencias, las cuales terminan revictimizando a la víctima  y exonerando a los asesinos?

La lucha de las mujeres víctimas en el actual proceso debe ser otra de las principales preocupaciones, en la que  las mujeres afro, indígenas y campesinas, entre otras actoras, han vivido la trashumancia del flagelo y servido de botín de guerra; para ellas todavía no se vislumbra justicia. Por ello, la resiliencia, esa capacidad que el ser humano posee para superar la tragedia y afrontar la adversidad con dignidad (y que la psicología la señala como “la potencia de la felicidad”), es la gran aliada para quienes con esperanza también construyen un futuro mejor para Colombia.

La autora del artículo
Rafaela Vos Obeso, investigadora y coordinadora del Grupo de Investigación ‘Mujer, Género y Cultura’, de la Universidad del Atlántico, y profesora emérita de la misma institución. Candidata al Premio Nobel de Paz ‘Mil mujeres y un Nobel de Paz’ (2005). Fungió durante ocho años como vicerrectora de Investigaciones, Extensión y Proyección Social de la Universidad del Atlántico.

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