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Latitud 06 de Diciembre de 2015

Del legado y patrimonio de Francisco el Hombre

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De cómo el legendario Pacho Rada venció al demonio en un duelo de acordeones, y cómo el vallenato logró ser declarado patrimonio intangible del mundo habla este texto.

Luis Mallarino
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Ni el mismísimo diablo alcanzó a imaginar que su duelo con Francisco el Hombre le daría la vuelta al mundo.

Se dice que todo ocurrió una madrugada, que Francisco iba rumbo a Machobayo sobre su burro, y que a mitad de camino se le dio por tocar el acordeón. Era la costumbre; no había vecinos malhumorados que pudieran quejarse. Era también una forma de hacerse compañía a sí mismo, de rendirle culto a la naturaleza, y de evitar que el burro se quedara dormido y desparramado en el sendero.

Los que siempre exageran dicen que el burro llevaba, al andar, el mismo compás del acordeón. Dicen también que, prácticamente, el burro hacía el sonido de una caja con sus cuatro cascos, y que simulaba tocar con su cola una guacharaca de frío y niebla.

No se dice que el duelo, a fin de cuentas, no lo ganó Francisco.

Se dice que Francisco tocaba y otro acordeón lejano respondía; que el sonido parecía provenir del mismo monte, como si las briznas se rozaran para hacer acordes de rocío; que la interpretación era tenebrosa y de una calidad sobrenatural; y que todo eso, sumado al olor a azufre, le dio a Francisco el Hombre la certeza de hallarse frente al maligno y de que iba a llevárselo en caso de una derrota.
No se sabe si el burro alcanzó a imaginarse al diablo sobre otro burro.

Se sabe que Francisco tenía los dedos helados, y que cada melodía que interpretaba era aplastada por el talento innato de Lucifer. En últimas, ya casi vencido, a Francisco se le ocurrió interpretar el credo al revés («nema anrete adiv al y…»). Esta vez el diablo no supo o no quiso repetir la melodía y desapareció en una estela de humo.

No se dice que Francisco el Hombre no volvió a ser el mismo después del encuentro; que tardó varios días para recuperar el juicio; que en los días siguientes lloraba desconsolado sin motivo alguno, y que, finalmente, murió de tristeza.

El legendario Francisco el Hombre, anciano trotamundos, habitante honorable de Macondo y precursor de la música vallenata, según versión de los mismos machobayeros, murió de pura y física tristeza. No supo nunca que su legado iba a llegar mucho más lejos que su burro, ni que sus andanzas cantarinas se iban a convertir, con el tiempo, en patrimonio de la humanidad.


***

No tardaron en aparecer nuevos juglares que tuvieron sus propias batallas contra demonios más siniestros: fondos de pensión, centros de salud pública, sociedades de autores, hambre, miseria. De todos, Juancho Polo Valencia es mi preferido.

Padre del realismo mágico: “yo cargo un duende que me persigue (…) duende maleante / ese no duerme, quiere que le cante”; “estrella del universo, estrellita, dame razón de Emilita / me le llevas estos versos cuando la encuentres solita”). Se cuenta que era común ver a Juancho Polo amenizando una fiesta en un pueblo del Magdalena Medio una madrugada, y que a la mañana siguiente, por algún poder de ubicuidad, estaba tomándose un tinto en la Alta Guajira. Nadie se explica entonces por qué Alicia murió solita. Se sabe que Alicia se daba mordiscos de desespero horas antes de morir, que estaba embarazada, que tenía en los dientes su propia sangre, que reclamaba la presencia de su marido, y que Juancho llegó por fin a Flores de María con la medicina en las manos tres días después de su muerte.

Frente a la tumba de la que era su esposa, Juancho Polo escribió entonces su canción más emblemática (como Dios en la tierra no tiene amigos, como dios no tiene amigos anda en el aire…), pero no le gustaba cantarla para no llorar.

Se sabe que Alejo Durán conoció la canción en 1942, y que en 1968 (año del primer festival) no dudó en interpretarla. Ese día, en la tarima Francisco El Hombre, el lamento de Juancho Polo Valencia, en la voz de Alejo, invadió la plaza. Durán se convertía así en el primer Rey Vallenato de la historia.

A partir de aquí, la historia es más o menos conocida aunque inabarcable. El vallenato empieza a ramificarse y a expandirse como hiedra. En escena estaban Calixto Ochoa, Emilianito Zuleta, Leandro Díaz, Rafael Escalona. Pronto surge la figura del cantante (desligado del acordeón) y con ella aparecen Jorge Oñate y Poncho Zuleta. Mientras tanto, en una finca guajira, un indio que acababa de perder un ojo y que tenía la voz parecida a los chivos que arriaba aún no sospechaba su suerte.

Se supo luego que un joven hacía llorar al acordeón (lo hacía reír y hablar también); que su nota era desconocida y misteriosa; que tenía los dientes grandes; que reinventaba el género; que podía ganarle al diablo si quisiera.

Se supo también que el destino se encargó de juntar a este joven con el indio de Carrizal y que la gente, al enterarse, salió a las calles desesperada, era la locura; se dice que las canciones que grabaron en 1978 no dejaron de sonar un solo instante en todas las esquinas del Caribe durante quinientos días y quinientas noches. Una nueva leyenda había nacido: la increíble y triste historia de Diomedes y Juancho, y un destino desalmado.

Se sabe que la voz de Diomedes Díaz era un hipnótico de potencia infinita, y que el día que Juancho Rois tocó Lucero espiritual en la plaza Alfonso López despertó a todos los muertos. Se dice que ese día en la tarima sonaban tres acordeones al tiempo, no se sabe cómo.

Ni Diomedes ni Juancho alcanzaron a conocer la declaración de la Unesco. Tampoco alcanzó a conocerla Gabo, lo que es una verdadera pena, pues él se esforzó más que nadie en mostrarle al mundo nuestra gloria secreta, hoy en peligro.

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