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Latitud 02 de Noviembre de 2014

Del amor y la miseria humana

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John Better @Johnbetter69
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Iácides Martínez Ávila nació en Saloa, zona rural de Chiriguaná, Cesar. Tiene 62 años, es un hombre de tez oscura y hablar acompasado. La oficina en la que trabaja en el Colegio Nuestra Señora de la Misericordia es un espacio pequeño, algunas placas conmemorativas decoran las paredes y la imagen de una virgen que siempre guarda sus espaldas. Estudió Filosofía en la Universidad Metropolitana, tiene un libro publicado sobre temas filosóficos y guarda dos más, uno de aforismos y otro de décimas, ambos inéditos. Me cuenta que trabajó en el célebre Diario del Caribe, en donde escribió textos de diversas temáticas. Es un apasionado de escribir décimas, su favorita es una sobre la Selección Colombia de la década del setenta y cinco, de la que se siente orgulloso, ya que un importante periodista cachaco vino hasta Soledad a entrevistarle a propósito de una investigación sobre la selección Tricolor de aquellos años.
Lácides hace un breve viaje al pasado. Relata que siendo muy joven partió de su Saloa natal hasta Chiriguaná a visitar a su abuelo Lázaro Martínez Pumarejo, un hombre curtido por el sol, trabajador incansable de la tierra.

–Nunca olvidaré aquellas vacaciones, esa fue la primera vez que lo escuché, esa fue la vez que oí al poeta.
Seguido hace gala de su espléndida memoria y recita:
Aquí donde todo es calma,
Contesta, cráneo vacío:
¿Qué se hizo tu poderío?
¿Qué fue de Laurina Palma?
¿Qué del placer de tu alma
que te dio el amor un día?
Tu altivez, tu bizarría,
tus sonrisas que mintieron,
dime, dime, ¿qué se hicieron,
oh calavera sombría?
–Bella estrofa –comento.
–Gran poema –contesta él.

¿LAURINA PALMA O LA GRAN MISERIA HUMANA?
A mediados del año de 1963 en la población de Chimichagua, Lázaro Martínez Pumarejo trabajaba en el campo al lado de otros campesinos. “Boleaba machete” limpiando el terreno para futuras cosechas. Los hombres trabajaban al ritmo sin compasión del sol del mediodía. Como era costumbre, hacían más amable la jornada entonando décimas de antaño. Lácides, de apenas diez años, acompañaba a su abuelo en aquellas duras horas de trabajo asistiéndole con un termo de agua o presto para cualquier diligencia que se ofreciera. Los hombres cantaban a medida que el machete volaba de raíz la maleza, al niño Lácides ya le eran familiares algunas de esas tonadas, pero aquel día una en especial se metió en su cabeza como ninguna otra, era una canción mística que hablaba también de calaveras, panteones, desprecio y desamor.

Al caer la noche, el pequeño no pudo pegar el ojo recordando la voz de los campesinos. ¿Qué era eso que entonaban?, ¿por qué aquellas palabras revoloteaban en su cabeza como oscuras aves?

Al día siguiente la curiosidad lo llevó hasta el regazo de su abuelo para preguntarle sobre la misteriosa canción que habían cantado el día anterior. Entonces su abuelo le contó la fantástica historia de cuando vivió en Mompox. Era el año de 1919 y un raro personaje andaba de boca en boca de los amantes de la poesía y de las décimas en el Caribe colombiano, dijo entonces el abuelo. El poema “La Gran Miseria Humana” o “Laurina Palma”, de Gabriel Escorcia Gravini, se escuchaba en los rincones más apartados de la región gracias a la tradición oral de los decimeros.

“Mi abuelo Lázaro viaja hasta Soledad con la firme intención de conocer a ese gran hombre que fue el poeta Gabriel Escocia Gravini, autor de aquellos versos que eclipsaron mi niñez. José Orozco, gran poeta soledeño de la época y compañero de colegio de Escorcia Gravini sirvió de intermediario entre mi abuelo y el bardo. Aquel encuentro representaría para mi abuelo una experiencia maravillosa”. El mismo poeta lo recibiría en lo que él llamaba su “celda cristiana”, aquel cuarto al que fue confinado por sus hermanas María Concepción y Salvadora”, comenta emocionado Lázaro Martínez.

Aunque el poema sería conocido oficialmente como “La Miseria Humana”, Lácides afirma que el mismo Escorcia Gravini le enseñó a su abuelo la libreta donde estaba el manuscrito original y este hizo una transcripción a mano en un viejo cuaderno que Lácides encontraría entre algunos olvidados papeles de su padre, donde constaba que el título original del poema era “Laurina Palma”, es más, Escorcia le contaría a don Lázaro que era Laurina Palma la inspiradora de aquellos lúgubres versos y no aquella mujer llamada Zoila Moreno, que algunos piensan fue la musa original.

Para Martínez, Escorcia Gravini es un personaje digno de todo homenaje, en su opinión está por encima de otras emblemáticas figuras soledeñas. Con respecto a la versión vallenata que hizo Lisandro Meza del texto de Escorcia, Martínez declara sin reparo alguno que esta reinterpretación del poema no está a la altura de quien en vida fue un hombre que hizo de su desgracia una bella elegía.

ENTRE EL MITO Y LA REALIDAD
Gótica, así podría definirse la personalidad de Escorcia Gravini. Condenado al ostracismo por una sociedad que lo consideró una amenaza, una plaga que había que exterminar. El presidente Rafael Reyes ya había dado la orden de que los leprosos debían ser perseguidos y aislados, ya que eran una “fea” imagen que afectaba los negocios internacionales del país. Si bien no lograron desterrarlo, confinaron al poeta Escorcia Gravini a un encierro que lo transformó desde el patio de su propia casa en Soledad –donde nació en 1890– un ser mitológico, temido, conmiserado, un escritor al que el nombre del lugar donde vio la luz le quedó pequeño para lo que sería su breve permanencia en este mundo.

Solo cuando la noche caía, el joven escritor, que según relata la leyenda vestía de blanco inmaculado, abandonaba su encierro y salía a la oscuridad para emprender un paseo que lo llevaría a las entrañas de un mundo que le era tan familiar como la vida que llevaba. El Cementerio Central de Soledad fue para el autor un sitio perfecto desde donde urdía sus terribles y melancólicas estrofas. El campo santo para Escorcia Gravini, contrario a las creencias populares, fue el lugar ideal para la meditación y el reposo, los muertos eran seres cómplices, no opinaban, no miraban con horror y asco su fisonomía deformada por la peste, como sí lo hacían los de afuera, las llamadas gentes de bien.

Para un hombre en sus condiciones, hubo algo peor que el señalamiento y que la misma enfermedad, y eso fue el amor. Gómez Jattin escribió una vez «solo intento enamorarte con lo enfermo que estoy», el amor, como un talón de Aquiles por donde se fuga el aliento de vida de muchos poetas. En el caso de Escorcia, el amor lo alienta y al mismo tiempo lo destruye con más maleficencia que la lepra. Y “La Gran Miseria Humana” es reflejo de ello; Laurina Palma encarna el objeto de deseo que al final se convierte en aquello que desprecia. Los ojos de la bella que vieron o imaginaron el rostro monstruoso del poeta serán a futuro alimento de gusanos –al igual que toda su elogiada anatomía– y aquellas cosas hermosas que un día contemplaron, en la muerte se transformarían en un fúnebre telón que se cerraría a través de las cuencas vacías de una calavera. En esa macabra obra de teatro que resulta la vida para algunos, Gabriel Escorcia Gravini dio su sombrío espectáculo. Al final de la función, sus familiares volcaron fuego sobre su “celda cristiana”, pretendiendo no dejar huella del paso del poeta por este mundo.

En una conversación con Divina Escorcia, quien afirma ser sobrina directa del poeta, me reveló poseer documentos de puño y letra de su tío, entre ellos poemas y una novela llamada La hija de la aurora. –¿Les gustaría verlos? –me dice Divina al otro lado del teléfono. Pero se arrepiente. “Mejor otro día”. Pienso entonces que los misterios sobre la vida del tristemente célebre autor no pararán de seguir revelándose.


Lácides Martínez Ávila, cuyo abuelo aseguraba que la pieza poética de Escorcia Gravini lleva por título “Laurina Palma”, a quien se lo dedicó.

“La Gran Miseria Humana”, fragmento. Autor: Gabriel Escorcia Gravini

Una noche de misterio,
estando el mundo dormido,
buscando un amor perdido
pasé por el cementerio...
Desde el azul hemisferio
la luna su luz ponía
sobre la muralla fría
de la necrópolis santa,
en donde a los muertos canta
el búho su triste elegía.

La luna sus limpideces
a las tumbas ofrecía.
y pulsaba el aura umbría
el arpa de los cipreses.
Aquellas mil lobregueces,
de mi corazón hermanas,
me inspiraron, y, con ganas
de interrogar a la Parca,
entré a la glacial comarca
de las miserias humanas.

Acompañado del cierzo,
los difuntos visité,
y en cada tumba dejé
una lágrima y un verso.
Estaba allí de perverso
entre seres no ofensivos,
perturbando los cautivos
en sus sepulcros desiertos…
¡Me fui a buscar a los muertos
por tener miedo a los vivos!

La noche estaba muy bella
y el aire muy sonoro,
refulgente dalia de oro
semejaba cada estrella.
Y la brisa sin querella,
por ser voluble y ser vana,
en esa mansión arcana,
corría llena de embelesos,
poniendo sus frescos besos
en la gran miseria humana.

La luna seguía brillando
en el azul de los cielos,
y las nubes con sus velos
sin miedo la iban tapando.
Y, en procesiones pasando
por la inmensidad secreta,
iban, y la brisa inquieta
retozaba en el saúz
que empapaba con su luz
Diana, diosa del poeta.

La luna que Diana es,
en aquella hermosa noche
se abrió como el áureo broche
de una flor de esplendidez.
Sentí vacilar mis pies
en tan lúgubre mansión,
y me senté en un panteón
con la lira en una mano…
Como un revuelto océano
temblaba mi corazón.

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