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Latitud 01 de Octubre de 2017

De la naturaleza del fracaso a la búsqueda del sentido

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Borges tenía bien claro que la historia universal no está escrita por los vencedores. Desde Homero, pasando por Galilei y Cervantes hasta llegar a Kafka, el común denominador ha sido el fracaso.

Joaquín Robles Zabala
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Si hay algo que define al hombre son sus búsquedas. El relato bíblico sobre el mito del paraíso nos da algunas pistas y nos muestra que el tema fundamental de esta narración es la naturaleza dinámica del ser humano. La serpiente se nos muestra como representación del mal, y en el campo de las interpretaciones es leída como un símbolo demoníaco, pero en la realidad de los hechos se constituye en el motor que despierta la conciencia, una conciencia que llevará a la pregunta y, por lo tanto, al cuestionamiento de los acontecimientos. El pecado original, según el Génesis, es asociado a la desobediencia, al rompimiento de unas reglas establecidas por una fuerza superior. Al quebrantarse los principios fundacionales, se da inicio a una nueva visión del mundo. En el contexto del mito se asocia a la desnudez corporal. Sin embargo, en un acercamiento más racional al relato se puede leer como el despertar a una madurez que inserta, además, la libertad, el reconocimiento real del espacio que se habita, las cualidades del individuo y, por supuesto, el libre albedrío.

Si analizamos en detalle la esencia de este mito, encontramos que el primer acto fallido de crear algo perfecto provino de Dios. François Mauriac, premio Nobel de Literatura 1952 y considerado por un gran número de críticos como el novelista teísta más representativo del siglo XX en Francia, intentó darle respuesta a este hecho: «Si fuimos creados a su imagen y semejanza, ¿por qué hay tanto dolor, tanta soledad y destrucción en el corazón del hombre?», se preguntaba dubitativamente uno de los personajes de su novela El río de fuego. García Márquez nos recordaba en una entrevista, poco después de la aparición de su libro capital, que un error en la obra de arte es siempre un error de creación. Jorge Luis Borges, por su parte, aseguraba en uno de sus ensayos que el arte no es perfecto porque el hombre no lo es. Aspiraba a la perfección, que es otra cosa.

A partir de lo anterior se podría colegir que la imperfección del hombre es genética. Es decir, estaba ya en el Creador, incubada como una enfermedad en su esencia divina y transmitida como un virus a esa primera generación de hombres que pobló la Tierra. Ante el descomunal fracaso de su obra máxima, intentó, primero, destruirla con una lluvia de fuego que solo alcanzó las ciudades de Sodoma y Gomorra. Luego desató un diluvio que duró cuarenta días y cuarenta noches y no hubo un solo lugar libre del planeta que no quedara bajo las aguas de la furia celestial. Como un acto de su «infinita bondad», decidió salvar únicamente a un anciano seguidor de su palabra y, con este, a su prole y a un puñado de animales para que repoblaran el enorme pantano en el que había quedado el globo terráqueo.

La historia del fracaso es, pues, el relato del hombre. Pero también, como decía Borges, la historia universal de la infamia. El mismo maestro argentino, en un intento por darle sentido a ese laberinto que es la naturaleza humana, creó un sinnúmero de personajes memorables que hoy hacen parte de ese abanico colorido del fracaso. ¿Quién no recuerda, por ejemplo, ese cuento excepcional que lleva por título «La forma de la espada», que nos narra aspectos de la vida de un personaje siniestro llamado John Vincent Moon, un traidor, fracasado y cobarde que se presenta ante el narrador como un héroe? O aquel otro, «Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)», que cuenta la historia de este hombre que inspira el título del relato y que, en un acto que considera de justicia, decide blandir su espada en contra del ejército que le paga por asesinar y defender la causa de sus antiguos enemigos.

La historia del fracaso, como hemos dicho, es genética. La literatura, como un espejo que fragmenta la realidad, está llena de ejemplos inolvidables. ¿Quién no recuerda a Charles Bovary, ese personaje idiotizado que Flaubert inmortalizó en su célebre novela? En esta, el fracaso se multiplica como un espiral y se inserta en el corazón de la historia como un problema axiológico. En primera instancia, encontramos a Emma Bovary, una campesina que vive la vida a través de los relatos románticos que lee y que sueña con un hombre como los que habitan el mundo fabuloso de las novelas con las que llena sus tardes de ocio. Charles, por su lado, es también un chico del campo que un día decide estudiar medicina para complacer a su padre, un médico retirado que en su juventud prestó sus servicios al ejército francés y desea que su hijo siga sus pasos. El problema empieza a hacerse visible cuando descubre que su interés por las ciencias médicas es el mismo que un campesino podría experimentar por la exploración del espacio exterior y la búsqueda de vida extraterrestre. Como un iceberg en medio del inmenso océano, Charles ve emerger ante sus ojos una vida sin sentido: se hace un profesional, pero sus conocimientos sobre medicina dejan un mar de dudas. Al final, contrae matrimonio con Emma y su fracaso, esta vez como esposo y amante, alcanza las mismas dimensiones de un abismo inconmensurable.

Durante el Renacimiento, los géneros por excelencia seguían siendo el teatro y la poesía. Cervantes, al igual que muchos otros escritores, deseaba una incursión gloriosa en el fabuloso mundo de las letras. La muestra de la gran vigencia de estas manifestaciones literarias la representaban, por un lado, Calderón de la Barca, Lope de Vega, Tirso de Molina y Juan Ruiz de Alarcón, mientras que el campo de la poesía estaba dominado, entre otros, por Quevedo, Góngora y Fray Luis de León.

A pesar de que sus primeros esfuerzos en la literatura se encaminaron en convertirse en un gran vate, Cervantes fracasó, literalmente, en cada uno de sus propósitos. ¿Quién recuerda hoy uno solo de sus versos? Tres hipótesis se tejen en torno a esto: una tiene que ver con la carencia inspiradora para la creación poética; otra habla de la ausencia de un mecenas que apoyara sus proyectos y creara el espacio propicio para la edición y divulgación de sus obras en los grandes salones culturales del momento. La última, la de los más optimistas, dice que la elocuente novela que narra la historia de un viejo que se vuelve loco por leer compulsivamente libros de caballería, logró opacar todos los intentos literarios anteriores.

La verdad quijotesca de la vida de Cervantes está en que ni su libro maestro le dio los dividendos literarios esperados, ni mucho menos el reconocimiento con el que soñaba. Tanto así que a la hora de su muerte no contaba con una sola moneda en el bolsillo y sus sueños de ser enviado a América en una comisión del rey se había hecho trizas. Al final, sus amigos y vecinos, ante la miseria que rodeaba a los Cervantes, y ante la imposibilidad de hacerle un funeral digno, recolectaron el dinero necesario para adquirir un ataúd barato y pagarle una misa. La historia del anciano que soñaba con convertirse en un caballero andante e impartir justicia por los caminos de la Mancha permaneció en capilla durante muchos años. Solo en el siglo XVIII, un grupo de novelistas y poetas románticos franceses logró sacarla del olvido en el que había permanecido y ponerla en el pedestal desde el que hoy es mirada por las nuevas generaciones de lectores y estudiosos literarios.

Pero la historia de Miguel de Cervantes Saavedra, como la de muchos otros personajes, tanto fabulosos como reales, es apenas la punta del iceberg. Habría que hacer un recorrido retrospectivo en la historia del arte, la ciencia y la literatura para encontrarnos con casos de fracasos excepcionales. Uno de ellos nos habla de un empleado bancario cuya temprana muerte casi nos priva de un conjunto de relatos exquisitos, entre los que podríamos destacar El proceso y América. O el de un Cristóbal Colón que murió convencido de que había descubierto un camino más corto que comunicaba a Europa con las Indias. O la historia de un señor italiano llamado Antonio Santi Giuseppe Meucci, quien se marchó de este mundo sin saber que había inventado el teléfono y cuya creación fue luego patentada por un inescrupuloso Alexander Graham Bell.

Borges, cuya luz interior superaba con creces su ceguera, tenía bien claro que la historia universal no está escrita por los vencedores. Desde Homero, pasando por Galilei y Cervantes hasta llegar a Kafka, el común denominador ha sido el fracaso. Vladimir Nabokov, el autor de la célebre Lolita, en su Curso sobre el Quijote, aseguraba que el fracaso es siempre superior a las posibilidades de triunfo. La vida se encarga, en todo momento, de recordárnoslo. 

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