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Latitud 07 de Febrero de 2016

David Sánchez Juliao, hechicero de la palabra

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Cinco segmentos para recordar vida y obra del célebre escritor de Lorica, Córdoba, en el quinto aniversario de su muerte.

Roque Herrera Michel
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“Ojalá pudiera conservarme transmitiendo cosas a la gente por mucho tiempo, incluso más allá de la muerte”.
(David Sánchez Juliao, 1945 -2011)
 
Pareciera que la vida y la muerte de David Sánchez Juliao estuvieran signadas por el misterioso velo de las coincidencias. Su corazón dejó de latir la misma fecha en que los periodistas celebraban su magno día y, simultáneamente, acontecía el fallecimiento de la Ronca de Oro, Helenita Vargas. Ahora, cinco años después, enigmáticamente su aniversario coincide con la celebración de la muerte de Joselito en martes de Carnaval.

Esta extraña coincidencia nos recuerda que Sánchez Juliao añoraba la vocación pacífica de Barranquilla, en especial aquella época, muy diferente a la actual, en la que sus habitantes durante el carnaval, como él mismo decía, «salían a parrandear y a beber cinco días seguidos y solo se moría Joselito y lo enterraban el último día de las carnestolendas».

Una urbe que como todas las de la Región Caribe «es más dada a la fiesta y a los excesos, porque representa un oasis para todos los que huyen de la violencia», según cierta vez le contara en una entrevista a la investigadora Sara Martínez, de la Universidad La Sorbona. Una metrópolis en la que según decía el mágico escritor loriquero «la verbena animada con picós es la verdadera esencia de sus carnavales» y no ese sitio de riñas pendencieras en que se han hoy convertido muchas de estas fiestas.
 
Filosofía vital
Si tuviéramos que destacar cinco aspectos claves en su vida y obra por las cuales los colombianos, y en especial los moradores del Caribe, recordaremos por siempre a David Sánchez Juliao mencionaríamos:
 
1. Empática y simpática personalidad
Las personas que le conocimos sentimos el orgullo de haber estado en contacto con un cerebro portentoso. Respecto a su forma de ser, el viejo “Deivid” (como le llamaba Gustavo Díaz Naar, el recientemente fallecido personaje de la vida real que inspiró “El Flecha”) era una persona muy accesible. Al contrario de tantos escritores y personalidades, se relacionaba con la gente de todos los estratos sociales.

Como no tenía nada que ocultar ni tenía nadie de quien protegerse, se caminaba calles y lugares públicos en donde nunca pasaba desapercibido y de inmediato le identificaban por su estatura, su espesa barba, sus lentes, su vozarrón, sus guayaberas y su mamadera de gallo coloquial.

No obstante, aunque pocos lo creyeran, David era una persona tímida, que seleccionaba con quién se relacionaba.

Le gustaban los ambientes de algarabía, que él mismo con sus picantes apuntes se encargaba de encender hasta el clímax, pero solo se rodeaba y compartía con gente conocida que hablara de asuntos inteligentes. Le molestaban los ambientes de vulgaridad y guachería. Pero también le encantaba aislarse en su torre de cristal a escuchar música clásica, tomarse un buen vino y, acompañado de su inseparable cigarrillo, sumergirse en sus creativas aventuras literarias, ya sea en la privacidad de su cachaco apartamento al norte de Bogotá, desde el que solía divisar la carrilera de una locomotora, o en su refugio en el ranchón de madera y palma ubicado en San Sebastián (Córdoba), el cual fue incinerado en febrero del 2015.


2. Defensa de la identidad caribe
La única riqueza que a David le satisfacía era haber contribuido especialmente a que la gente del Caribe colombiano quisiera más su propia idiosincrasia: «Nosotros celebramos la nostalgia y hasta la tristeza… Somos una cultura gregaria, bullanguera, de algazara y de ágora, callejera y oral, muy oral, con un calor que echa a la gente para la calle».

Es por eso que uno de los conversatorios de David Sánchez Juliao que más gustaba era “La felicidad de ser Caribe” en el que solía referir que «uno de los graves problemas de nuestros países consiste en que hemos sido aleccionados acerca de que no somos cultos, y que lo único válido, legítimo y exaltable es aquello que en nada se parece a nosotros… Esto, de por sí, es difícil de entender en países dependientes y subordinados culturalmente como Colombia… En nuestra cultura se es más importante en la medida en que uno menos parezca de aquí y se desprecie lo propio… el día que podamos diseñar un país afirmado en regiones, una región tan válida como la otra, ahí podríamos convertirnos en un país con una diversidad sólida».

En su visión, «esto ha generado en nuestras comunidades bajísimos niveles de autoestima y de sentido de pertenencia. No tener claros estos conceptos lleva, sin remedio, a la llamada ‘pérdida de identidad’. Podría llegar un momento en que ni siquiera sepamos quiénes somos. Estos grados de des-afirmación y de des-pertenencia originan en nosotros altas dosis de sufrimiento, pues, por más que lo intentemos, no logramos ser la caricatura siquiera de una gente que en nada se parece a nosotros».

En consecuencia, para lograr ser felices, apunta DSJ, es preciso «afianzarnos en lo que somos, reconocernos y valorarnos. Tal actitud logrará el que podamos dialogar de tú a tú con el resto del planeta, pero desde una perspectiva de afirmación y de orgullo propio».

Dentro de esto destacaba que «el vallenato ha sido un género de afirmación, que elevó los niveles de pertenencia del pueblo de la Región Caribe. En la instrumentación del vallenato clásico con el uso de la caja, la guacharaca y el acordeón, las tres etnias que mayormente nos componen están representadas. El acordeón, como aporte blanco; la caja, como aporte negro, y la guacharaca, el aporte indio».

“Provengo de una cultura aquelarre, en donde las familias se reunían a contarse todo, a criticar todo, a hacer la crónica de todo, en forma oral y acompañada del lenguaje gestual”.

 3. Talento para contar historias

David Sánchez Juliao mismo lo confesaba: «Fui siempre un buen narrador de historias entre los amigos y la familia, y me gustaba hacerlo en forma oral, desde luego. De repente, vislumbré que podría escribir todo aquello que disfrutaba haciendo, y empecé, tímidamente, a llevar al papel ciertas cosas. Cualquiera otra actividad me aburría y solo me encontraba bien narrando o escribiendo historias».

El creador de “El Flecha” y de “El Pachanga” era un ser que tenía para contar una y mil historias sin reírse. Todas, basadas en la vida del Caribe colombiano demostrando una permanente rebeldía contra las formas acartonadas de los diccionarios y las academias, lo que reviste el lenguaje popular de la Costa Caribe de tanta belleza y brillantez.

La columnista Adriana Herrera del New Herald de Miami le bautizó como “El Brujo de la Oralidad”. Fue un hechicero de la palabra. «Sí. Doy mi palabra acerca de que la palabra más hermosa de todas las palabras es la palabra ‹palabra›. Palabra que sí».

«Jamás, aunque lo pretendí, fui escritor… provengo de una ‘cultura aquelarre’, en donde los miembros de las familias se reunían a contarse todo, a criticar todo, a hacer la crónica de todo, en forma oral y acompañada del lenguaje gestual».

David contó en una entrevista: «Soy simplemente un contador de historias valiéndose de dos dones que natura me embistió: la pluma y la voz… Mi padre era dueño de una emisora en Lorica, Radio Progreso. Entonces yo todas las vacaciones trabajaba con él y me inventaba programas culturales, las voces, las radionovelas locales, y al tiempo cultivaba la voz. El humor sale de mi madre Nora. Una persona con una vivacidad increíble. Una matrona de puerta de calle, de mecedora, excelente observadora y contadora de historias, con un excelente sentido del humor».

Su coterráneo José Luis Garcés considera que David poseía «una oralidad caliente, reverberante y vertiginosa. Oralidad para convencer. Diferente a aquella otra que se podría calificar de oralidad fría, que comunica pero no emociona. Que transmite una información, pero que no conmueve».

En una entrevista con el periodista Joaquín Riascos, Sánchez Juliao se describió como «un escritor multigenérico que he trasegado por el cuento, la novela, la fábula, el testimonio, el microcuento, las crónicas de viaje, los libros para niños y jóvenes, el teatro, el café-teatro, los guiones para cine y televisión... y por ese invento de la llamada literatura-casete, o de CD o DVD… Disfruto mucho escribiendo, y el género que escojo para transmitir lo que quiero expresar depende de la historia misma y algunas veces del ánimo que tengo al momento de escribir».

Dedicó su vida a narrar la vida del  hombre caribe, su idiosincrasia y su  cultura. 

4. Barranquilla y el Atlántico
David Sánchez Juliao, autor de Mi sangre aunque plebeya, se refería a Barranquilla como «mi Lorica Grande». Le encantaba su pacificidad, la cual atribuía a que, a diferencia de otras urbes, fue fundada por vacas que llegaron libremente a beber agua a unas barrancas junto al Magdalena.

Curiosamente, siempre guardó enorme gratitud por tres ilustres personajes atlanticenses: Orlando Fals Borda, Juan B. Fernández Renowitzky y José Consuegra Higgins.

EL HERALDO fue siempre fue su casa desde las épocas en que escribió sus primeras obras que dieron pie para organizarle concurridas tertulias, hasta las leidísimas columnas publicadas con el respaldo de las directivas del periódico y de su editor de entonces Ernesto McCausland.

Precisamente fue en Puerto Colombia, acompañado por McCausland (quien le llevó al cine sus creaciones ‘Pargo Rojo’ y ‘Luz de enero’), que David se despidió públicamente de los colombianos tres días antes de su muerte.


El escritor en la Tertulia de EL HERALDO, en compañía del actor Franky Linero y del entonces director, Juan B. Fernández R. 

 
5. Afán por resaltar lo popular
A partir de personas de la vida real, Sánchez Juliao fue creando personajes populares que hacen parte del acervo cultural del Caribe colombiano:

• José de Jesús Negrete, a quien la gente de su pueblo cambió su nombre por el de su camioncito “El Pachanga”.

• El barman que atendía en el bar El Tuqui- Tuqui, llamado “El Flecha” porque, en su rebusque, se metió a boxeador y la noche de su debut aprovechó un apagón para volarse de una pelea en que lo habían echado a la lona.

Debido al éxito de esa obra surgió “El Flecha II”, que como bien decía en su peculiar lenguaje Gustavo Díaz Naar, el personaje de la vida real que lo inspiró: «Yo mismo le pedí al máster ‹Deibid› que la escribiera, porque quería decir vainas que no había dicho. Ademá, él y yo nos habíamo dejao ganá de Hólibu, ¿no ve que ya hay un Supermán IV, un Padrino III, un ‹Terminéitor XII› y un Benedicto XVI, ¿y yo qué? ¿Yo acaso soy meno que todos ello? Quería que viniera El Flecha II, pa’ decí cosa que tenía atragantadas en el alma…»

• Las peripecias como locutor de David Lavalle, en “Buenos días América”, que se refería no al Continente sino a una muchacha de ese nombre de la que estaba enamorado.

Y así concibió otros héroes populares con una existencia trágica pero intentando ser felices en medio de su tragedia. Todos ellos frutos de su mágica imaginación, como Gallito Ramírez, Fosforito, Abraham Al Humor, etc., los cuales quedaron para siempre en el inconsciente colectivo de sus admiradores.

Rematemos recordando en este quinto aniversario de la inexistencia física de David Sánchez Juliao que contrario a una de sus más célebres frases: «Escribo para que la muerte no tenga la última palabra», su mensaje oral y escrito sobrevivirá perpetuamente a su temprana desaparición. 
 


David Sánchez Juliao en un baile de disfraces en el Carnaval de Barranquilla.

Breve reseña de una obra fructífera
David Sánchez Juliao (1945-2011). Fue Premio Nacional de Novela Plaza y Janés con ‘Pero sigo siendo el rey’. Sus obras fueron adaptadas al cine y televisión, y con ellas obtuvo cinco Discos de Platino Sonolux y Disco de Oro MTM, Premios India Catalina. Son de su autoría: “El Flecha”, ‘Pero sigo siendo el rey’, ‘Mi sangre aunque plebeya’, “Buenos días América”, “El arca de Noé”. Sus historias fueron llevadas al cine por Ernesto McCausland y Rafael Loayza Sánchez, entre otras. Transitó por los géneros de novela, fábula, cuento en formato escrito y oral.

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