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Latitud 03 de Agosto de 2013

Con formato de Europa Oriental

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Cuando era niño, cada vez que Reinaldo –Rey– Sagbini o alguno de sus nueve hermanos –todos mayores que él, seis de ellas mujeres–, pedía a sus padres algún capricho material que ellos no podían regalarle por la estrechez económica que soportaban, su mamá, Yolanda Echávez, lo sentaba a su lado para recordarle, entre cuentos de nostalgia, sus años de supervivencia en una modesta vivienda de Ovejas, Sucre, envolviendo tabaco con su mamá y su abuela.

Desde entonces, Rey se acostumbró a no pedirle a la vida nada diferente a lo que él mismo pudiera arañarle, así como aprendió algo que con el tiempo se ha convertido en su razón de vida: el placer de contar historias. Su madre y su abuela murieron ya hace muchos años, pero él sigue encontrando un vaso comunicante entre aquel trabajo artesanal de ellas con las hojas y su placer narrativo por el cine. No en vano, en ambos casos se trata de enrollar.

Hace un par de meses, su primer largometraje se alzó con el premio del público Club Colombia en la versión número 53 del Festival de Cine de Cartagena. Se llama El viaje del acordeón y relata la historia real de Manuel Vega –un acordeonero a quien el podio del Festival de la Leyenda Vallenata le ha sido esquivo en diecisiete oportunidades–, que emprende un largo viaje hasta la sede de la fábrica Hohner, en Trossingen, Alemania, tras las claves para lograr la corona en el célebre concurso abrileño que anualmente realiza Valledupar.

“Una de las leyendas que se tejen en torno a la llegada del acordeón al Caribe colombiano es que los propietarios de la fábrica Hohner enviaron a principios del siglo XX un cargamento de acordeones diatónicos para conquistar a los amantes del tango. Por fallas técnicas, ese barco nunca llegaría a su destino en Argentina y sus tripulantes dejaron en La Guajira los instrumentos que luego se dispersarían por toda la Región Caribe, colgados de los hombros de campesinos que llevaban sus cantos de pueblo en pueblo”.

Así se lee en un texto publicado recientemente en la prensa nacional, el cual también da cuenta de los cinco inviernos a diez grados bajo cero que los codirectores Rey Sagbini y Andrew Tucker dedicaron a sacar adelante esta cinta, la cual logró importantes comentarios, tanto de la prensa como de la crítica especializada, al ser proyectada el pasado marzo en el Festival de Cine de Tessaloniki, en Grecia.

El viaje del acordeón es una película que podría incluirse en el género ‘cinema verité’, cierto estilo cinematográfico que se aparta de la manera acostumbrada en Hollywood desarrollada a partir de un relato argumental, en el que cada escena cumple una función. En su afán por rechazar lo artificioso, el ‘cine de realidad’, en su lugar, se despreocupa por explicar claramente la manera en que los personajes, los diálogos y la acción encajan correctamente, presentando situaciones de la vida real donde la trama no siempre tiene un mensaje o un propósito claro.

Se trata de un cine experimental más acorde con formatos de Europa Oriental, que amplía los límites del lenguaje audiovisual convencional utilizando nuevos recursos; un cine ajeno a esa industria cultural que, según Theodor Adorno, se realiza para producir bienes culturales en forma masiva; un cine de culto “menos occidentalizado, con mucho fuego pero con contrastes, silencios largos y una combinación de colores bastante inusual”, tal cual las palabras del propio Sagbini, quien se refiere a su vocación de cineasta como “una necesidad espiritual a través de la cual podemos mejorar nuestras vidas, llegando a vivir emociones contundentes”.

Además de sus propios intereses de apartarse de esquemas preestablecidos, para realizar este tipo de cine, Rey Sagbini echó mano de sus influencias cinematográficas, como el serbio Emir Kusturica, pero también de quienes fueron sus profesores en la Universidad de Hamburgo: el alemán Win Wenders –famoso director de películas como París, Texas; ¡Tan lejos, tan cera!; Buena vista Social Club y Pina–; el turco Fatih Akin –Oso de Oro del Festival de Cine de Berlín por la dirección de Contra la pared–, y Pepe Danquart, quien ganó el Óscar por su celebrado cortometraje Pasajero negro.

A través de su música y su folclor, Valledupar ha ganado celebridad en Colombia y el mundo por su oralidad narrativa, por eso llama la atención la propuesta cinematográfica de este joven director, nacido en sus entrañas en 1972. Como suele suceder cuando se buscan las inspiraciones artísticas, para entender su trabajo –su visión creativa– hay que remontarse a su historia personal, marcada por el afán de libertad.

Había una vez
Rey Sagbini habla de un Valledupar que parece haber sucedido hace demasiado tiempo, cuando el pueblo estaba delimitado, al sur, por el mercado público, mientras que al norte y al oriente el río Guatapurí se extendía como una muralla, tan lejana del pueblo, que desplazarse hasta ella tomaba fácilmente media jornada. En estos bordes, en lo marginal, se desarrolló su niñez, lo cual de alguna manera comienza a marcar su carácter.
De una parte, al extremo norteño, en los límites con la Sierra Nevada de Santa Marta, Rey acostumbraba escaparse de la severidad escolar cada día que podía, a divertirse con sus compañeros en el balneario Hurtado. De otra, al este, ese mismo río era su vecino natural al estar ubicado a pocos metros de la casa familiar, en el barrio Altagracia, cerca de donde para entonces existía una garita –hoy convertida en Inspección de Policía– que vigilaba la entrada y salida a la ciudad de quienes, mediante trochas, se desplazaban hasta el vecino corregimiento de Guacoche.

Este era el escenario: a un lado de su casa vivía un señor de apellido Barragán junto con sus ocho perros y sus 17 hijos, todos carpinteros; al otro, se extendía un vivero de plantas exuberantes; en tanto, el patio familiar no era más que el más inmenso bosque, abundante de todo tipo de aves y fauna silvestre. Ante tanta libertad, Rey no se caracterizaba por ser buen estudiante. “Prácticamente de todos los colegios me echaron”, ríe al recordar que del kínder Disneylandia pasó al Santo Domingo Sabio, luego al colegio Carmelo –“Y fue durísimo porque me sentí en una cárcel bajo el mando de un cura autoritario”– y, de allí, al Instituto Técnico Pedro Castro Monsalvo, Inspecam, donde sentó cabeza al descubrir el dibujo técnico.

En los límites del sur de Valledupar, por último, pegado al mercado público que con los años dio paso a lo que hoy se conoce como ‘La galería’, estaba la zona de tolerancia: un prostíbulo y dos billares al frente del almacén de su padre, Antonio Toño Sagbini, un hombre que había llegado de Calamar, Bolívar –donde heredó de su padre el cine Don Pepe, sin techo y con sillas de lata gris, que proyectaba copias viejas que rodaban por el Caribe–, arrastrando a su mujer y a sus hijos luego de haber intentado estudiar cine en Buenos Aires; un narrador incansable de historias que debió hacer a un lado sus ilusiones en pos del sustento diario, trabajando inicialmente en una hielera argentina y convirtiéndose luego en técnico electrónico. El nombre Radio Sagbini está inscrito en la memoria colectiva de los vallenatos que hoy sobrepasan los cuarenta años. Pero no se trataba de una emisora.

A la par de su actividad como técnico radial, Toño Sagbini –quien hoy ronda los ochenta años– era propietario de un almacén de muebles que él mismo fabricaba, desde donde ganó cierta notoriedad por su publicidad radial, costumbrista y muy popular, en la que promocionaba la venta de juegos de sala regalando los ingredientes para un sancocho. “A quien compraba un juego de comedor –recuerda Rey de aquella época– le regalaba una gallina viva o un kilo de yuca o de ñame”. De hecho, su producto más vendido fue un juego de alcoba al que llamó ‘Festival vallenato’: la cabecera de la cama era un acordeón; los pieceros, una guacharaca, y las mesitas de noche, un par de cajas.

Por cuenta del cariño que su padre alcanzó a generar, Rey admite que decir su apellido le abre puertas hoy en día en la ciudad. Eran otros tiempos. Valledupar se parecía más a un pueblo macondiano que a la ciudad en la que se convirtió luego de la bonanza del algodón y a la comercialización a ultranza, casi pornográfica, de su producto más conocido: el vallenato, ese género musical que aburrió la niñez de Sagbini: “Mis papás eran sabaneros y en mi casa lo frecuente era el porro, pero al salir a la calle solo se oían acordeones. Nunca me han gustado las limitaciones, de modo que escuchar otro tipo de música se me convirtió en obsesión porque era como un tabú. A mí me gustaban Led Zeppelin, Jimmy Hendrix, Morrison. Cuando lograba sintonizarlos en alguna emisora lejana, mi vecina salía corriendo advirtiendo que esa era música de mariguaneros”.

El mundo es un pañuelo

No solo las restricciones musicales lo agobiaban. En su adolescencia, las montañas de su pueblo natal se le convirtieron en una especie de barrotes, no solo en lo físico sino también en lo mental y hasta en lo espiritual. “Tenía ansias de mundo”. Cuando Valledupar le quedó chiquita, viajó a Barranquilla, donde vivió hasta que sintió sus calles también demasiado estrechas. En una búsqueda, una urgencia por encontrar su lugar propio, se fue a Medellín a estudiar poesía, pero las limitaciones económicas lo obligaron a volver a La Arenosa, donde trabajó un tiempo en Telecaribe como asistente de producción. Con lo ahorrado compró un tiquete para Alemania. “Quería viajar, encontrar culturas diferentes”. Eran tiempos cuando no se requería visa, bastando el pasaporte. “Fui y me quedé, sobreviviendo como asistente de cocina en un restaurante”.
Al principio se preocupó tan solo por aprender el idioma. En los ratos libres le gustaba ir a la universidad, particularmente a la facultad de música para escuchar conferencias que le ayudaran a desarrollar el alemán. Hasta que, de repente, en su futuro apareció la antropología: “Vi que los seminarios –y la gente– más divertidos eran los de antropología. Me matriculé porque me sentí bienvenido, en clases de máximos diez estudiantes. Culminé el ciclo básico, que son cinco semestres. Mi trabajo final no lo quise hacer escrito y propuse una tesis audiovisual. Me fue tan bien que me invitaron a participar en el Festival de Cine de Hamburgo y, luego, al de Osaka, en Japón”.

Para su fortuna, uno de los jurados del festival en Hamburgo era el decano de cine de esa universidad, quien en alguna oportunidad lo invitó a una fiesta en su casa. “Me exhortó a estudiar cine”. Asistió a la facultad en una época en que no había la cuota latinoamericana requerida: estaba en el lugar justo en el momento preciso. “Llegué al último año de carrera y hubo un escándalo porque no estaba matriculado sino que dependía de la voluntad del decano. La Secretaría General echó todo para atrás hasta que me tocó legalizar el estatus”.
Entonces lo becaron.

Se graduó haciendo cortometrajes que llamaron la atención en la facultad, donde también vivía. “Estudié de una manera muy sui generis, haciendo performances visuales en medio de una revolución y un sistema hoy muy diferente: uno mismo se financiaba los proyectos buscando patrocinios con la empresa privada”.

Luego de catorce años en Hamburgo, volvió al país tras conocer el alma de la Honher en Trossingen. Este viaje, realizado con su amigo Andrew Tucker, le sirvió de musa para reencontrarse con ese pasado vallenato que en su adolescencia quiso ahuyentar con la misma fuerza del torero que evita al toro con un hábil lance de verónica.

Al aterrizar se encontró con la noticia de que, a pesar de la Ley del Cine, son pocos los costeños que se le miden actualmente a entregarse en cuerpo y alma al llamado Séptimo Arte. Dos de ellos –los hermanos Orozco, directores de Al final del espectro y Saluda al diablo de mi parte– crecieron en Montería; otro es barranquillero, Iván Wilde, director de Edificio Royale, y un tercero es tan cesarense como él: Ciro Guerra. Al igual que Rey, curiosamente Guerra también se aparta de la narrativa cinematográfica tradicional al punto de que Pía Barragán, jefe de Distribución de Cine Colombia, afirma que, antes que en el Cesar parece haber crecido en alguna ciudad escandinava.
Más de mil millones de pesos costó hacer El viajes del acordeón, lo que llevan a Sagbini a afirmar –recordando las deudas convertidas hoy en lastre– “Soy un artista por condena”.

Aun así, ni se arrepiente de su trabajo ni tiene intenciones de echar el cine por la borda. Heredó de su padre no solo el deseo de dedicarse a esta profesión, sino también su creatividad. Por eso sabe de la urgencia de saberse libre, sin ataduras laborales, para consagrarse no solo a lo que más le gusta hacer, cueste lo que cueste, sino también a aquello donde convergen todas sus esperanzas.

Desde hace tres años, Sagbini ancló su hogar a mil metros de altura, en un balcón de la Sierra Nevada desde el cual se maravilla con la visión de los barcos que cruzan, en la lejanía, el azul de su Caribe al tiempo que, al otro lado, alcanza a distinguir la ciénaga de lucecitas que de noche envuelve el siempre alegre cielo de Barranquilla. Habitar en la Sierra le permite conservar ese espíritu anarquista que desecha todo tipo de autoridades, quizás como una manera ‘peterpaniana’ de aferrarse a aquellos tiempos en los que creció en un mundo sin dueños ni linderos.
Vive de lo que producen sus casi cinco hectáreas de tierra, desde maracuyás hasta el aguacate con el que paga el transporte cada vez que necesita acercarse a Santa Marta, ciudad en la que trabaja como docente de la Universidad del Magdalena, la misma que con el tiempo no solo se ha convertido en su polo a tierra –tal cual él mismo lo confiesa–, sino también en una cantera de inquietos costeños que coquetean con el cine y el documentalismo, buscando apropiarse de la pantalla como placer narrativo.

Como su niñez, su cine está marcado por lo marginal, por la ausencia de las fronteras narrativas impuestas por Hollywood y el cine comercial occidental, prevaleciendo la búsqueda de su lugar en el mundo a través de una voz propia, así ello implique mezclar géneros desandando lo andado, abriendo trocha por el camino que cree más apropiado. Lo importante, al final, no solo es contar una historia sino, a la vez, enrollar al espectador con la misma habilidad a como lo hicieron con el tabaco su mamá y su abuela en aquellas humildes épocas de artesanas en Ovejas.

Por Alonso Sánchez Baute
@sanchezbaute

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