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Latitud 03 de Septiembre de 2011

Comienzo de una ansiada novela

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Con la angustiosa certeza de que nadie iba a creerle su historia fantástica, Santiago Aragón asistió a la indagatoria a primera hora de la mañana del Viernes Santo. El detective Iglesias no se vino con rodeos:

–¿Asesinó usted a esa pobre muchacha?
–¡Claro que no!, contestó Santiago, ofendido. Y de inmediato agregó: exijo la presencia de un abogado.

Pero él mismo se asombró de su tono autoritario, y ya estaba esbozando una frase más amable cuando Iglesias lo interrumpió:
–Tranquilo, no es necesario. En realidad no está usted acusado de nada. Son técnicas de interrogación que utilizamos para observar la reacción de los sospechosos.

Casi sin aliento, preguntó:
–¿O sea que soy un sospechoso?
Pero, en lo profundo de su miedo, en esa región de la mente donde nuestras más espantosas conjeturas pueden resultar ciertas, y tememos que al volverse palabras adquieran de repente vida propia y encarnen como criaturas amenazantes, como esos peces extraordinarios que habitan en las profundidades abisales del océano, frente a ese miedo enquistado en antiguos lugares de la conciencia, no quería saber la respuesta.

Todos lo somos mientras no se demuestre lo contrario, anotó, genérico, el detective Iglesias.
Santiago miró el piso de baldosas ajedrezadas, y recordó la terraza de La Perla, donde jugaba con su hermano Manuel cuando eran niños. “No puede ser él, no puede haberme metido en este lío, se dijo sin mucha convicción. Pero entonces, ¿por qué mi madre me contó la historia de los hermanos Molinari? ¿Para qué me llevó Manuel a la Cofradía del Triángulo? ¿Por qué Manuel? ¿Por qué yo? ¡Dios mío! ¿Por qué yo? O quizá pensó, como quien atrapa una mariposa en pleno vuelo, toda esta historia es mucho más antigua y se alarga como una calle de pesadilla hasta encontrarse, hace casi un siglo, con el gringo Washington y los bulevares del Prado”.

Cuando ya su imaginación se ha extraviado por el camino de esas nostalgias inútiles, el detective Marcos Iglesias le pregunta en un tono casi amistoso:
– Dígame algo: ¿por qué escribió ese cuento tan extraño?
_ ¿Cuál cuento?
–El que publicaron el domingo pasado en el suplemento de EL HERALDO.
– Ah, ese, se sorprende Santiago. Esa es una historia muy larga.
– Pero es que al final usted asesina a su esposa.

Cuatro días antes, el lunes de esa Semana Santa lluviosa, Santiago Aragón, delgado y con rostro de asceta, buscaba unas llaves en cada rincón de su abigarrado apartamento de ochenta metros cuadrados. Su mujer, de una flacura agresiva, acentuada por un ajustado kimono negro con obvios dragones dorados, le grita que las ha dejado, como siempre, colgadas detrás de la puerta del clóset. Las encuentra y sale corriendo.

En su carrera ve esos elefantes de cristal azul sobre la mesa de mármol de la sala, que su esposa colecciona con fervor casi místico. Le provoca patearlos, volverlos añicos y ver caer los fragmentos en una gozosa cámara lenta. Luego, mientras corre por el largo hall con falsas columnas de yeso, ironiza para sí mismo: “Líbrame, Dios mío, de tanto mal gusto”.

En la puerta, antes de subirse al auto de la firma, de la nada ve surgir a la adolescente. Piensa que tiene una belleza medieval, como las princesas de los cuentos de hadas, como Eloísa, la enamorada del filósofo Abelardo. Es tan etérea que casi podría dudarse de su existencia.

Santiago ya no recuerda cuándo empezó a mirarla, pero sabe que regodearse cada mañana en la contemplación absorta de su rubio cabello rizado y sus ojos transparentes es para él una felicidad y un reencuentro con la vida que se le ha ido escapando, como el agua, entre las manos impotentes.

Mientras conduce despacio por la calle 79, entre hileras de vehículos que pitan, se lanzan unos contra otros y apenas pueden eludir la embestida inminente de los buses, escucha en la radio las noticias de rigor sobre secuestros, masacres de paramilitares y comentarios ingenuos de unos supuestos expertos europeos en resolución de conflictos acerca de la guerra en Colombia.

“Imbéciles, es como si nosotros fuéramos allá a explicarles lo que pasó en Sarajevo”, dice Santiago, quien tiene la costumbre de discutir con la radio cuando en realidad está discutiendo con sus más incisivos recuerdos.

Tienes talento, pero siempre te ha faltado disciplina, juzga el hermano, pero es el brillo de su esclava de oro, moviéndose en su muñeca con cada énfasis que hace, lo que hipnotiza la mirada de Santiago.

Manuel es bien parecido, un cuarentón de éxito, marcado como un costoso buey con todos los símbolos del poder en su ropa y accesorios. Imponente detrás de su escritorio de caoba, le advierte a Santiago que si continúa incumpliendo en la entrega oportuna de los planos, se verá obligado a despedirlo, muy a pesar de que sea su hermano.

A renglón seguido, le dice que ya no podrá seguir utilizando el auto de la firma, y le da un sermón sobre la responsabilidad, que Santiago escucha en actitud de cordero sumiso.

Cuando sale, no obstante, va mascullando insultos en su contra. Milena, la secretaria, le dice unas palabras de aliento. Santiago advierte que es muy atractiva. Sin embargo, también sabe que se trata de una mamífera de lujo, de esas que vienen con el tiquete de precio en la mirada impune.

“La adolescente no será así cuando crezca –piensa–. Con esa apariencia romántica está casi que condenada a la desilusión y el fracaso. A menos que cambie, y entonces ya no estará a la altura de su apariencia. Lo más poético que puede sucederle es quedarse en la adolescencia por el resto de su vida”.

Desde hace meses venía pensando cosas así cada vez que se sentía sometido por el poder omnívoro de su hermano mayor.

Desde hace años también venía escribiendo en silencio, a escondidas, robándole aquí y allá los espacios a sus rutinas de arquitecto, una novela de corte autobiográfico, donde intentaba explicarse a sí mismo los orígenes de su frustrada vocación de poeta.

Y ya desde sus tiempos de estudiante de arquitectura en la Universidad del Atlántico, había comenzado a elaborar una particular teoría sobre la dignidad de la belleza. “Hay seres indignos de vivir rodeados por objetos bellos, pues los ultrajan en la medida que no son capaces de mirarlos sino desde la perspectiva de su utilidad”.
Enrumbado por el sendero incierto de tales pensamientos, solo cuando va a abrir la puerta de su oficina, Santiago se percata de que no tiene la llave, pero tampoco recuerda dónde ha dejado su llavero.

Regresa a la oficina de Manuel y lo ve sobre el escritorio, pero no se atreve a tomarlo por temor a quedar otra vez en evidencia. Para colmo, el hermano está hablando con Garibaldi, su socio, quien, a juzgar por su apariencia, bien podría ser el doble de Manuel. Santiago detesta también a Garibaldi, como odia por delegación a todas las criaturas que orbitan como planetas sumisos en torno al egocentrismo de su hermano.

Aunque no sabe cuándo comenzó a odiarlo, está seguro de que la tenacidad soterrada de ese sentimiento es una de las razones que lo mantienen con vida. Sí, más de una vez ha pensado en suicidarse y, por qué no, en matar a Manuel, pero son solo ideas, porque se sabe incapaz de toda violencia real. Ese rasgo también abrió un abismo infranqueable entre él y su hermano: desde pequeños ha visto a Manuel cometer actos de una increíble crueldad con los pájaros y los gatos.

Pero ahora, una vez más, esta ahí, frente a él, sin saber qué hacer, sufriendo su diminuto suspenso cotidiano. Cada acto de Santiago está determinado por una pregunta: ¿Tomará el llavero del escritorio? ¿Hará los planos? ¿Le dirá a su hermano lo que en realidad siente hacia él? ¿Terminará la novela? Y es en el ámbito de esos interrogantes, que pueden durar instantes, semanas e incluso años, donde transcurre, lentamente, la inercia de su existir.

Desde otro ángulo, cada vez que mira hacia atrás, a Santiago le parece que su vida ha transcurrido demasiado rápido, porque esas largas preguntas la llenan casi por completo, y solo recuerda entre ellas unas pocas acciones que podrían resumir sus datos biográficos en unas cuantas palabras. O, mejor, es un hombre sin biografía. Cuando por fin detecta su presencia, Manuel le recuerda que debe darse prisa con los planos de la ciudadela. Después, humillándolo delante del otro, le señala el llavero, instante en el cual Santiago piensa en Malena.

Una irremediable sensación de tragedia le había caído encima como un saco inmenso y muy pesado, un saco lleno de objetos muy antiguos, de huesos de ancestros tenebrosos, de objetos rotos e irremediablemente dañados. Santiago cargaba con ese saco para todas partes.

En él guardó también su historia con Malena, como había guardado la historia de los hermanos Molinari o los dudosos recuerdos de su infancia, porque cuando uno anda por la vida con un saco a cuestas va echando dentro todo aquello que los demás le lanzan, y cuando un buen día decide sacar lo que ha guardado en el saco durante largos años, se percata de que la mayoría de las cosas ni siquiera le pertenecían.

Mientras busca por todos lados un fólder que contiene las cantidades de la obra y recuerda la antología de sus peores momentos con Malena, Santiago contesta una llamada telefónica. El diálogo es misterioso, a espasmódicos monosílabos. Cuando termina, exclama: “¡Quién me manda!” “¡Dios mío, quién me manda!”

Por Diego Marín Contreras

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