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Latitud 28 de Mayo de 2017

Cien Años de Soledad o la importancia de la amistad

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Foto: archivo

Barranquilla, Gabo y sus amigos. Crónica del origen de una novela.

Marco Schwartz, Director de El Heraldo
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“Se terminó de imprimir el día treinta de mayo de 1967 en los talleres gráficos de la compañía impresora Argentina S.A., calle Alsina Nº 2049 – Buenos Aires”.
 
Esta breve nota es el certificado de nacimiento de Cien años de soledad, un libro que, por diversas razones –entre ellas su lenguaje deslumbrante, la imaginación torrencial que recorre sus páginas y el enorme interés que despertaba América Latina entre los intelectuales del mundo– iba a conmocionar las letras internacionales y situar a su autor, el colombiano Gabriel García Márquez, de 40 años, en el olimpo de la literatura.
 
García Márquez vivía entonces con su esposa, Mercedes Barcha, y sus dos pequeños hijos en México DF, desde donde había mandado el manuscrito en dos partes, pues el dinero no le había alcanzado para hacerlo en un solo envío. Al salir de la oficina de correos, Mercedes, que hacía malabares en las finanzas domésticas para sortear la precariedad a la que parecía condenada por haberse unido a un escritor, comentó: «Ahora lo que falta es que la novela sea mala».
 
La obra llegó a las librerías argentinas el 5 de junio, con una portada que mostraba un galeón en medio de una selva azul. Editorial Suramericana había previsto una edición inicial de 3.000 ejemplares, pero elevó el tiraje a 8.000 tras leer las pruebas de toda la novela. El éxito fue inmediato. La crítica se deshizo en elogios ante una obra portentosa que alguien definió como cumbre del ‹realismo mágico›, aunque para un ciudadano del Caribe, habituado a vivir en una cotidianidad rayana en la ficción, se trata simplemente de realismo.
 
Poco antes, en la revista colombiana Diners, Germán Vargas había publicado un artículo premonitorio titulado “García Márquez: autor de una obra que hará ruido”, en el que contaba que el autor, que ya disfrutaba de cierto reconocimiento en Colombia, estaba corrigiendo las pruebas de la que «será la mejor novela colombiana escrita en el último cuarto de siglo». Vargas, que había tenido el privilegio de leer el manuscrito, adelantaba detalles de la obra y contaba algunas curiosidades. Por ejemplo, que el entonces joven escritor peruano Mario Vargas Llosa, que ya gozaba de renombre internacional, la había recomendado a sus editores franceses y norteamericanos con el argumento de que «es lo mejor que se ha escrito en muchos años en lengua castellana».
 
Pero, ¿quién es Germán Vargas?
Saberlo, y saber quiénes eran Álvaro Cepeda, Alfonso Fuenmayor y Ramón Vinyes, y tener además alguna noción de lo que era en los años 50 una ciudad portuaria e industrial colombiana llamada Barranquilla, seguramente aportará algunas claves del misterio creativo de García Márquez y permitirá entender por qué escribió su obra cumbre del modo en que lo hizo, y no de otro.
 
Nacido el 6 de marzo de 1927 en un pueblo de la provincia del Magdalena llamado Aracataca, y criado los primeros años por sus abuelos maternos, ‹Gabito›, como lo llamaban los amigos, había vivido en dos ocasiones fugaces en Barranquilla durante su infancia. En su segunda estancia, cuando cursaba  estudios secundarios, se ganó una beca y fue a parar a un internado en la fría ciudad de Zipaquirá, cerca de Bogotá, donde mataba las lánguidas horas leyendo desaforadamente. Tras graduarse, comenzó estudios de Derecho en la pública Universidad Nacional de Bogotá, pero, al poco tiempo, el país se vio envuelto en una de sus peores etapas de violencia a raíz del asesinato de un caudillo liberal que aspiraba a la presidencia de la república, y García Márquez se marchó a Cartagena, donde comenzó a escribir artículos en un diario local.
 
En esas andaba Gabito, cuando se enteró de que en Barranquilla había un grupo de jóvenes apasionados por el periodismo y la literatura, que no se tomaban nada en serio, salvo la rumba y la amistad, y que desde esa ciudad costera estaban inyectando un aire de modernidad literaria al país. García Márquez se sorprendió al saber que esos jóvenes ya sabían de su existencia como narrador, pues habían leído, con admiración, los cuentos que le había publicado el diario bogotano El Espectador.
 
El hecho es que, con 22 años, García Márquez se mudó a Barranquilla y, gracias a los buenos oficios de sus nuevos amigos, encontró trabajo en el diario EL HERALDO, donde empezó a escribir artículos y, esporádicamente, editoriales. Al comienzo vivió de alquiler una habitación en un edificio de cuatro plantas donde funcionaba un burdel y al que sus amigos apodaban ‹El Rescacielos›. Con posterioridad, consiguió mudarse a una habitación mucho más confortable en una casona del tradicional barrio Prado. 
 
Álvaro Cepeda, Germán Vargas y Alfonso Fuenmayor introdujeron a Gabo en un mundo que lo sacudió intelectual y emocionalmente. Ávidos lectores, le descubrieron al nuevo integrante del grupo una pléyade de autores anglosajones mucho más actuales de los que él había leído en su encierro en Zipaquirá: Faulkner, Dos Passos, Caldwell, Steinbeck, Hemingway... Pero la que más lo impactó fue Virginia Woolf, y muy en especial su novela Mrs. Dalloway. Años más tarde, en una entrevista, García Márquez recordó el siguiente párrafo de esta obra: «...cuando Londres no fuera más que un camino cubierto de hierbas y cuando los que ahora transitan por sus calles, este miércoles de mañana, fuesen huesos con unos pocos anillos matrimoniales mezclados con el polvo y las emplomaduras de oro de innumerables dientes cariados». Y dijo: «Yo sería un autor distinto al que soy, si a los 20 años no hubiese leído esta frase (...) Transformó por completo mi sentido del tiempo. Quizá me permitió vislumbrar en un instante todo el proceso de descomposición de Macondo, y su sentido final». Macondo es la ciudad mítica donde se desarrolla Cien años de soledad, un trasunto de la Aracataca natal del autor y –en las últimas 80 páginas de la novela– de esa Barranquilla donde se produjo su eclosión creativa. El impacto que le causó Mrs. Dalloway lo llevó a firmar su columna en EL HERALDO con el nombre de uno de los protagonistas de la obra, Séptimus, un veterano de la Primera Guerra Mundial cuyo idealismo juvenil se transforma en una cruda desconfianza hacia sus congéneres a raíz de la guerra.
 
Con su vital pandilla de amigos, a la que se sumaron algunos nombres más, García Márquez no solo abrió sus ojos a nuevas posibilidades narrativas, experiencia en la que fue fundamental la figura de don Ramón Vinyes, erudito catalán y dueño de una librería en el centro de la ciudad, que siempre se preocupó por que los muchachos conciliaran el gusto por la narrativa moderna con la lectura de los clásicos griegos y latinos. También conoció Gabo una forma de vida que hasta entonces le había sido ajena: noches desenfrenadas de bohemia, borracheras, humor explosivo, parrandas con música vallenata, charlas inagotables en cafés... y muchas visitas a burdeles, donde los amigos encontraron un escenario incomparable para discutir sobre literatura y, en ocasiones, desfogar sus ímpetus juveniles.
 
En este ambiente frenético, García Márquez escribió su primera novela, La hojarasca. Pasado un tiempo la envió a la editorial argentina Losada y recibió de vuelta el manuscrito con una nota en la que le decían que no estaba dotado para escribir y que haría mejor en dedicarse a otra cosa. Por ese tiempo retomó una novela que había empezado a escribir a los 17 años y a la que pretendía llamar ‹La casa›, en la que ya aparecían numerosas escenas y personas que tiempo después poblarían Cien años de soledad. Pronto abandonó esta empresa, entre otras cosas porque sus amigos coincidieron con él en que aún no había logrado un estilo apropiado. García Márquez siguió, sin embargo, con la historia en la cabeza y encontró en su columna de EL HERALDO un vehículo para ir soltándola en pequeñas pinceladas.
 
En 1954, García Márquez se marchó a buscar fortuna en Bogotá y se vinculó a El Espectador, periódico que le había publicado sus primeros cuentos. A partir de ese momento, la vida lo condujo por los más insospechados caminos y escenarios: París, Barcelona, México D.F., ciudad esta donde se estableció en los años sesenta y escribió Cien años de soledad. Llegaron después la fama, la gloria y, ni más faltaba, el dinero, un invitado habitualmente esquivo en el hogar de los García Barcha.
 
Pero sus años formativos y vivenciales de Barranquilla siempre ocuparon un lugar predominante en la memoria de Gabo, que no se cansaba de subrayar lo decisivo que había sido ese período en la construcción de su identidad literaria. «Yo de todos modos iba a ser escritor, pero de no ser por Barranquilla, lo hubiera sido de una manera muy diferente, quizá alguien muy libresco, en la línea de Borges», dijo en cierta ocasión. Su paso por esta ciudad industrial de inmigrantes, joven, irreverente y descreída, por donde entraba la modernidad a un país eminentemente conservador, lo marcó con tal fuerza que acabó formando parte del mundo mágico de Cien años de soledad.
 
Macondo –el pueblo donde se desarrolla la saga de los Buendía, a través de la cual García Márquez da rienda suelta a su memoria familiar y sus nostalgias, entrelazadas con episodios trascendentales de la historia del país– se convierte en la última parte de la obra en algo parecido a una ciudad. Allí vive Aureliano Babilonia, uno de los últimos sobrevivientes de la estirpe de los Buendía. Y ahí vuelve, desde Bélgica, otra integrante de la familia, Amaranta Úrsula, con su esposo belga Gastón, que pretende desarrollar un proyecto de aviación –un guiño claro a Barranquilla, que fue a comienzos del siglo XX la cuna de la aviación comercial de América, gracias a la iniciativa de unos alemanes que fundaron la sociedad Scadta–. 
 
En este Macondo ya ‹urbano›, la novela cuenta: «Esa era su vida [la de Aureliano] dos años antes de que Gastón empezara a esperar el aeroplano, y seguía siendo igual la tarde en que fue a la librería del sabio catalán y encontró a cuatro muchachos despotricadores, encarnizados en una discusión sobre los métodos de matar cucarachas en la Edad Media». Y más adelante añade: «Aureliano siguió reuniéndose todas las tardes con los cuatro discutidores, que se llamaban Álvaro, Germán, Alfonso y Gabriel, los primeros y últimos amigos que tuvo en la vida». Las referencias son obvias: el sabio catalán es el librero Ramón Vinyes, y los discutidores, que se mencionan sin apellidos, son, además del propio autor, los tres amigos que lo acogieron en Barranquilla cuando llegó cargado de sueños en 1949.
 
Sigue la novela, refiriéndose a Aureliano (aunque quizá el autor esté hablando de su propia experiencia): «Para un hombre como él, encastillado en la realidad escrita, aquellas sesiones tormentosas que empezaban en la librería a las seis de la tarde y terminaban en los burdeles al amanecer, fueron una revelación. No se le había ocurrido pensar hasta entonces que la literatura fuera el mejor juguete que se había inventado para burlarse de la gente, como lo demostró Álvaro en una noche de parranda. Había de transcurrir algún tiempo antes de que Aureliano se diera cuenta de que tanta arbitrariedad tenía origen en el ejemplo del sabio catalán, para quien la sabiduría no valía la pena si no era posible servirse de ella para inventar una manera nueva de preparar los garbanzos».
 
«A pesar de su vida desordenada», prosigue el relato, «todo el grupo trataba de hacer algo perdurable, a instancias del sabio catalán. Era él, con su experiencia de antiguo profesor de letras clásicas y su depósito de libros raros, quien los había puesto en condiciones de pasar una noche entera buscando la trigesimoséptima situación dramática (...)».
 
Los recuerdos de sus días desenfrenados y creativos en Barranquilla se apelotonan en la memoria del escritor y quedan plasmados en la novela. En ellos, los burdeles ocupan un lugar central, por mucho que perturbe a lectores de nuestros días: «Álvaro había llegado una de esas tardes a la librería del sabio catalán, pregonando a voz en cuello su último hallazgo: un burdel zoológico. Se llamaba ‹El Niño de Oro›, y era un inmenso salón al aire libre, por donde se paseaban a voluntad no menos de doscientos alcaravanes que daban la hora con un cacareo enloquecedor». La dueña de ese delirante lugar es Pilar Ternera, uno de los personajes iniciales de Cien años de soledad, que tenía una risa «que espantaba a las palomas» y que ahora reaparece en el tramo final de la obra, con más de 145 años de edad. Los estudiosos de la obra de García Márquez han identificado esa casa de citas con una que fue muy popular a los años 50 en Barranquilla y que regentaba una mujer expansiva a la que llamaban ‹La negra› Eufemia.
 
En 1982, cuando recibió el Premio Nobel de Literatura, García Márquez invitó a Estocolmo a Germán Vargas y Alfonso Fuenmayor para que lo acompañaran en ese momento trascendental de su existencia. Álvaro Cepeda, el discutidor que «asustaba a los caimanes con sus carcajadas de estrépito», había muerto de cáncer diez años antes en Nueva York, tras dejar un legado literario que sigue deslumbrando por su modernidad. Don Ramón Vinyes, el sabio catalán, reposaba desde hacía tres décadas en un cementerio de Barcelona. Vargas y Fuenmayor, convertidos en maestros y amigos para una nueva generación de jóvenes que aspiraban a ser escritores, murieron en Barranquilla, en 1991 y 1994, respectivamente. 
 
García Márquez, que sobrevivió a toda la pandilla y falleció hace tres años en México D.F., dijo en más de una ocasión que sin ese grupo de amigotes y sin su paso providencial por Barranquilla su destino como escritor habría sido otro. En Cien años de soledad dejó constancia de ello. 
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