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Latitud 06 de Marzo de 2017

Carnavalescas

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Ramón Illán Bacca
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Sentado bajo un toldo esperaba el desfile del carnaval. Mi vecino de silla discutía con su mujer, cada minuto en forma más ardorosa, sobre la diferencia entre cumbiamba y comparsa. Un turista luciendo su rostro con maicena nos dijo, con voz profesoral y acento del viejo Bogotá, que en el diccionario de colombianismos se hablaba de la comparsa en dos acepciones, una para el teatro, donde ese sujeto no tenía parlamento alguno, y otro en carnaval, donde todos los participantes tenían el mismo disfraz. La situación en ese instante me pareció absurda porque era una cátedra enjundiosa en un sitio y ante un público que no estaba interesado en ese tema. Alguien pidió que diera mi opinión, pero en ese instante había empezado el desfile y ni por un segundo pensé meterme en esa discusión gramatical o folclórica. Contesté que pensaba que una cumbiamba es cuando se baila cumbia, pero que algún día llamaría a una amiga, la más experta en carnaval, para que absolviera esa pregunta, pero que en ese instante estaba desfilando una cumbiamba, un deleite visual, y no pensaba perdérmelo.
 
Lejos ya de esa discusión carnavalesca, me concentré en ver y oír el desfile de las cumbiambas y tuve la impresión que por primera vez oía, lo que se dice oír, a los tambores y a la gaita de millo. Pude gozar de esa sensualidad que transmite el conjunto musical. No puedo comunicarlo con palabras, solo se puede, asimismo, decirlo con música. Toda una vida esperando y solo en un momento llega la iluminación. No se puede hablar de lo maravilloso con palabras cotidianas.
 
Al conversar con mi sobrina nieta, me calló: «No me vengas con crepusculayas», y enseguida empezó a bailar una canción de Andrés Cabas. El cuerpo es tu instrumento/ muévelo como se te dé la gana / (bis) Tu cuerpo te lleva a una fiesta de tambores / tu cuerpo me lleva a una fiesta de pregones…
 
Era otra dimensión, otro lenguaje, suspiré. Pero las situaciones ‘carnavalescas’ se dan en todas partes. Ese domingo en la entrega de los Premios Óscar hubo un error monumental. Warren Beatty, luciendo sus ochenta años, leía y daba como película ganadora a La La Land. Subieron al escenario los del elenco, risas, lágrimas y agradecimientos por el premio. Los espectadores de la televisión en ese momento, los recogidos en casa como yo (porque los carnavaleros estaban a esa hora en la parranda) nos preguntábamos si era un buen premio, si la película (aceptamos que costosa sí, no se negaba), pero ¿daba para tanto? 
 
Los periódicos, internet, los noticieros han mostrado cuando ese señor alto, calvo, grita: «No, el ganador es Moonlight». Para los que veíamos televisión no sabíamos si era parte del espectáculo, o una post-verdad fílmica. Fue un momento único y los televidentes en ese momento fuimos testigos excepcionales de un momento que quedará en la historia del espectáculo. Entre tantas cosas que se han publicado, lo dicho por el presentador de «me dieron ganas de reír» es la que resume todo. Fue una situación carnavalesca. Lo fue, imborrable, para siempre. Entre los concurrentes a la premiación, algunos opinaron que era «la situación más loca» que habían vivido, y otros que sería «la película premiada el próximo año». Me huelo que el próximo año habrá una comparsa alusiva a este hecho, una situación carnavalesca que se da en cualquier parte. 

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