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Latitud 05 de Marzo de 2011

Carnaval a 5 grados

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Un ‘profeta’ de gorrito ajedrezado, aretes y camiseta ajustada acaba de iniciar un ritual caribeño, 2.600 metros más lejos de las olas: “estoy desesperao ao, dame un bocao ao”. Su prédica pagana va dejando un rastro de vapor en el aire, y un augurio para la multitud de abrigados que lo rodea: serán atrapados por una ‘extravaganza’ carnavalera. El brillo de faroles, el meneo de polleras, y el resonar de wipití wipitís están a punto de profanar una esquina bogotana, a las 9 de una noche fría que puede terminar en encuentros cercanos del cuarto tipo.
A eso conmina la champeta entonada por Hermes Orozco, dueño del apodo religioso. Un ‘profeta’ que nació en Santa Marta, donde la temperatura suele rondar los 32 grados centígrados. El vapor que sale de su boca, con los versos, advierte que aquí, en el barrio Chapinero, estamos casi 20 grados por debajo de eso.
Su prédica nasal, chillona, se acelera entre sonidos eléctricos cortantes y tropicales. Cerca de 100 enchaquetados, encajados en trajes enteros, y embufandadas de medias veladas, empiezan a alborotarse en las sillas de plástico. Intentan deslizarse sobre la ola de ritmo aplaudiendo, moviendo los hombros y los cuellos. Mientras, una marimonda destapa cervezas, una negrita puloy lleva un plato de maní, un diablito sirve aguardiente y un monocuco descarado pone butifarras a calentar en un microondas. Los que empiezan a emborracharse son felices tomándoles fotos.
Esta versión teledirigida del Carnaval de Barranquilla transcurre en el Muelle Mackenzie, en la calle 67 con 10A. Una casona antigua de bloques enormes, techos altos y portones de madera. Acostumbra funcionar como restaurante, pero hoy también está disfrazada: de verbena del sur de Barranquilla. La terraza está cubierta por carpas estampadas con marcas de cerveza, entre rejas decoradas con guirnaldas verdes, rojas, amarillas y azules.
El retumbar de sus parlantes es el único en la cuadra. De vecinos tiene las esteras cerradas de una droguería y un supermercado, y varios edificios de luces ya apagadas. Las calles están mojadas, y la brisa levanta un rocío gélido. Se ven a lo lejos un par de guardias ante una clínica, uno que otro personaje caminando rápido con la cabeza gacha, y dos taxis lentos, pescando desertores de la rumba. Pero nadie quiere salir a enfrentarse a ese vacío todavía.
Los que mantienen vivo el Carnaval.
Un grupo de millo hace estallar un eco de tambores en toda la zona a las 9:30 de la noche. Allá en un rincón, una mujer bajita y blanca, como la nieve que parecería a punto de caer, baila con una botella de cerveza sobre la cabeza. Hace equilibrio al son de la cumbia. Sí, la botella no se cae. Pero no, no es que esté moviendo mucho la cadera o las piernas; más bien ondea los brazos. Sin duda, es una ‘tesa’ bailando; solo que no en el sentido que se suele entender.
Más acá una pareja, liberada ya de sus abrigos, pone en marcha un popular trencito rumbero (aunque van gritando “¡el gusano, el gusano!”). Calientan los motores y van reclutando a los desprevenidos que les pasan por enfrente. Agarrados por las cinturas, avanzan dando tumbos, brinquitos; hacen la mejor imitación jamás vista del ritmo de una locomotora.
El caos de la multitud se abre para darle paso a una heterogénea comparsa de carnavaleros. Entran lanzando aullidos agudos y cargando velones; recorren el lugar desatando desenfreno. Uno viene con camisa hawaiiana, sombrero y antifaz; otro con camisa de peces y turbante de congo; hay dos cumbiamberas y dos vestidas de garabato.
Todos miden alrededor de 1,70 centímetros, pero la que viene de último no debe superar los 1,55. Es bajita, y tan blanca como la chica de la botella, solo que las mejillas se le han invadido de un rojo como el de las polleras. Se llama María Lucero Saavedra, y nació hace 23 años en Sutamarchán. Es un municipio de Boyacá, a 44 kilómetros de la capital, Tunja. Tiene unos 5 mil habitantes y una temperatura que promedia los 17 grados centígrados. Del 12 al 14 de octubre se celebran las fiestas patronales del pueblo, con feria ganadera, cabalgatas y festival de música norteña. Es lo más cercano a un carnaval que María Lucero ha estado. Sutamarchán queda a 639 kilómetros del de Blancos y Negros de Pasto, y a 540 kilómetros del de Barranquilla.
Aún así, ella trata de reflejar lo que ha aprendido de él basándose en las caderas de Liliana Palmera, bailarina de Montería, Córdoba. Por ella ingresó a la comparsa. Se conocieron y se hicieron amigas hace 5 años, cuando Liliana llegaba a tomar a una tienda con rockola, donde María servía cervezas. No conoce la Costa, pero insiste en que “me gusta mucho bailar”. Y aquí, lo hace mejor que esa mayoría sumida por completo en el torbellino de baile.
Incluso los meseros disfrazados se dejaron contagiar. Detrás de la marimonda está Darwin Jiménez, un samario que ha vivido los dos últimos de sus 22 años en Bogotá. Vino a buscar fortuna, y le encanta lo que llegó a hacer. “Le ponemos alegría a esta ciudad. Estamos libres de cualquier problema”. Trabaja desde la mañana como ayudante de cocina en el Muelle. Con lo que gana le envía dinero a sus 8 hermanos, que viven en el barrio Gaira con su mamá. “No me perdía nunca el carnaval”, ahora también se lo está gozando, de otra manera, trabajando.
El millo se fue. Suena la Pollera colorá, de Wilson Choperena. La comparsa se ha desintegrado, y baila entre el montón. “Así ayudamos a quitar el estigma de que los costeños somos flojos. Nos gusta el folclor, pero también trabajar”, dice Ubaldo Rojas, el congo de camisa de peces. Vino hace 3 años de Simití, Bolívar. Además de recorrer bares bailando en las fechas de carnaval, estudia negocios internacionales en una corporación y trabaja como asesor comercial. “La situación está difícil”, por eso le toca carnavalear hasta que resista.
Jairo Mackenzie, dueño del Muelle, saca un cargamento de maicena cuando bordean las 12 de la noche. Transgrede todo código de urbanidad, y le va palmoteando la cara a esos que todavía no le han pagado la cuenta. Desde hace 15 años celebra simulacros carnavaleros todos los viernes. La gente sale de las oficinas y llega, sabiendo que por una noche experimentará lo más cercano a la atmósfera carnavalera barranquillera. Pero hoy es real. Lo que está pasando allá lejos ha traído más rumberos de lo acostumbrado; no se quieren quedar sin participar en la profanación carnestoléndica.
El lugar parece inundado de niebla, pero no es producto del frío ni la humedad. Son nubes de maicena flotando. Cayó en manos de todos, y todos se ocupan de que no quede nadie libre del polvo blanco. Cuando todos parecen cansados, y las botellas casi secas, llega un conjunto vallenato. Con clásicos de Alejo Durán le echan carbón a la rumba; recuerdan que en esto no hay momento para descansar.
Los borrachos se abrazan. Grupos hacen ruedas y bailan la popular Checumbia. Algunas se contonean sobre sillas. Otras se apretujan con otros, agachándose como si se tratara de reguetón. La profecía pagana se cumplió. Los desinhibidores de carácter, en forma de cervezas y mucho aguardiente, han hecho el milagro. Con tanto baile, licor y cercanía, el frío se olvidó. Por fin se siente calor. En las mesas quedan parejas, acercándose más y más. Ya han probado un bocado del carnaval. Es la hora de los taxis, que siguen a la espera de que salgan desesperados.

Por Iván Bernal Marín

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