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Latitud 23 de Octubre de 2016

Bob Dylan, el poeta que dinamita sus estatuas

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Apuntes para entender los nuevos vientos que parecen soplar en el ámbito ‘nobelesco’ literario.

Ariel Castillo Mier
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La concesión del Premio Nobel de Literatura 2016 al cantautor Bob Dylan (1941) constituye una agradable y esperanzadora sorpresa para los creyentes en la cantidad hechizada. Ya el año pasado el premio otorgado a la bielorrusa Svetiana Alexiévitch ponía de manifiesto un reconocimiento a la dignidad literaria del reportaje y a las posibilidades creativas de la no ficción. Vientos renovadores soplan en el ámbito de los académicos ‘nobelescos’ que al parecer se proponen privilegiar la vida, la realidad, en lugar de las letras puras: la trascendencia de la poesía, de la palabra al acto, del corazón 
y la mente a las calles, del libro 
a las gentes. ¿Qué nos 
deparará el 2017?
Con su guitarra vieja y su armónica montañera, con sus botas rotas y sus bluyines percudidos, con su sombrero a lo Chaplin y tocando el piano con los pies, Bob Dylan, leal a su vocación verbal, supo indagar en las raíces de la música norteamericana y canadiense, apropiarse de la centenaria tradición de los cantores caminantes del folk y el blues, y enriquecerla con un vasto bagaje de experiencias vitales, pero también de lecturas en las que sobresalen los poetas comunicantes, de la Biblia a Allen Ginsberg, pasando por François Villon, William Blake, Walt Whitman, Rimbaud, Bertolt Brecht y los surrealistas, incluyendo a novelistas como Dostoievski, Kafka, Fitzgerald y Kerouac, así como la filosofía oriental y la existencialista, y la omnipresencia del cine 
y sus estrellas. 
Dylan supo incorporar la sabiduría y la clarividencia de los artesanos verbales del pasado para leer el presente y, hombre de su tiempo, en el cual el tocadiscos y los álbumes musicales desplazaron a las vastas bibliotecas venerables, logró que el rock entrara en la literatura contemporánea, con lo cual se convirtió en el juglar de las avenidas y las autopistas, las vallas propagandísticas y los rascacielos de hierro y cemento y las nubes de esmog.
Plenas de humor, ironía e indignación, impregnadas del vitalismo de la oralidad, sus canciones, a partir de situaciones musicalizadas con base en parodias de la palabra de predicadores y políticos, metáforas e imágenes irreverentes, nos revelan el rostro invisible del país de la Coca Cola y Walt Disney. Con todas ellas arma una paradójica y sincera autobiografía («un poema es una persona desnuda»), no tanto personal (pues la intimidad de Robert Zimmerman permanece resguardada) sino colectiva. 
Lucha contra la alienación y la vida de marionetas, sin pretensiones dogmáticas (excepto que «no hay que odiar nada / excepto el odio») ni mensajes («la palabra mensaje me gusta por su sonoridad “estúpida”, como si fuera una hernia sonora»), la obra poética de Dylan, que se propuso desde sus comienzos “Pintar un cuadro / de lo que ocurre por aquí de vez en cuando / aunque no entiendo demasiado bien lo que pasa”, logra, en su integridad, la radiografía desmitificadora de una nación que ha hecho de la guerra y las armas su fuente de riqueza 
y de poder. 
La trayectoria  de Bob Dylan describe la parábola del auténtico artista, inconforme siempre con sus logros. Persecución perenne de lo desconocido, plena de contradicciones, su obra ha sido una búsqueda incesante, insatisfecha, disidente de sí misma, que no teme ni desdecirse ni exponerse a abucheos y rechazos ni a intentos de linchamiento por apartarse de las expectativas y no aprovecharse de los impulsos adquiridos. Del puritanismo a la santidad, de la confusión al escepticismo, de la negación del dinero a su ostentación, de la recepción de honoris causa a la burla posterior de quienes lo otorgaron, de la rebeldía al conformismo, de la anarquía individualista a la estabilidad, la autocrítica y la insatisfacción permanente es la lógica que rige la poética de Bob Dylan.
Con el galardón a su obra poética (la novela Tarántula, que linda con el galimatías, al parecer no entró en las consideraciones), la Academia Sueca dignifica y estimula la labor milenaria de tantos trashumantes cantores populares cuya trayectoria creadora transcurre a la sombra, a veces letal, del anonimato. 

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