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Latitud 13 de Marzo de 2016

Assa, siempre Assa

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La Escuela Superior de Idiomas, que fundó el profesor Assa, se transformó en la Universidad Pedagógica del Caribe, y con su colegio, el Instituto Pestalozzi, se anexó posteriormente a la Universidad del Atlántico.

Rafaela Vos Obeso
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Alberto Assa Anavi era el nombre del papá de Nuria. Lo conocí desde mis años mozos cuando, escapada, iba a darle una vuelta a mi amiga, con quien crecí desde nuestra infancia en el Colegio Americano para Señoritas; amistad que a través de los años y la distancia permanece. Hoy, en nuestra edad otoñal, miramos nuestro pasado con un poco de nostalgia, pero a la vez con alegría por haber compartido largos años de nuestras vidas.

Hace escasos días la sentí estremecerse cuando debió partir y cerrar su casa de infancia, y decirle “hasta luego” a la ciudad que la vio crecer y morir, junto al maestro Assa y a su compañera de vida, la Señora Nuria como siempre la llamaba.

Tenazmente me invadió el recio carácter del profesor Assa, también su implacable compromiso con el conocimiento, y, por ello, atenta escuchaba sus reflexiones cuando asistía a clases de inglés en el Instituto de Lenguas Modernas. Un hombre responsabilizado con el saber de los idiomas, con la educación y la formación de jóvenes, especialmente de escasos recursos, a quienes siempre impulsó por ser consciente de que la instrucción es un acto liberador. De concepción irreverente y consecuente hasta después de su muerte.

En remembranza a la vida y obra del profesor Assa, como se conoce históricamente en Barranquilla, el historiador Luis Alarcón evoca una de su frases célebres cuando afirmaba: «No habrá desarrollo sin educación ni progreso sin cultura», frase que encierra su compromiso con la sociedad para convertir los aprendizajes en motor de progreso y desarrollo para una sociedad.

Por esto, el legado Assa sobrevive. La Universidad del Atlántico forma parte de aquellos sueños que alimentaron sus ‘utopías’ en el “Rincón de Casandra”. Los antecedentes se encuentran  con la fundación del Instituto de Lenguas Modernas (1952), base para la constitución de la Escuela Superior de Idiomas, la Universidad Pedagógica del Caribe (1958) y el Instituto Pestalozzi (1959), el cual se convertiría en el laboratorio de la Facultad de Educación de nuestra Alma Máter (Acuerdo 010 de 1964).

Su fina pluma encontró espacios en el “Rincón de Casandra”, columna publicada en el periódico EL HERALDO, en donde sus sabias reflexiones atinaron para mostrar la radiografía cultural de la ciudad y del país, en donde nunca dejó de denunciar el poco compromiso de la política estatal para defender los nichos educativos fundantes que poco a poco veía languidecer. Sin embargo, contra viento y marea, el Instituto de Lenguas Modernas permaneció en funcionamiento —después de fallecido el profesor Assa— hasta hace escasamente pocos años, gracias al compromiso de su incondicional esposa.

Revisando las columnas del “Rincón de Casandra” en torno a la Universidad del Atlántico, llama mi atención los hechos que denunció en la década del 60 y que todavía se mantienen vigentes en la vida de la Alma Máter, cuando, por ejemplo, inquieto, escribió sobre su preocupación acerca de los derechos del cuerpo docente y de la comunidad estudiantil. Dedicó entonces una de sus tantas columnas denominada “La Universidad. Utopías de hoy y realidades del mañana”. En ella, adelantándose a los tiempos, plasmó la importancia de la gratuidad de la educación, pues consideraba que debía estar «acompañada por la nacionalización de la enseñanza en todos los niveles, es decir, desde el preescolar hasta la superior». Y seguía comentando: «La Universidad del Atlántico ya tiene antecedentes positivos a este respecto, pues cuenta en su trayectoria con un periodo corto pero afortunado de gratuidad absoluta».

Si bien ese sueño no ha sido posible cumplirlo en su extensión, hoy la Universidad del Atlántico cuenta con más de 22 mil estudiantes, subsidiando —a pesar de sus limitaciones presupuestales— los estratos 1 y 2, y al resto se les fija modestas matrículas condicionadas según su estrato social, pero que aún se mantienen muy por debajo del estándar de las universidades privadas.

Y como mentor de muchos de nuestros docentes, el profesor Assa les dejó el legado de la defensa a la educación pública;  quienes, coherentemente, reproducen su compromiso para las nuevas generaciones, con la mística y los valores morales que les transmitió, los cuales hoy se encuentran presentes en cada acto de sus vidas.

También dejó un grito de alarma, como lo expresó en otra de sus columnas titulada “No hay Universidad sin continuidad”, pues  otra de sus preocupaciones sucedió cuando Juan B. Fernández Renowitzky renunció como rector de la Alma Máter. En aquel momento expresó: «El hecho de que la U.A. haya visto desfilar por sus claustros a más de diez rectores en menos de diez años (1952-1962) no ha dejado de repercutir muy desfavorablemente en su marcha general y también en su prestigio naciente”.

La convivencia fue otra de sus preocupaciones cuando se refirió a los conflictos internos: «Imparcialidad por encima de las corrientes encontradas que pudieran entorpecer las labores académicas, neutralidad o por lo menos no beligerancia consciente (…) equidistancia entre posiciones o actitudes extremas (…) y reducir intransigencias en beneficio de un ideal común de una necesidad común: La Universidad».

El maestro, sobreviviente de la Primera Guerra Mundial, conoció los estragos de la intolerancia y de la irracionalidad humana, y superpuso la importancia de la convivencia pacífica ante cualquier vandalismo, realidad lamentablemente todavía vigente, que en nada beneficia para la sobrevivencia de la universidad pública como soporte para la educación de las franjas más vulnerables de la población.

“Mi viejo Assa” fue una hermosa columna de remembranza publicada en EL HERALDO, escrita por Nuria, recién fallecido su padre. Es indispensable recordarla, pues allí sintetiza el perfil humanista de él, de su legado histórico, pero también porque revela la mirada como hija de un pionero que –junto al filósofo Julio Enrique Blanco, Rafael Tovar Ariza, Rodrigo Noguera Barreneche y el profesor Wladimiro Woyno– marcó la historia de la educación y de la Universidad del Atlántico, en una Barranquilla que fue  una ciudad pionera, y que en tempranos años del siglo XX se abrió al mundo, reconocida otrora como la ‘Ciudad Luz’.


Fachada de la  Escuela Superior de Idiomas. Y el profesor Assa recibiendo visitantes en uno de los salones de clase.
 
Con acento global
La Escuela Superior de Idiomas, fundada por Assa, contaba con dos departamentos: para formar profesores de idiomas y para formar secretarias (os) multilingües. Fue creada el 9 de febrero de 1954. Funcionó en la Esquina Progreso con Manga de Oro (calle 50 No. 41-25). Los salones de clase llevaban nombres como Caro & Cuervo, Moliere, Pestalozzi y Shakespeare. 


*Investigadora, coordinadora del Grupo de Investigación ‘Mujer, Género y Cultura’, de la Universidad del Atlántico. Socióloga, con maestría en Historia, de la Universidad Nacional de Colombia; Maestra en Ciencias Políticas de la UNAM (México). Profesora Emérita de la misma institución. Candidata al Premio Nobel de la Paz ‘Mil Mujeres y un Nobel de Paz’ (2005). Ex vicerrectora de Investigaciones, Extensión y Proyección Social, de la Universidad del Atlántico (2008-2104). Actualmente rectora (E) de la misma Institución.

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