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Latitud 21 de Mayo de 2017

Aquel 22

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Foto: Milciades Arévalo

Evocación en clave íntima de Raúl Gómez Jattin

Por Carlos de la Hoz Albor
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Esta crónica reclama un comienzo en ritmo de bolero. Justo lo que haré acudiendo a las líneas del compositor dominicano Radhamés Reyes Alfau, que hacen parte de nuestra educación sentimental gracias a la voz arrabalera y bohemia de Alberto Beltrán:

Oye, lo que quiero decirte:
fechas hay en la vida

que nunca podemos
jamás olvidar

Pues bien: no se necesita ser Funes el memorioso para corroborar esta verdad. Todas las personas cargamos una cronología personal en que se relacionan las vicisitudes de nuestra vida. Nacimiento, onomástico, conmemoración de pequeños o grandes acontecimientos, victorias y derrotas personales, azares felices, llegadas y partidas parciales o definitivas de seres entrañables. En la mía, por ejemplo, hay una que tiene y tendrá siempre un significado especial: 22 de mayo, cumpleaños de Rita Albor Jiménez, mi madre.  Y como si ello no bastara para que nunca en la vida hubiera pasado por alto esta fecha, en el año 1997 se sumó otro hecho merced al cual  “la llevaré prendida en mi ser como ayer”.

 Aquel día mi madre cumplía 56 años.  Así que la noche anterior había dispuesto que, al regreso del colegio donde laboraba en ese entonces, almorzaría y luego saldría a comprar la consabida torta y su regalo. Un poco después del mediodía, sin embargo, una noticia emitida por el canal regional Telecaribe alteró mi ánimo de fiesta y trastocó un poco esos planes: el periodista Carlos Cataño Iguarán informaba desde Cartagena que en las horas de la mañana, como consecuencia de los múltiples golpes que había sufrido al ser arrollado por un bus cuyo conductor ni siquiera se había detenido a auxiliarlo, había muerto el poeta Raúl Gómez Jattin. Quedé estupefacto.

Lo había empezado a leer con interés de devoto más o menos una década antes cuando en la edición número 14 del plegable literario El Comején, que dirigía el poeta Joaquín Mattos Omar, encontré una pequeña muestra de su obra y detalles relevantes acerca de esta. En una entrevista con Henry Stein hablaba de su vida y esbozaba su ideario poético; y, a propósito de un recital suyo, Leo Castillo elogiaba su poesía vital y enseñaba que, gracias a este poeta, los amigos contarían con la maravillosa posibilidad de ser “una legión de ángeles clandestinos”.  

Esa poesía sin afectación, cincelada con un verbo desenfadado y teñido a la vez por la nostalgia del que se quedó para siempre en la infancia hizo que le abriera de inmediato un lugar en mis lecturas poéticas que, hasta ese momento, se limitaban a los autores que había conocido en mi época escolar y de comienzos de la universidad: Bécquer, Neruda, Borges, Darío. Era 1988 y yo, gracias a García Márquez y demás narradores del boom latinoamericano, esencialmente un lector de cuentos y de novelas. 

La carta “rumorosa como el viento” en que Jaime Jaramillo Escobar elogia con desmesura su obra vino a completar la labor de motivación mía hacia la poesía de Gómez Jattin: “A los viajeros les recomiendo llevar tus poemas como la única cosa vital, grande, oxigenada, robusta, libre, natural y bella que tenemos aquí; lo único con fuerza joven, originalidad, audacia, libertad y novedad que se encuentra hoy en el bazar de la poesía colombiana; lo único que se desborda, que brama, que tiene impulso y pasión, el único vendaval que nos refresca, primitivo, animal y selvático como un desodorante de T.V., lo único apasionado y novedoso, ¡Lo único!”. ¡Caramba! Ningún lector puede resistirse a un autor del que un par suyo se exprese de esta manera.

Era, pues, comprensible mi perplejidad ante su muerte trágica y prematura: además de ser el poeta que en ese entonces más frecuentaba en mis lecturas, era también, por así decirlo, el poeta de mi tiempo, uno al que podía toparme por ahí y tratar como un vecino más. Tanto es así que tuve la feliz oportunidad de asistir a dos de sus recitales en Barranquilla: el primero en 1993, en la Universidad del Atlántico, organizado por la revista Contracarreta. La presentación estuvo a cargo de Henry Stein, quien leyó el texto “Raúl Gómez Jattin: otro incomprendido”; y el segundo en 1995, en el salón múltiple del Teatro Municipal Amira de la Rosa, luego de su regreso de Cuba, adonde viajó para adelantar un tratamiento por su adicción a las drogas. Un Raúl menos vehemente que el de la primera ocasión fue presentado esta vez por Miguel Iriarte, que recordó un encuentro suyo con el poeta en que hablaron de Pessoa, y por Joaquín Mattos Omar, que reiteró su admiración sin sombras por este ángel con “un corazón de mango del Sinú”.

Con ocasión de la primera visita, la Revista Luna y Sol, a cuyo comité editorial pertenecía, publicó un número dedicado a la obra de Gómez Jattin en que recogimos una buena mano de sus poemas. Ya a estas alturas los versos de este poeta eran moneda corriente en nuestras tertulias. Si un amigo estaba triste, le soltábamos un fraternal “Cuánta congoja agazapada / llevas…” y, en vez de Eusebio, mencionábamos su nombre. Para la amiga que reaparecía después de un tiempo de ausencia era: “Querida / Cómo estás de cambiada…”. Todos sabíamos de memoria El Dios que adora, Te quiero burrita, Si las nubes, Casi obsceno, De lo que soy, Conjuro, entre otras creaciones suyas. Las fotocopias de sus poemas y entrevistas iban de mano en mano y, traídas por los viajeros, de Cartagena nos llegaban con puntualidad sus noticias, tanto las literarias como las de su vida irreverente. Musicalizados por Beatriz Castaño o grabados con el particular tono de su voz, intercambiábamos casetes con sus poemas. Era innegable: la poesía de este autor nos había tomado, “en el sentido de tomar un barco o una ciudad”.

Pese a buscarlos con afán, nunca pude tener en mis manos Poemas, ni Tríptico cereteano, pero compensé con creces esa carencia leyendo y releyendo con fruición su antología Poesía 1980 – 1989 (Norma, 1995) y Esplendor de la mariposa (1995), del que conservo en mi biblioteca dos ediciones: la modesta con carátula de Bibiana Vélez y la publicada por la Cooperativa Editorial Magisterio.

Pero volvamos a aquel 22 de mayo de 1997. Enterado de la, al menos para mí, lamentable  noticia, salí a hacer las compras para el cumpleaños de mi madre, merodeé un rato por los lados de la Universidad del Atlántico en busca de contertulios para desahogar la tristeza por la pérdida de uno de los autores de mi santoral y ya en la noche me sumé a la reunión familiar. Muy en mi interior sabía que, en adelante, viviría esa fecha en medio de un sentimiento ambivalente: la celebración de la vida de mi madre por un lado y por otro el recuerdo de la muerte de un escritor que, con sus palabras, supo hablarle a mi sensibilidad.

Al año siguiente, invitados por Víctor López Pertuz, rendimos un homenaje a la memoria de Gómez Jattin en el café – bar La Portezuela. Joaquín Mattos Omar leyó su artículo Una vida atropellada, que después aparecería en el primer número de la revista Viacuarenta; y yo, ¿Dónde te fuiste, hermano Raúl?, que recogerían las páginas de Contracarreta. El plato fuerte, no obstante, fue la proyección del documental Raúl, sol y luna, de Haroldo Rodríguez Osorio, que pasó Telecaribe después de la muerte de Raúl y que yo había grabado en formato VHS y puesto a circular por las manos de muchos de los admiradores de la obra del poeta.

Los libros biográficos sobre este autor, que tampoco se hicieron esperar, aún frecuentan  mi  mesa de noche: Los últimos pasos del poeta Raúl Gómez Jattin, de Vladimir Marinovich; Ángeles clandestinos, de José Antonio de Ory; Arde Raúl, de Heriberto Fiorillo; lo mismo que sus obras póstumas El libro de la locura y Amanecer en el Valle del Sinú, este último prologado por Carlos Monsiváis.

De mi madre diré, con una tristeza sin tregua, que le sobrevivió al “poeta que me ayudó/con sapiencia y serenidad a leer la poesía” tan solo tres 22 de mayo más. Un aneurisma cerebral le impidió llegar “hasta el año 3000” como con candidez le deseamos los suyos aquel cumpleaños de 1997. Quiso la vida unirla a Gómez Jattin por la casualidad de una fecha, el lugar de privilegio que ambos ocupan en mi memoria y ahora las palabras de esta crónica con comienzo en ritmo de bolero.

 

 

 

 

 

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