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Latitud 22 de Junio de 2013

Aprender a escribir

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García Márquez se inició en la literatura y el periodismo casi al mismo tiempo. Sus dos primeros cuentos, La tercera resignación y Eva está dentro de su gato, aparecieron en el diario El Espectador a fines de 1947, y su primera columna periodística, “Los habitantes de la ciudad nos habíamos acostumbrado a la garganta metálica que anunciaba el toque de queda”, en El Universal de Cartagena, es de mayo de 1948.

Tal vez este comienzo, que se podría considerar simultáneo, ha conducido en el escritor colombiano a que estas dos vertientes vayan cogidas de la mano a lo largo de toda su trayectoria.
Entre 1948 y 1952, es decir, en esa primera etapa como periodista en El Universal y en EL HERALDO, García Márquez arrastra, lo cuenta él mismo, con un fajo de hojas en donde –se puede presumir– está el texto de La hojarasca. La novela que rechazó la editorial Losada de Buenos Aires, como se lo cuenta el autor a Gonzalo González, Gog, en una carta de marzo de 1952, que El Espectador publicó bajo el título de Autocrítica: “Ya sabes que la editorial Losada echó para atrás La hojarasca.

Aquí sí no tengo la menor duda de quién es el imbécil. ¿Tú crees que yo sería tan idiota para dedicarle un año entero –como sucedió con La hojarasca– para salir a la postre con un esperpento? No, compadre, soy demasiado perezoso para cometer esa tontería”.

La última colaboración de este período del escritor apareció en EL HERALDO, el 24 de diciembre de ese mismo año, “El invierno”. Una nota que lo antecede informa que se trata de un capítulo de La hojarasca. Tres años más tarde, en 1955, la revista Mito publicó el mismo relato con el título que conocen todos sus lectores, “Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo”. Pero la nota, además, hace una serie de consideraciones en torno al joven escritor: “Gabriel García Márquez, el conocido escritor colombiano, publicará algún día ‘La hojarasca’. Cuando esto ocurra, la excelente, flexible, renovada prosa de Gabriel García Márquez, el autor de tan magníficos cuentos, pondrá en el exiguo terreno de la novela colombiana una línea divisoria parecida a la que hace tiempo trazó ‘Cuatro años a bordo de mí mismo’. Por eso, quienes conocen los originales esperan con entusiasmo que alguna importante imprenta argentina los ponga pronto a navegar. Publicamos a continuación un capítulo de ‘La hojarasca’. El joven autor no ha querido escribir una novela cualquiera, sino una con toda la técnica”.

Ese ha sido el propósito fundamental del escritor colombiano: escribir una obra con toda la técnica. Y él supo desde un comienzo que la técnica era un problema de aprendizaje, que se puede tener talento, pero que es necesario adquirir una técnica, un oficio: “Estamos aquí –dice García Márquez en uno de los talleres de guión de la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños– para contar historias. Lo que nos interesa aprender aquí es cómo se arma un relato, cómo se cuenta un cuento. Me pregunto, sin embargo, hablando con entera franqueza, si eso es algo que se pueda aprender. No quisiera descorazonar a nadie, pero estoy convencido de que el mundo se divide entre los que saben contar historias y los que no, así como, en un sentido más amplio, se divide entre los que cagan bien y los que cagan mal, o, si la expresión les parece grosera, entre los que obran bien y los que obran mal, para usar un piadoso eufemismo mexicano. Lo que quiero decir es que el cuentero nace, no se hace. Claro que el don no basta. A quien sólo tiene la aptitud, pero no el oficio, le falta mucho todavía: cultura, técnica, experiencia…”.

Claro está, que eso de escribir un libro con toda la técnica no es por el prurito innovador de la utilización de las últimas técnicas narrativas, no es por el afán de aturdir o deslumbrar al lector, de descrestarlo, como se diría aquí. Ese propósito proviene de algo mucho más simple y elemental que está a la base de escribir ficción, que esté bien contada y que sea verosímil para el lector: “Argos sabe –dice García Márquez en la columna “La conduerma de las palabras”– tan bien como todo buen escritor que la guerra cotidiana con las palabras no respeta fronteras. Un pobre hombre solitario sentado seis horas diarias frente a una máquina de escribir con el compromiso de contar una historia que sea a la vez convincente y bella agarra sus palabras de donde puede”.

Para 1964 García Márquez era autor de cuatro libros publicados, La hojarasca, La mala hora, El coronel no tiene quien le escriba, y el libro de cuentos Los funerales de la Mamá Grande, pero ninguno de ellos se vende bien, la resonancia es muy escasa y el escritor sigue siendo casi un desconocido. Sin embargo, el problema de García Márquez no era ese: “Mi problema grande de novelista era que después de aquellos libros me sentía metido en un callejón sin salida, y estaba buscando por todos lados una brecha para escapar. Sentía que aún me quedaban muchos libros pendientes, pero no concebía un modo convincente y poético de escribirlos”.

¿Cuál era el método más apropiado para contar, de forma bella y creíble (para el autor y el lector), el mundo que bullía desde tiempo atrás en su interior?, porque él está en lo cierto al afirmar que “aún me quedaban muchos libros pendientes”.

Unos pocos años después, cuando ya ha hecho su aparición Cien años de soledad, y la celebridad de la novela se esparce como reguero de pólvora, el escritor le concedió una entrevista a Ernesto González Bermejo: “García Márquez, ahora doscientos años de soledad”. En ella, González Bermejo preguntaba por la razón de esa escritura entre novedosa y arcaica, por las dificultades que afrontó el autor, por los apuntes previos para la redacción de la novela:

“–Yo llegué a la conclusión de que ‘Cien años de soledad’ tenía que ser escrita así porque así hablaba mi abuela. Y se trataba de encontrar cuál era el lenguaje que más le convenía al libro y recordé que mi abuela me contaba las cosas más atroces sin conmoverse, como si fuera una cosa que acababa de ver.

Entonces descubrí que esa imperturbabilidad y esa riqueza de imagen con que contaba mi abuela era lo que le daba verosimilitud a sus historias. Y mi gran problema con ‘Cien años de soledad’ era que creyeran, porque yo me la creía, pero, ¿cómo hacer para que me la creyeran los lectores?: usar los mismos métodos de mi abuela.

“–Fíjate que en ‘Cien años de soledad’, sobre todo al principio, hay una enorme cantidad de arcaísmos deliberados. Después, a partir de la mitad, yo ya navegaba como pez en el agua y ya inclusive en la última parte hay no sólo arcaísmos, sino neologismos y palabras inventadas y levantada de bata. Porque yo creo que esta última parte refleja la alegría que tenía yo de haber encontrado el libro.

“–¿Te dio mucho trabajo organizar el material del libro?
“–Fue una cosa muy fastidiosa. Porque hay que organizarlo dentro de la cabeza, si no te ahogas en papeles.
“–¿No tomas notas?

“–No, sólo notas diarias, de trabajo: es decir, si voy por aquí, tengo que seguir por acá, no olvidar esto. Cuando terminé ‘Cien años de soledad’, cuando la saqué en limpio y cuando mi editorial me acusó recibo de los originales, llamé a mi mujer y rompimos un cajón de papeles así de grande, donde estaban todas las notas del libro, porque el que hubiera leído esas notas sabía cómo estaba escrito, sabía qué es verdad y qué es mentira, sabía qué es legítimo y qué es truculento, sabía que no obedecía a una necesidad real, literaria, sino que era un simple recurso técnico, se hubiera sabido todo eso y eso, ¡me lo llevo a la tumba, viejo!”.

No hay razones para dudar de esa afirmación, pero quienes han leído con placer y detenimiento sus columnas periodísticas de Cartagena y Barranquilla, han percibido diversos temas, circunstancias y personajes, que se inician en esos textos de prensa y encuentran un desarrollo posterior y un sitio adecuado en sus ficciones. Las setecientas y pico de páginas de Textos costeños, bien miradas, se pueden considerar como los bosquejos o borradores de varias situaciones y personajes de Cien años de soledad.

La columna que inicia al periodista contiene ya un elemento –en su primera frase– visible en sus libros posteriores y eje central de una de sus novelas: “Los habitantes de la ciudad nos habíamos acostumbrado a la garganta metálica que anunciaba el toque de queda”. Los lectores recordarán de inmediato La mala hora, pero sobre todo El coronel no tiene quien le escriba, con ese toque de queda reducido a campanario de iglesia que anuncia la hora.

En Cien años de soledad, García Márquez tiene uno de los personajes femeninos más inolvidables: Amaranta, con su perpetua venda negra en una de sus manos, símbolo de su virginidad y, por supuesto, de su viudez, porque ella es viuda de Pietro Crespi. Pero, ¿es perpetua la venda negra en su mano? No. Aureliano José, su sobrino, quien había convertido en un hábito invadir cada noche la alcoba de la ‘madura doncella’ con el propósito inútil de que bajara sus puentes levadizos, en una de esas incursiones despierta sin aire: “Fingiendo dormir cambió de posición para eliminar toda dificultad, y entonces sintió la mano sin la venda negra buscando como un molusco ciego entre las algas de su ansiedad”. La virgen viuda es incestuosa. La segunda columna, que se inicia con una greguería propia de Ramón Gómez de la Serna, “No se qué tiene el acordeón de comunicativo que cuando lo oímos se nos arruga el sentimiento”, cierra el primer párrafo con una imagen maravillosa que refleja de pies a cabeza la virgen viuda incestuosa de veinte años más tarde: “Él [el acordeón] hizo de lino crudo, de cáñamo indómito, el sueño de la hembra a quien le ardía un hijo en el corazón y tenía, sin embargo, la dolorosa certidumbre de que nunca bajaría hasta su cintura”.

En otra de sus columnas habla del ejecutante invisible de la pianola, la misma pianola que José Arcadio desbarata para encontrarlo. En otra, reseña una representación, en donde la primera escena muestra a la actriz principal, mientras se mece suavemente en una silla, tejiendo su mortaja. Y una más donde cuenta la historia simple y elemental de Nina, la niña que vendía animalitos de caramelo, un “pintoresco parque zoológico de almíbar”, según la descripción del autor. Los lectores de Cien años de soledad tienen presente que ese fue el negocio de Úrsula que le permitió ensanchar la casa con espacios amables, como el corredor de las begonias.

Hay unas cuantas columnas que llevan un subtítulo llamativo: ‘Apuntes para una novela’ y no van bajo el nombre de la columna, “La Jirafa”, ni van firmadas por Séptimus, el seudónimo tomado de un personaje de Virginia Wolf, sino por el autor con su nombre completo, Gabriel García Márquez. Una de ellas, por ejemplo, se titula “La casa de los Buendía”: “Cuando Aureliano Buendía regresó al pueblo, la guerra civil había terminado. Tal vez al nuevo coronel no le quedaba nada del áspero peregrinaje. Le quedaba apenas el título militar y una vaga inconciencia de su desastre”.

Hay columnas dedicadas al oficio, como en la que polemiza con Manuel Mejía Vallejo porque él considera, al contrario del escritor antioqueño, que uno de los principales defectos de nuestra literatura consiste en que no está sanamente influenciada por los grandes escritores como James Joyce, William Faulkner y Virginia Wolf. Hay otras en las que habla de Steinbeck, de Hemingway, de Proust, de Kafka, de Rabelais, de Capote, de Dos Passos, de Caldwell, de Malaparte, de Lorca, de Shaw. O de escritores colombianos como Luis Carlos López, José Félix Fuenmayor, Héctor Rojas Herazo y Álvaro Cepeda Samudio. En la de Cepeda Samudio, por ejemplo, retrata un escenario que el escritor volverá a utilizar en la novela, casi con las mismas palabras, para relatar la partida de Álvaro, uno de los cuatro amigos de Aureliano Babilonia y que no es otro que el mismo Cepeda Samudio.

Estas son las líneas de la columna: “Supe que Álvaro había visto todo lo que necesitaba de los Estados Unidos, porque ya tenía recuerdos norteamericanos. Ya se acordaba en cuatro líneas de las llanuras de Kentucky, cubiertas por una hierba azul inverosímil. Se acordaba de las ciudades apretadas a las orillas de los lagos, en Michigan. Se acordaba del sur negro y adolorido, como se había acordado –todavía sin conocerlos– de los barcos de Michigan, que se alejaban moliendo blues nostálgicos en sus pianolas”.

Y estas son las líneas de la novela, diecisiete años después, cuando todavía nada permitía presagiar que Álvaro moriría cinco años más tarde en una clínica en los Estados Unidos: “Álvaro fue el primero que atendió el consejo de abandonar a Macondo. Lo vendió todo, hasta el tigre cautivo que se burlaba de los transeúntes en el patio de su casa, y compró un pasaje eterno en un tren que nunca acababa de viajar. En las tarjetas postales que mandaba desde las estaciones intermedias describía a gritos las imágenes instantáneas que había visto por la ventanilla del vagón, y era como ir haciendo trizas y tirando al olvido el largo poema de la fugacidad: los negros quiméricos en los algodonales de Luisiana, los caballos alados en la hierba azul de Kentucky, los amantes griegos en el crepúsculo infernal de Arizona, la muchacha de suéter rojo que pintaba acuarelas en los lagos de Michigan, y que le hizo con los pinceles un adiós que no era de despedida sino de esperanza, porque ignoraba que estaba viendo pasar un tren sin regreso”.
Hay más columnas por supuesto en donde se pueden rastrear diversos elementos de sus posteriores obras de ficción, pero se extendería demasiado esta exposición.

Borrador de Cien años de soledad, libreta de notas o cuaderno de ejercicios, lo cierto es que las columnas de El Universal y EL HERALDO, un poco más de medio millar, constituyen una fuente de extraordinaria importancia para quienes quieren saber algo más del escritor colombiano, para quienes aspiran a conocer las costuras de su escritura, y así entrever, al menos, la prehistoria literaria de Cien años de soledad.

La conclusión es obvia, hay que dejar que las cosas maduren y perduren en la memoria –él lo ha dicho– sólo lo que perdura merece ser contado, y hay que tomarse el tiempo necesario para aprender a escribir cada una de las historias de los libros que el autor siente que tiene pendientes. En la misma entrevista con González Bermejo, García Márquez afirma: “…lo que hay entre ‘La hojarasca’ y ‘Cien años de soledad’ son unos quince años de fastidiarse mucho, de vivir mucho y de estar pendiente de esto todos los días tratando de ver cómo eran las coas.

Quince años de experiencia vital y de aprendizaje como escritor”.
Tal vez esta es la lección de García Márquez como escritor. En un país como este y en una época como la actual, en donde reina la improvisación en todos los niveles, en donde todos son expertos y opinan y pontifican sobre todo lo habido y por haber, en la radio, en la televisión, en las redes sociales, la lección de García Márquez es que no basta con el talento, que falta mucho todavía, que se necesita “cultura, técnica, experiencia…” Y a veces, incluso para los que tienen talento, adquirir eso toma veinte años. Conrado Zuluaga, 2013

Por Conrado Zuluaga

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