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Latitud 08 de Octubre de 2011

Ana Isabel está viva en el mural de su tumba

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En enero de 1957, Alejandro Obregón recibió el encargo de pintar un mural por parte del empresario Luis Alberto Santo Domingo en la población de Juan de Acosta, a la cual se llegaba en ese entonces serpenteando laderas y serranías, durante dos largas horas, desde Barranquilla por la vieja Carretera del Algodón.

Se trataba de honrar la memoria de la señora Ana Isabel Molina, madre de Santo Domingo, llevando sus restos, que estaban sepultados en la tierra, a un sitio especial. Ana Isabel había nacido el 26 de julio de 1899 y había fallecido el 19 de agosto de 1930. El mausoleo erigido por el amante hijo para honrar su memoria fue elaborado con un diseño arquitectónico traído de Barranquilla. Los enchapes de granito labrado fueron hechos por el afrodescendiente Carmelo Bernier, contratado para la tarea desde la vecina Cartagena.

Carlos Alberto Jiménez Arteta conoce bien la historia del mural, pues heredó un pequeño bar frente a la entrada del cementerio que sirvió de recinto de descanso a Alejandro cuando trabajaba bajo el ardiente sol de Juan de Acosta. Así que pudo entablar con el pintor alguna amistad en medio de las calurosas jornadas diarias. Sobre la historia del encargo señala:

“La finada Ana Isabel Molina demoró 40 años sepultada en la tierra. En una remoción de restos, la identificaron por el color de sus cabellos, que eran rojos. El hijo, Luis Alberto, mandó sacarla del suelo y metió en una urna los huesos y el cabello. La historia de ellos comenzó cuando la mamá de él, Ana Isabel, fue a trabajar donde un Santo Domingo en Barranquilla.

Uno de los hijos la enamoró y salió embarazada de Luis Alberto, que fue a la larga su único hijo. Este era dueño de Olas Inn, un balneario después de Santa Verónica; el edificio AutoLandia, que fue el primer parqueadero moderno de varios pisos en el Paseo Bolívar; del coliseo gallístico Pico de Oro y de la famosa hacienda La Carreta, ubicada entre Baranoa y Polonuevo”.

El fresco para el mausoleo costó $20.000 pesos, lo cual era una verdadera fortuna para la época. Según cuentan algunos, el nexo entre Obregón y Luis Alberto Santo Domingo fue posible gracias a Álvaro Cepeda Samudio, que sostenía fuertes nexos con esta última familia. Durante la etapa de pintura del mural, Alejandro se ensimismaba perdiendo la noción del tiempo en medio del sol abrasante, arrullado por el insidioso canto de las chicharras. Eso sí, según las personas que recuerdan aquella lejana faena pictórica, no permitía curiosos –“sapos”, les decía– en los alrededores.

Los ahuyentaba sin contemplaciones. Aunque a veces llevaba amigos que le permitieran sobrellevar con su presencia las largas horas de trabajo. Entre ellos, Alfonso Fuenmayor y Nereo López, quienes por costumbre hacían incursiones por pueblos cercanos como Tubará, subiendo la empinada cuesta donde se encuentra la iglesia del santo patrono de la población, San Luis Beltrán, para tomarse fotos en el atrio.

“Él llegaba a trabajar todos los días a las ocho de la mañana con un vestido overol”, recuerda Jiménez Arteta. “Se presentaba ya cambiado. Pintaba todo el día hasta las 4 de la tarde. No tenía ayudantes. Eso fue en un enero de 1957. Alejandro hizo amistad en esa época con el señor Ventura Molina, que era manquito de un pie. Ventura le conseguía agua, lo que necesitara, mientras estaba pintando”.

El mural tiene la figura de una mujer ángel con hojas verdes y secas en la cabeza, a manera de corona. Se encuentra vestida con una túnica verde, y tiene un rostro muy fileño, hermoso –algunos dicen que es Ana Isabel Molina– y lleva en su mano un estandarte que dice “Ana Isabel”. Es un ángel ‘femenino’, a juzgar por el volumen de sus senos, aunque estas criaturas celestiales no tengan sexo conocido. Atrás, en un fondo oscuro, resplandece una media luna.

Debajo, una franja marrón con el sello del pintor: Obregón. Detrás del ángel –o Ángela–, en un segundo plano oscurecido, se encuentra otra mujer; una mulata o morena. Sin alas. Parece un reflejo en las penumbras del ángel, o por lo menos eso dicen los lugareños costeros que significa. Tiene un brazo a un lado.

En la culata del mausoleo se encuentran los espacios para los ataúdes. Son seis en total, tres de los cuales están ocupados por los despojos de Ana Isabel Molina, su hermana María Molina, nacida el 3 de marzo de 1897 y fallecida el 3 de marzo de 1976, y el de Luis Alberto Santo Domingo, hijo y sobrino, nacido el 2 de noviembre de 1922 y fallecido el 9 de abril de 2004.

Era un buen hijo Luis Alberto. Carlos Jiménez lo recuerda mucho, “pues venía siempre a las efemérides de las madres, día de los angelitos, y traía bellezas de arreglos florales. Los cambiaba todos. Después, cuando sacaba los arreglos mustios, que eran de flores japonesas plásticas, las desechaba. Entonces decía: “Si a alguna persona le interesan estos arreglos de flores, que se las lleve para su casa”. Yo las lavaba y las colocaba en el cementerio, en la tumba de mi familia”.

El día que falleció Luis Alberto llegó su hija Isabella.  Jiménez Arteta recuerda que “limpió la bóveda y colocó ofrendas florales. Tiempo después vino con una maxifalda y sandalias. Caminó por todo el cementerio. Sin embargo, el que más venía era su hermano Nicolás. Una vez trajo como 60 personas de Estados Unidos acá. Comieron bollo con queso y butifarra”.

Qué jornadas aquellas las del pintor Obregón en el cementerio de Juan de Acosta pintando el mural de Ana Isabel Molina. A un costado del acceso principal del camposanto se encontraba una casa de paja, un bar pueblerino con el pomposo nombre de Licores El Rodadero, en donde Obregón descansaba del rudo sol tomando cervezas. Agua. Ingiriendo sus alimentos.

Mucho tiempo después, en la década de los ochenta, cuando andaba en sus continuos viajes entre Barranquilla y Cartagena en su desvencijado jeep verde aprovechando la puesta en servicio de la Vía al Mar, una insólita atracción lo llevaba casi siempre a desviarse en el ramal a Juan de Acosta, regresando a contemplar “su” mural. Soffy Arboleda, amiga del pintor y crítica de su obra, recuerda que en 1981, después de una presentación en la exposición retrospectiva en la galería Avianca en Barranquilla, viajaba en el jeep acompañada de Obregón y el pintor Antonio Roda: “Alejandro nos metía a los cementerios de los pueblos cercanos para mostrarnos los monumentos que había hecho muchos años atrás”.

No fue el único ni solitario viaje. Después, recuerda Carlos Jiménez, regresaría en otras oportunidades:

“Algún día vino Alejandro Obregón con unas hermanitas de la Caridad en una camioneta. Esa vez me preguntó por el club gallístico que estaba detrás, en el patio de Licores El Rodadero. Le dije que lo abandonamos porque se metía mucho guajiro a pelear. Le pedí una obra, como recuerdo de su amistad, y me dijo: “La próxima vez que regrese te la regalo”. Pero después se enfermó y murió. Me quedé esperando su pintura”.

Desde hace años, sostienen con vehemencia los vecinos del cementerio, no aparece por allí ningún miembro de la familia Santo Domingo Molina. Jiménez ostentó temporalmente las llaves del mausoleo como una especie de celoso vigía. Después, se las quitaron sin mayores explicaciones. Aún si las tuviera, no le serviría para abrir el oxidado candado que protege con un vidrio la obra de las inclemencias del tiempo.

El mural, abandonado a los elementos, resiente las ausencias. Los hongos atacaron su parte inferior, amenazando con extenderse en forma definitiva a lo largo y ancho de toda la obra. Según Isabella y Luis Alberto Santo Domingo, hijos y nietos de los sepultados en el mausoleo de Juan de Acosta, “muy pronto adelantaremos unos trabajos para recuperar el mural de la tumba que hoy comparten mi abuela y mi padre”. Además, aclaran que si bien el nombre de su finado padre era Luis Alberto, todos le decían cariñosamente Pipe, por ser hijo de Luis Felipe Santo Domingo.

De todos modos, el mural sigue allí, sobreviviendo el paso del tiempo y de sus inclemencias. Lo cual demuestra, además, la depurada técnica con la que fue pintado y que es motivo de orgullo y atracción turística para los nativos de Juan de Acosta. Allá llegan, invariables, siempre, las romerías de curiosos para ver en su cementerio un auténtico mural del famoso pintor Alejandro Obregón encarnando con sus pinceles el misterio de la hermosa Ángela Ana Isabel.

Ella es como un ángel verde. “Mi ángel”, como la llamaba Obregón.

Por Adlai Stevenson Samper
 

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