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Latitud 24 de Septiembre de 2011

Al final del sueño, la tragedia ya está escrita

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Pero el mal sabor no tiene su origen en estos y otros recuerdos de su relación con Malena. Cuando viene caminando hacia su casa, en la última hora de la tarde y a media cuadra de distancia, ve los autos de la policía, se convierte en el amago de un vómito que ha esperado años para brotar de sus entrañas.

En la puerta del edificio, un tumulto de curiosos forma un semicírculo. En ese momento siente un irreprimible deseo de huir, casi puede escuchar los latidos de su corazón emergiendo del pecho, cuyas pesadas compuertas se abren y se cierran como un fuelle oxidado; un sudor frío le acobarda el cuello, millares de animalillos deambulan por su piel, y siente que unas garras poderosas quieren arrancarle un tumor que está enquistado en su estómago.

Lo que ha sucedido ya sucedió antes, sucedió desde el vientre materno, desde el instante en que sus padres lo concibieron, quizá en una tarde de ocio. No está seguro de caminar sobre sus piernas, pues empieza a sentir que entre sus pies y el piso hay una distancia sideral recorrida apenas por un hormigueo de estrellas diminutas. Sabe lo que le espera, pero saberlo no le concede ninguna tregua a su angustia; por el contrario, la empeora hasta la parálisis, como un condenado a muerte no se tranquiliza porque esté informado con precisión acerca de la forma en que lo van a ejecutar.

No obstante, sin ninguna fe, se dice que él no tiene nada que temer y, acelerando la marcha, llega hasta la multitud, se asoma entre el montón de cabezas, y ve el cadáver ensangrentado y semidesnudo de la muchacha. Siente mareo y otra vez ganas de vomitar, las imágenes se le borran de la vista y, cuando regresa de su desmayo, ve en torno suyo los rostros de los policías.

Uno de los agentes, que denota una expresión de resentido social en la manera como frunce los labios, le pregunta si conocía a la muchacha. El afirma que solo la conocía de vista, pero que jamás habló con ella. Entonces el policía le muestra el dibujo, que Santiago llevaba enrollado entre los planos cuando sufrió el desmayo:

–Y esto, ¿qué significa?

Y en ese momento siente que su delito, y también su condena desde ahora y para siempre, es haber pintado ese retrato, un ingenuo delito que nadie, salvo él mismo, habrá de entender. Pero, ¿será cierto que él es capaz de explicarse a sí mismo, y explicarles a otros –pero si nunca ha estado seguro de que los otros existen– por qué puso tanto empeño en dibujar el rostro de una muchacha que ni siquiera conocía? No lo sabe, pero sí está seguro de que no podría explicarlo con palabras normales –con las palabras que usamos para decir “buenos días” o “¿cómo te fue hoy”–, que ese tipo de palabras, por más que las reordenara de una manera por completo distinta a la que estamos habituados, no le alcanzarían para trazar nada distinto de una caricatura, que serían por tanto una blasfemia, un escupitajo, lanzado sobre una imagen sagrada.

–Eso no significa nada –le contesta al agente, quien parece estudiar bajo la lente de un microscopio la menor reacción de Santiago, cuya actitud le ha parecido harto sospechosa.

Todo esto sucede en la puerta del edificio, donde en ese momento llega Manuel en su lujoso vehículo, acompañado de Malena. Con ademanes de gran señor, Manuel inquiere al agente la razón por la cual está interrogando a su hermano, con arrogancia sostiene que si es preciso él llamará de inmediato a su abogado, o al Fiscal regional, que es su íntimo amigo. Malena parece indiferente y desdeñosa. El policía dice que él no está interrogando a nadie, que el señor puede irse, pero que, eso sí, debe estar dispuesto a presentarse para rendir indagatoria cuando se requiera.

Ya en el apartamento, Manuel le recrimina a su hermano la puerilidad de haberse desmayado, que lo hace parecer como sospechoso de un crimen que no ha cometido.
–Porque tú no tienes nada que ver con eso, ¿verdad?

Santiago no tiene ánimos ni para contestar, porque está muy afectado por el asesinato de la chica. Aunque “afectado” es una palabra inocua; más preciso sería decir que Juan Santiago El  Bautista de la Santísima Trinidad –como lo bautizó su madre en un arrebato de locura, que no sería el último– jamás volvería a ser el mismo, que su vida había quedado escindida en dos partes: antes y después de la muerte de la muchacha. Pero no puede dejar de recordar que muchos años atrás, después de que le contara a Manuel sobre su idilio con la alemanita rubia, esta última había aparecido muerta en un monte cercano al Colegio Buen Consejo. No se culpa por esa tragedia lejana, tampoco culpa a su hermano; sencillamente lo recuerda.

Y en ese instante también se pregunta qué hacía Malena en el auto de Manuel. Con la imagen bien ganada de seductor que tenía su hermano, cualquier sospecha en este terreno sí era legítima. Cuando mira a Malena se percata de que los gritos y las peleas le habían hecho olvidar ese atractivo animal, casi obsceno, más allá de su delgadez sin sentimientos, que ostentaba su mujer, atractivo que lo llevó a casarse con ella a pesar de no tener nada en común, o casi nada más allá del sexo. Pero en los últimos tiempos ni siquiera el sexo los unía, pues Malena lo había herido tanto que él había perdido hasta el deseo de acostarse con ella. Y pensó también que a Malena le hubiera gustado estar casada con Manuel, el hombre de éxito de la familia, y no con él, el fracasado. Cuando Manuel se marcha, después de recomendarle que no se meta en líos, pensando que ya no verá más a la muchacha, Santiago se queda dormido.

Sueña que está haciendo el amor con una mujer bellísima, que a veces tiene el rostro de la adolescente muerta, otras el de su esposa y, por último, el de Milena, la secretaria de Manuel. Entonces, al final del sueño, aparece entre el humo una anciana con la cara idéntica a la de su madre, quien le dice: “Pobre de ti, Juan sin tierra, Juan sin miedo, Juan sin nombre, Juan sin nada. Tu tragedia ya está escrita”, y después se ríe a carcajadas, con una risa humillante que hiere como infinitos cuchillos de aire sobre una piel erizada por un miedo atávico.

El cuchillo brilla en la bruma del sueño, y Santiago se ve matando a la mujer que es su esposa y es la muchacha muerta y es la secretaria de su hermano. “¡Yo no fui, yo no fui!”, se despierta gritando. En la penumbra, se levanta con la punzada de un dolor eléctrico en la base de la columna vertebral, y camina, como en estado de hipnosis, hasta la diminuta habitación que le sirve de estudio. Allí, sobre la mesa de dibujo, extiende el retrato de la muchacha y lo observa con delectación de artista. En seguida toma un lápiz y se da a la tarea urgente de perfeccionar su obra, como si ese trabajo fuera lo único valioso que tenía por hacer en esta vida. Una obra que, de alguna manera que no resulta clara ni para él mismo, le daba sentido y esperanza a su existencia vacía.

Santiago trabaja toda la noche en el retrato, estimulado por una excitación febril y un no menos intenso pavor de terminarlo. Siente que cuando acabe de dibujar se acabará su vida, esa vida que ha sido de todos menos de él mismo. Ya empieza a clarear cuando se detiene. Con unas tachuelas pega el pliego de papel sobre una cartelera de corcho, se aleja unos pasos hacia atrás para observarlo mejor y se lleva entonces el susto más grande de su vida. ¡La muchacha está observándolo!

Por Diego Marín Contreras

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