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Latitud 24 de Noviembre de 2012

¡Ajá, Ernest!

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Ernesto llegó a mi vida y a la de muchos, gracias a sus dos armas letales: su pluma y su simpatía.

A mediados de los noventa entró a QAP, importado desde Barranquilla como presentador de noticias. No fue ese su oficio más acertado. Un costeño trotamundos, gigante, reportero de calle y polvo, no cuadraba encerrado todas las noches en la jaula de un estudio de televisión. Sudaba tanto que necesitaba a su lado siempre un ventilador portátil del tamaño de un teléfono.

Pero eso fue lo de menos. Lo demás fue que pudo seguir con sus crónicas y que pudimos trabajar juntos para que esas piezas maravillosas, algunas de televisión y otras de prensa, se volvieran libro. Así surgió su primer libro, Las crónicas de McCausland.

Eran tan visuales que cuando tuve el honor de revisarlas, me atreví a decirle que casi todas podrían ser películas. Se animó y escribió el guión de El último Carnaval.

Por fortuna –aunque las cosas no se ven igual cuando ocurren–, su proyecto de presentador no cuajó y fue repatriado a Barranquilla.

Un poco golpeado, cambió el rumbo y se fue a estudiar a California. Se fue a aprender a hacer cine sin plata.

Para su primera película tocó las puertas de muchas estrellas de la televisión, a las que quiso venderles la idea del cine independiente. Solo un gran actor cubano, Jorge Cao, se la compró.

El último Carnaval fue una odisea que le dejó dolores y satisfacciones, y una gran mujer a su lado. La actriz Ana Milena Londoño que, gracias a la negativa de una figura nacional para trabajar en la cinta, se convirtió en protagonista de su ópera prima y de su vida.

Fue siempre un escritor visual. El primero de los periodistas multimedia. Aprendió a grabar y a editar sus propios reportajes con una pequeña cámara. Supo antes que todos para qué servían los celulares y el Internet. Era un gran locutor de sus propias narraciones. Su voz y su ritmo eran su sello particular. Nadie podría leerle sus textos como él mismo lo hacía.

Ernesto siempre tenía que escribir algo y siempre tenía algo para escribir. A los demás nos sucede que tenemos que entregar un texto y no sabemos qué decir, o que tenemos mucho para contar y nadie nos publica. Él mandaba sus artículos para todos lados y de todas partes se los reclamaban. Si no, ahí tendría un libro, una película o un blog para desahogarse.

A pesar de ser tan grande, parecía un Gulliver a la hora de acercarse a la gente más sencilla. Sabía hablar con niños, viejos, campesinos, travestis, campeones, fracasados, divas... Todo el que le contara una historia. Desde la empleada de un almacén que publica un aviso en el periódico informando que sigue siendo virgen, hasta el hombre que a fuerza de disfrazarse de Drácula en los carnavales, termina creyéndose vampiro.

Alguna vez viajé con él por el Magdalena hacia Mompox. De pronto se me perdía. Luego lo encontraba en una tienda, rodeado de viejos que jugaban dominó y conversaban. Le tomé una foto y describí esa acción como una de sus preferidas: estaba “costeñiando”. Una forma distinta de decir que estaba oyendo y capturando historias.

Ernesto era un administrador de amigos. Distribuía su tiempo entre las personas que quería ver y con las que quería pasar el tiempo, mucho o poco, que tuviera. A veces me llamaba y me decía: “Voy a Bogotá, tengo de 9 a 11 de la noche para verte, reúneme un grupo de personajes de la época QAP y vamos a comer”.

–¡Ajá, Ernest!, ¿cómo se te ocurre? Tienes que darnos más tiempo.

–No puedo, tengo que escribir una columna y mandarla a medianoche.

Pero no siempre quería estar en grupo. Era capaz de trasladarse de Barranquilla a Bogotá solo para pasar un fin de semana con su amigo necesitado de compañía o de hacer que ese amigo fuera a su casa para dedicarle todas las horas. Así pasamos largos ratos paseando por Bocas de Ceniza, o por Ciénaga o por La Guajira.

Un día llegué a Barranquilla con la idea de internarme unos días en un hotel de la Sierra Nevada. No podía aceptar que yo me quedara solo. Con Milena fueron a llevarme hasta la puerta del hotel y me recordaba: ¿seguro te quieres quedar? Ven con nosotros.

Ernesto le dedicaba minutos o días a sus amigos, y cuando ese tiempo no le alcanzaba, hacía que amigos de una y de otra época se juntaran. Pero que nadie se quedara por fuera. Así, en los partidos de la Selección o en los Carnavales de las Artes de Fiorillo confluíamos en su casa personajes de todas las tendencias que en otras circunstancias tal vez no nos reuniríamos.

Me consta de decenas de personas que no podían pasar por Barranquilla sin ver al menos un rato a Ernest o a Maca. Y él los veía a todos. Como editor de EL HERALDO optó por llevar a quien fuera llegando, a desayunar con su grupo de redactores.

Creyendo que podría estar en muchas partes simultáneamente y quedando bien con todo el mundo, en el Mundial de Alemania 2006 hizo una locura: era enviado de Caracol Radio, dejó sus informes grabados y se embarcó en un día en el recorrido Fráncfort-Bogotá-Fráncfort para cumplir un compromiso.

Obviamente semejante operación no pudo quedarse en secreto y le generó problemas con sus jefes de entonces.

Es una paradoja de la vida que Ernesto supiera expresarse por todos los medios y tocara todos los sentidos y al mismo tiempo, cosa que pocos sabían, tuviera dificultades para oír, además de su necesidad de usar lentes.

Esas secuelas que quedaron de su primer cáncer no le impedían escuchar lo que necesitaba. Yo me sorprendía de que fuera capaz de entenderle perfectamente a un viejito costeño que hablaba con letra pegada y a mí me hiciera repetirle mis palabras.

¿Era Garciamarquiano? Seguro. Y creo que a mucho honor. Pero en su caso había una gran diferencia con respecto a otros de esa corriente. En la disciplina y en la sobriedad. Veía la rumba como un momento de relajación y goce. Pero solo eso. Un momento al que seguían y precedían muchas horas de trabajo.

El año pasado me invitó en Barranquilla a ver privadamente la edición final de su última película. No usó la táctica de ofrecerme whisky para que hablara maravillas de su trabajo. Por el contrario, después de dos horas de encierro en su Esquina del Cine, con su Mile de siempre, me llevaron a comer helado. Igual el documental era espectacular.

Ernesto ha sido el más polifacético, el más prolífico y el más pródigo de los periodistas colombianos.

Le dieron tarde su Premio Nacional de Periodismo a la Vida y Obra, pero no porque no lo mereciera, sino porque nadie hubiera creído que se iría tan temprano. No supe si alcanzó a disfrutarlo porque en los últimos días habíamos optado por ese silencio cómplice de amigos, cuando no hay nada qué decirse frente a la adversidad.

Infatigable en el oficio creó una página web para dejarnos su testamento intelectual. Sus creaciones. Nos pidió a algunos amigos que le enviáramos textos inéditos. Y nos completó el honor de pertenecer a su baúl de afectos, con unas pocas palabras para cada uno.

Él supo muchas cosas de mí pero hubo una que no me explico por qué no le conté. Tal vez porque no me atreví a hacerlo con nadie, salvo con mi hijo, temiendo que me creyeran loco. En un parque de la calle 102 con carrera 18 de Bogotá hay tres árboles grandes. Yo los adopté como mis amigos y varias mañanas fui a abrazarlos y a hablarles de lo que me pasaba.

Les puse los nombres de mis mejores amigos. Uno de ellos se llama Ernesto. Es alto, fuerte, firme, amoroso y muy inteligente.

Por Darío Fernando Patiño

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