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Latitud 08 de Noviembre de 2015

Adoptando posiciones

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Foto: Shutterstock

El reciente fallo de la Corte Constitucional que aprueba sin restricciones la adopción a parejas del mismo sexo ha despertado polémica en Colombia. El autor, desde su condición homosexual, habla sobre diversas aristas del tema.

John Better @johnbetter69
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El pasado 4 de noviembre, la Corte Constitucional, en su sentencia C-683/15, determinó que las parejas del mismo sexo están habilitadas para adoptar. Para ello tuvo en cuenta una serie de puntos como el hecho de que constitucionalmente la orientación sexual de una persona, o su sexo, no son por sí mismos indicadores de falta de idoneidad moral, física o mental para aspirar al proceso de adopción de algún menor. También la Corte tuvo en cuenta que según sesudos estudios científicos y las pruebas aportadas en este proceso se demostraba que la adopción por parejas del mismo sexo no genera afectaciones en el desarrollo integral de los niños.

Este aparente parte de victoria fue celebrado por la comunidad LGBTI de inmediato. Voces de júbilo se hicieron escuchar en los medios televisivos, radiales y todo tipo de redes sociales. Por su parte, la oposición hizo lo suyo. La Iglesia Católica salió al ruedo con un séquito de sacerdotes y monseñores que, aunque respetaban a la comunidad en cuestión, no compartían la idea de que un pequeño se criara en este tipo de familias «diversas», que a su parecer atenta tremendamente con el modelo de familia tradicional, donde un padre y una madre son el pilar fundamental y apropiado para que el niño pueda edificarse.

Además de la ya esperada posición de la Iglesia, radicales movimientos políticos como el uribista y algunos miembros de Cambio Radical y el Partido Conservador, entre otros, arremetieron contra la decisión de la Corte, instando a un referendo donde sea la sociedad colombiana quien decida este tipo de leyes.

Para quienes pertenecemos a la comunidad LGBTI, este tipo de decisiones despiertan todo tipo de reacciones. Lo extraño de esto es que, por un lado la Corte le niega a algunos de nuestros miembros la posibilidad de lo que se conoce como «matrimonio gay», pero por el otro lanza esta bomba de tiempo con la sentencia sobre la adopción, la que –particularmente pienso– no es más que una cortinilla de humo que no tardará en disipar el procurador Ordóñez con sus implacables sentencias religiosas.


La decisión de la Corte Constitucional les abre la puerta a los gais para adoptar y criar a un menor de edad.

Es preciso señalar un par de cosas con respecto a este polémico tema. La primera es que gran parte de los que hacemos parte del colectivo homosexual del país no estamos interesados ni en asuntos como el mal llamado «matrimonio» y mucho menos en la adopción de niños. Algunos pensamos que tal normativización no es más que una pose aburguesada por parte de algunos militantes LGBTI que pretenden «normalizarse» dentro de una sociedad que siempre nos ha visto como unos desviados que no merecemos respeto alguno. En la actualidad, dentro del mismo gueto gay existen brotes de endofobia, donde los gais que exigen los derechos en cuestión miran a quienes no los necesitamos con más odio que los mismos que predican la homofobia.

Aun así, es respetable el deseo de ellos por tan noble acción como la de criar a un niño desvalido, y si hay alguien idóneo para ello dentro de esta diversa sigla que nos identifica son gente como ellos, quienes han dado ejemplo de conformar relaciones y hogares estables en los que se cansaron de sepultar mascotas a quienes consideraban amorosamente como sus propios hijos.

Tienen que entender que la homosexualidad no es una conducta aprendida o una rara enfermedad. Es una expresión natural de algunos seres humanos. Todos venimos de hogares heterosexuales, algunos de estos llenos de amor y comprensión, otros, unos verdaderos infiernos.

Muchos de esos niños del ICBF, criados o no por parejas heterosexuales u homosexuales, serán gais, lesbianas, bisexuales, intersexuales o transgéneros, nada evitará tal cosa. Someter la decisión de la Corte a un referendo es hundirlo, la sociedad colombiana es la más intransigente de todas: «Prefieren tener un hijo ladrón a uno gay». Hay que brindarles a esos niños la oportunidad de un hogar, aunque la adopción sea solo un gusto adquirido que beneficiará a solo unos pocos. Es un proceso riguroso, complejo, no se van a entregar niños como si fueran rosquillas. Así que no hay nada por lo que temer, el proceso de adopción seguirá siendo en Colombia una exquisitez, como el caviar beluga o los diamantes, cosas a la que pocos tendrán acceso. Y eso no está mal, los niños merecen lo mejor.
 

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