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Gente Hey! 29 de Octubre de 2015

El transporte urbano, un ‘peso’ insoportable

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Foto: Nathi Frank

Relato de una joven universitaria que atraviesa una ‘apretada’ situación al cargar su máquina de escribir en el transporte público.

Linda Aragón
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Tenía que representar al escritor estadounidense Ernest Hemingway en una clase de redacción periodística. Era importante que la obra teatral resultara lo más real posible. Ese día salí con la vestimenta desde mi casa: camisa blanca, pantalón negro, barba postiza, bufanda marrón, fajón y zapatos oscuros. Además, cargaba con algo que en la actualidad simboliza una extrañeza o un artefacto del olvido. Su peso limitaba mi andar, por eso me detenía en cada esquina para tomar aire y recobrar gallardía, antes de abordar algún vehículo de Transmetro.

Eso que cargaban mis manos era un regalo que hizo mi abuelo Héctor a mi madre en sus tiempos académicos de la primaria. Tal aparato de antaño provocó cuchicheos, chiflidos, abucheos y carcajadas en el bus. Parecía que la comedia había empezado desde que salí a la calle.

Por donde caminaba, habían miradas siguiéndome. Se trataba de instantes incómodos e inexplicables, ya que las personas no se impactaron por el vestuario, sino por lo que yo sujetaba desesperadamente. Lo que yo cargaba para muchos era un estorbo ambulante, robaba espacio y era un oprobio colectivo.

El sistema de transporte va copado en horas pico. Sin embargo, entre tantos cuerpos embutidos en un mismo lugar, un hombre que estaba sentado rompió el silencio y dijo: “venga, mija, yo le llevo eso”. Acepté y seguí de pie.

Después de bajarme, me sentí despejada y liviana. Me estiré, miré mis manos y pensé en que algo me hacía falta. Y así era, olvidé aquello que traía. Entonces, me devolví y me di cuenta de que ahí estaba el aparatejo, arrumado a un muro de la estación Joe Arroyo. Claro, porque nadie se robaría una máquina de escribir. ¿Quién se la llevaría corriendo? Nadie. Un teléfono sí, pero esa reliquia solamente generaba ceños fruncidos y asombros notorios.

Vivimos en una sociedad insegura y escandalizada. De manera que es importante resguardar lo que llevamos encima, esto en un tris se esfuma. Con la anécdota anterior, queda constatado que los objetos del pasado se instalan en el pasado.

Hoy por hoy, hay cosas que han perdido su valor, arrinconando con ellas la utilidad que alguna vez proporcionaron. Son pocos los que hacen uso de las máquinas de escribir, como los transcriptores que se ubican en el Centro Histórico de Barranquilla o los escritores que todavía encuentran su esencia a través de la complicidad que les brindan a sus inspiraciones y del sonido inigualable que surge al hundir sus teclas.

Un tema del día a día. Subir, todas las mañanas, al sistema de transporte público es una “odisea”. Linda Aragón lo ratifica en este relato urbano que realizó y quiso compartir a todos los lectores de la revista Hey!

Opinión personal

A diario tomo el servicio de Transmetro. Esto  me da la experiencia para decir que la falta de flota de buses en la ciudad es evidente. Soy una usuaria que tiene contratiempos en horas de las mañana por la tardanza de los vehículos y esto retrasa mi entrada a clases en la universidad Autónoma del Caribe, donde estudio. Esta es mi realidad diaria sustentada en los aprietos y correndillas en el sistema de transporte público de la ciudad.

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