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Temas del Padre 01 de Julio de 2011

Una pareja real también puede ser ideal

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Me escribe una mujer y me pregunta, ¿hasta dónde tiene que aguantar las humillaciones de su esposo por no hacer que se matrimonio se acabe? Su pregunta me genera dos reflexiones que quiero compartir con ustedes, -estoy seguro de que esta pregunta se la hacen muchas personas, sobre todo creyentes- que tienen claro que el matrimonio es para siempre. El matrimonio se funda en la exigencia de eternidad que tiene el amor en sí mismo para plantearse como una institución. Es decir, el no al divorcio en el matrimonio católico es consecuencia de la estructura misma del amor que pide eternidad, ¿o ha visto usted a algún amado que diga a su amada: prometo amarte por tres días y dos horas?, o más bien lo ha visto usted decir: ¡mi amor, te quiero amar para toda la vida, para siempre.

Comprendo que es necesario ser una persona comprometida y dispuesta a dar lo mejor en la relación de pareja y de familia. Tengo claro que nadie puede construir un hogar sólido sino es a partir del sacrificio, el esfuerzo y un denotado compromiso. Es más, creo que una de las causas de tantas separaciones hoy es que las personas que forman la pareja y la familia no están dispuestas a luchar y a dar lo mejor de sí. Es más, creo que algunos hasta conforman pareja más dispuestos a separarse que a dar todo para que funcionen. Se expresan en términos de: “si esto no funciona me separo” lo que deja ver que no están dispuestos a dar las batallas que requiere el convivir con otra persona.

Los dos tienen que luchar por la pareja y porque el clima en ella sea el mejor. Los dos tienen que abrirse al otro de tal manera que los pueda conocer y amar libremente. Así como deben ser capaces de entender que existen espacios íntimos de cada persona que hay que aprender a respetar y valorar.

Tiene que aprender a amarse con total decisión, haciendo que ese amor sea lo más explícito posible a través de palabras, detalles, acciones claras y concretas. No hay pareja exitosa si no hay una buena comunicación como un compromiso de los dos, ambos tienen que aprender a hablar y a escuchar, a ser capaces de interesarse de manera diáfana por el otro.
Pero si bien es cierto esto. También tengo que decir que no es aconsejable sostener un matrimonio en el que hay excesivas falta de respeto, humillaciones constantes, inconsciencia frente a los problemas –negación de cualquier solución- e incapacidad para resolver los conflictos que se tienen de manera adecuada.

Soy un defensor del matrimonio; pero para ello es necesario que los dos quieran y estén dispuestos a dar lo mejor en él. No puede una persona sostener una relación con alguien que no la ama, que no la respeta y que, sobre todas las cosas, la humilla y la maltrata.

El amor tiene que notarse, que hacer vida, que expresarse en acciones; no puede ser un decir balbuceante en momentos en los que se quiera hacer acampar la tormenta. Donde hay maltratos –emocionales, psicológicos y sexuales- no creo que se pueda sostener una sana relación de pareja; ni creo que puedan ser verdaderamente felices sus miembros.

Donde hay humillación e intención –consciente o inconsciente- de hacerle daño a la otra persona; no puede existir una relación matrimonial sana por la que se pueda luchar. También aquí hay que aprender a decir: ¡Basta! ¡Me duele, voy a sufrir con mi decisión, pero no puedo seguir sosteniendo esta relación tan dañina!

Sigo pensando que donde hay verdadero amor no hay ninguna de estas situaciones y sí un compromiso por sacar adelante la relación, y creo que este matrimonio es eterno, es decir, para toda la vida. GC

Por Padre Alberto Linero

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