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Temas del Padre 15 de Febrero de 2020

Mis amigos

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Alberto Linero
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Nada más emocionante que encontrarnos con amigos a los que tenemos mucho tiempo sin ver. Es bueno volver a escuchar sus voces, ver sus gestos, compartir las ideas y ser capaces de volver a “mamar gallo”. La tecnología nos ha permitido estar en contacto a pesar de las distancias, pero no ha podido remplazar lo que el encuentro personal y el contacto físico nos dan. En estos días estuve en el Carnaval de las Artes en mi Barranquilla, una excelente propuesta cultural que nos hace Heriberto Fiorillo, y pude volver a encontrarme con muchos amigos que hacía rato no veía, aunque nos habíamos cruzado mensajes por WhatsApp. Fue una oportunidad para reconocerme en las experiencias del ayer, ahora que vivo en Bogotá. Creo que necesitamos cuidar la amistad y no dejar que las relaciones se enfríen y se marchiten. Esto me hace reflexionar, para ello propongo cuatro actitudes:
 
1- Siempre hay que tener espacios para hablar con los amigos. El silencio no es bueno para la amistad. Hay que saber encontrar los instantes para hacerles sentir lo que sentimos por ellos, y todo lo que su presencia en nuestra vida nos da. Hay que dedicarles tiempo para que el compartir haga crecer la relación. Llamarlos sin tener nada que decirles, simplemente para recordarles que los queremos y que estamos atentos a sus vidas, es necesario. Cuando el mundo era distinto, recuerdo las cartas de los amigos escritas a mano y atravesando el océano para traer la amistad en forma de letras y frases.
2- Ser colaborativos. La amistad nos hace estar unidos por el querer ayudarnos. No es una relación interesada, pero nos aportamos todo lo que podemos. La verdadera, es esa en la que uno puede contar con los verdaderos amigos en todo momento. Son esos que uno llama y siempre están ahí para ayudar, no importa la hora ni lo que uno necesita. No olvidaré, por ejemplo, que un día en el que estuve enfermo y solo en la clínica Santa Fe de Bogotá, Beto Vargas, un amigo de toda la vida, dejó todo para acompañarme y cuidarme en esa débil situación. 
 
3- Hay que saber celebrar con ellos. Hay que inventarse rituales existenciales que hagan tomar conciencia de lo sublime de la amistad. Reunirse por el placer de hablar, de cantar, de reír y de compartir la vida misma. Esos momentos tienen que ser especiales, no por extraordinarios, sino por lo emocionantes que son. A mí, por ejemplo, me gusta jugar dominó con algunos amigos y son momentos de plenitud por los relatos de anécdotas, las nuevas noticas de la ciudad y la mamadera de gallo que se forma.
 
4- En mi caso la experiencia espiritual tiene que estar presente. No como una imposición ni como estricta participación religiosa en el mismo credo, sino como una posibilidad de trascender y de encontrar sentido a la vida misma. Nunca impongo mis experiencias espirituales a nadie, pero siempre estoy dispuesto a compartir el sentido que nos da el trascender a lo inmediato, útil, material y valioso económicamente.

 Definitivamente gozo la amistad y hoy públicamente doy gracias a los amigos que tengo y pido al Dios de la vida que los haga felices y plenos para verlos siempre. 

@Plinero 
www.elmanestavivo.com
www.jai.com.co
 

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