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Temas del Padre 16 de Marzo de 2012

La palabra de Dios, mi historia de salvación

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Hay un relato fascinante en el capítulo 12 del Libro Primero de Samuel. El profeta Natán está frente al gran rey David. Y de un modo magnífico se nos narra cómo David escucha una historia del profeta en la que el dueño de un gran redil le quita la única oveja a su pobre vecino, sólo porque le pareció más bonita que todas las suyas. Y el texto muestra cómo el rey arde en cólera cuando el profeta Natán contaba del hombre rico –aquel mal hombre rico- que se había robado oveja del pobre.

Y así, mientras el profeta contaba su historia, el rey se enardecía en ira contra sí mismo, sin saber que era contra sí mismo, y juzgaba lo injusto de su actuación, sin saber que era suya. Después de desaforarse en su sentencia, de desear un castigo merecido y ejemplar para el infractor desconocido; después que su propia sensación de justicia señala el injusto proceder del desconocido… es cuando el profeta le estalla en la cara una acusación tan simple como grande la sentencia del rey: ¡ese eres tú!

Pues bien, es muy cierto que tenemos una medida para nosotros y otra para los demás. Nuestros errores son dignos de comprensión pero los de los demás son inaceptables. Y la misma creatividad con la que buscamos lógicas y argumentos para demostrar nuestra inocencia, buena intención o atenuantes frente a las equivocaciones que tenemos, no es la que usamos para comprender el error de los otros.

Ese relato bíblico nos muestra que esa actitud la tenemos muchísimas veces. Somos implacables para juzgar a los otros; pero cuando nos equivocamos esperamos que nos entiendan, que nos perdonen. Una vara para nosotros, otra para los demás. La ley del embudo que llaman, siempre con el lado ancho para mí. Por eso me encanta leer la Biblia, porque me retrata, porque me sirve de espejo para ir creciendo.

A la Palabra no le interesa contar vidas ajenas por el simple hecho de contarlas. No puedes quedarte en lo accesorio de los relatos, sino que tiene que debes acudir a lo fundamental, a lo importante para tu vida de fe. ¿Qué le añade a mi fe que el arca de Noe haya sido cedro, carreto o varitas de matarratón? Ahora, entender que Dios siempre me pide que me convierta en artesano de mi propia arca, que me pide que construya lo que será mi instrumento de salvación, que me invita a permanecer sano en medio de un ambiente insano; eso es fundamental, eso me ayuda a salvarme.

Saber que Dios está hablándome a mí, que la historia habla de mí y de mis procesos interiores, que el Señor quiere decirme cómo vivir según su voluntad y que las tentaciones están tratando de captar mi atención y hacerme actuar alejándome de mi mejor yo, que es lo que Dios quiere lograr de mí. Por eso me encanta la Biblia, porque es mía, porque está hecha para mí, porque tiene una Palabra que me toca y que me invita, que me reta a ser mejor persona todos los días, que me conoce y sabe que tengo limitaciones, pero que también sabe que en medio de mis problemas Dios es más Dios y su brazo rompe en dos el mar del miedo, me conduce en medio de mis desiertos hasta que lleva a una tierra que mana leche y miel y que debo conquistar para mí.

Por Padre Alberto Linero
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