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Temas del Padre 07 de Noviembre de 2020

Empáticos y compasivos

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Alberto Linero
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No tenemos que pensar o creer igual. Me emociona darme cuenta que hay mucha gente que piensa, cree y vive muy diferente a mí. Me alegra saber que cuando algunos dicen “nosotros”, yo no quepo allí. Creo que es necesario vivir en medio de los desacuerdos y que la confrontación dialéctica de ideas, impulsa nuestro desarrollo personal y social. No me asusta la polarización, pero sí que crean que la única manera de controvertir con el “otro” es la violencia, en cualquiera de sus formas, y que defiendan que “silenciarlo” o “eliminarlo” es la mejor manera de resolver la cuestión.

Lo grave no es tener visiones distintas del papel del Estado o de la manera cómo se debe proponer el desarrollo, sino creer que toca imponer “como sea” la propia visión. Me gustan los debates con algunas personas con las que tengo discrepancias, y me encantan los argumentos untados de ironía, eso sí, nunca me siento “su enemigo” porque su cosmovisión esté lejos o sea opuesta a la mía. Lo que sí extraño, es la empatía como puente que zanje el abismo que las posiciones ideológicas generan, ya que al fin y al cabo los dolores, el hambre, la depresión, etc., son emociones iguales en los hombres, sin importar sus posturas políticas o religiosas.

Uno de “derecha” tiene los mismos dolores que uno de “izquierda”, el hambre de un ateo es la misma que la de un religioso. Esto es, necesitamos entender que hay algo que nos une totalmente: la humanidad. Cuando pasamos por alto esa identidad, todo está perdido y terminamos actuando como no-humanos (no me atrevo a decir como animales, porque realmente creo que ellos actúan mejor) destruyéndonos. Pero no basta con la empatía, sino que se hace necesaria la compasión, que creo es la emoción más espiritual que tenemos y que cuando no está presente en un religioso, es porque este no conoce a Dios. Karen Armstrong  la entiende así: “La compasión requiere que mires dentro de tu propio corazón, descubras lo que te da dolor, y luego te niegues, bajo cualquier circunstancia, a infligir ese dolor a alguien más”. En este sentido, implica un movimiento dinámico de amor hacia el otro, esforzarnos porque esté bien. Creo que allí es donde se muestra la bondad. Nadie es bueno porque argumente bien, porque sepa destrozar los argumentos del otro o porque elimine al “malo”; somos buenos cuando somos empáticos y compasivos con todos. 

Mucha de la gente que se declara “buena”, tiene lógicas tan violentas, sectarias y destructivas como aquellos que señalan de “malos”; esto es, son iguales a ellos. La solución en nuestra sociedad no está en que uno de los “bandos” desaparezca –insisto en que se necesitan para desarrollarse-, sino en que nos lancemos a tener acciones en las que el amor no se quede en palabras hermosas y discursos dulzones, ni en una estricta relación con los “nuestros”, sino que sea una praxis con todos. “Cuando las cosas se ponen difíciles, ¡es el momento de ponerse a trabajar! Ninguno de los grandes héroes de la compasión - Confucio, Laozi, Hillel, Jesús, Mahoma o Buda- vivía en sociedades pacíficas e idílicas. Al contrario, vivían en tiempos turbulentos como el nuestro, donde la violencia y la codicia habían alcanzado un auge sin precedentes” (Karen Armstrong). Ser empáticos y compasivos es nuestra tarea diaria. 

@Plinero 
www.elmanestavivo.com
www.jai.com.co

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