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Temas del Padre 02 de Diciembre de 2010

El regalo es tu felicidad

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Dios nos ama y nos quiere felices. Esa es la certeza que tengo en mi corazón fruto de mi relación diaria, íntima e intensa, con Dios. Es lo que he experimentado en cada uno de mis encuentros con Él. Esos en los que siempre salgo bendecido, lleno de fuerza y de ánimo para seguir.

Digo que nos ama porque ninguna otra realidad o argumento puede explicar que nos haya dado la vida, que nos permita ser libres, que nos acompañe en cada una de nuestras batallas y, además, quiera siempre lo mejor para nosotros. Eso es amor. Amor que se demuestra en la historia diaria y que sentimos si somos capaces de abrir el corazón y sintonizarnos con todo lo que Él nos muestra en su creación y sus acciones.

Personalmente, he sabido que me ama cuando -en momentos de debilidad- he sentido su fuerza que me impulsa a continuar; cuando -en momentos en los que estoy caído y lastimado por las experiencias de la vida- siento que me su mano me agarra y me levanta para estar nuevamente listo para seguir batallando; cuando las lágrimas caen sobre mis mejillas y es Él quien me consuela y me muestra que siempre hay una nueva oportunidad. Creo que eso es amor y por eso sé que me ama. Por eso le creo, confío en Él y estoy dispuesto a seguirle y a servirle.

Además me quiere feliz. Sí, quiere que mi corazón palpite emocionado porque estoy realizado, contento y disfrutando de cada una de las situaciones de la vida. Estoy seguro de que me ha llamado a la existencia para que viva en plenitud, en armonía y de la mejor manera.

Esto no significa que no existan dificultades o problemas en la vida, que surgen como consecuencias de nuestra libertad y nuestras maneras de entender la vida y relacionarnos con los demás. Pero todas esas dificultades no son para hacernos sufrir, ni para pagar alguna pena anterior, ni para purificarnos, ni nada por el estilo. Son consecuencias de lo que hacemos –y que Él permite porque somos libres- y los otros, libres también, hacen.

Estoy seguro de que todas estas experiencias nos hacen crecer y ser mejores seres humanos. Son verdaderos trampolines en los que saltamos en busca de la felicidad. Cuando estas situaciones están presentes, Él mismo nos da fuerza y nos capacita para que seamos capaces de vencerlas.

Por eso no puedo tenerle miedo a Dios. Alguien que me ama y me quiere feliz no merece otra cosa distinta a que lo ame con todas las fuerzas de mi ser. ¿Cómo temer a quien sólo quiere lo mejor para mí? Lo que puedo hacer es amarlo y dejar que me ame. Estoy llamado a luchar por ser feliz y puedo lograrlo mejor si dejo que su fuerza me asiste, me ayude a serlo.

Toda la estructura religiosa cristiana debe estar montada sobre estas dos afirmaciones que como unos dogmas recorren toda la Biblia. Todo lo que hacemos en las experiencias cúlticas es celebrar que nos ama y que nos quiere felices. Es por eso que la experiencia religiosa tiene que ser para nosotros un espacio de realización, de serenidad, de gozo y de plenitud. No puede ser otra cosa. Por eso, hoy escribo invitándote a vivir esa experiencia de libertad y a dejar que el amor de Dios te llene y te haga saber que eres un llamado a la felicidad.

Tu familia, tu trabajo, tus amigos, tus hobbies –en una palabra todo- tienen que ser espacios para vivir el amor de Dios y buscar ser feliz. Ese es tu compromiso. Y desde Él tienes que construirlos y vivirlos. No dejes que nada opaque estas realidades y busca hacerlas vida en todos tus espacios cotidianos. Ese es el compromiso que adquieres ante Dios y ante los demás.

Eso es lo que celebramos en Navidad. Es una experiencia. Mucho más allá de regalos, del famoso Papá Noel, de luces, gorros y de otras manifestaciones exteriores, lo que celebramos es el amor de Dios y su invitación a ser felices. Al acercarte al pesebre y descubrir al niño-Dios que nace, tienes que asumir como compromiso tu felicidad. Por mi parte aseguro que estaré pidiendo a Dios por ti, para que puedas experimentar su amor y ser plenamente feliz. ¡Feliz Navidad! GC

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Por: Padre Alberto Linero

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