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Sin Photoshop 21 de Diciembre de 2019

La mirada polifacética de Angélica Santamaría

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Foto: Orlando Amador.

Es abogada y psicóloga, publicó un libro de poemas a sus 40 años, tomó clases de pintura y trabajó con mujeres víctimas de violencia sexual. Publicar una novela está dentro de sus propósitos por cumplir.

Kirvin Larios
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Casi al terminar la entrevista con Angélica Santamaría, se da cuenta de que la grabadora de audio de mi celular estaba encendida. “Me hubieras dicho… Me hubiera medido en lo que dije”, dice y suelta la risa. Unos minutos antes, al referir un momento de su vida, me pidió: “No pongas eso”, para luego cambiar: “O hazlo, no importa...”.

En la forma de hablar de esta abogada, psicóloga y escritora (no en ese orden, necesariamente) hay tranquilidad, pausas y silencios. “Hay niebla”, como empieza uno de sus poemas. Algo parecido subraya el escritor Joaquín Mattos sobre esta autora, en el prólogo de Museo de los relojes (Letra a Letra, 2015), su primer libro publicado: “Su lirismo parece discurrir envuelto en una especie de niebla vaporosa. Sus imágenes, evanescentes, más que decir, apenas si sugieren un sentido”.

Pero Santamaría también habla enfáticamente, y sus dudas entre el decir o no decir, entre poner esto o dejar lo otro, hacen parte de ese énfasis. Hacen parte, quizá, de un proceso de escritura que es, también y a fin de cuentas, un proceso de vida.

Nacida en Cartagena, pero con cédula de ciudadanía de Sincelejo, Santamaría vive en Barranquilla desde 1999. Publicó su único libro hasta la fecha en el 2015, con 40 años, pues consideraba que antes había escrito cosas “muy poco mostrables”. Luego de graduarse de bachillerato a los 16, quiso estudiar Artes Plásticas, Filosofía y Letras o Psicología. Pero su inclinación por las humanidades y la presión familiar, que deseaba que estudiara “algo de servicio”, la llevó a escoger la carrera de Derecho, que estudió en los 90’s. Luego, tras terminar una especialización en Derecho Financiero —que le ayudó a organizar su dinero para pagarse futuros estudios— empezó a estudiar psicología en la Universidad del Norte.

En aquel tiempo alternaba sus estudios universitarios con esa escritura “poco mostrable”. Además, asistió a talleres de pintura en la casa de Alejandro Obregón, en Cartagena, con un asistente del pintor; años después, en Barranquilla, duraría aproximadamente 8 años recibiendo clases con el también pintor Jorge Serrano. No es gratuito entonces que otro artista, su amigo recientemente fallecido (en junio pasado) José Luis Quessep, fuera uno de los que más la apoyara en su trabajo y la animara a publicar cuando no estaba segura de hacerlo. “Mi amigo del alma, que lo amé”, dice sobre el artista, con la voz a punto de quebrarse y los ojos encharcados. “José me nutría de una gran fortaleza. Yo me atreví a muchas cosas, a publicar gracias a su apoyo; incluso, tuvo la generosidad de  enviarle mi libro al poeta Giovanni, su hermano”.

Poesía y naturaleza

 Además de ese Giovanni (Quessep), Santamaría dice que le gusta leer poetas colombianos como Piedad Bonnett, William Ospina o Aurelio Arturo, “que le canta mucho a la naturaleza”. Precisamente, en su libro la naturaleza está siempre presente, mezclada con emociones y experiencias personales. “El paisaje, la vegetación, los astros, el firmamento, las tormentas, el mar embravecido… Todas esas cosas me apasionan mucho, porque son el lenguaje del planeta”, dice Santamaría.

Los capítulos de su libro aluden al viento, el fuego, el agua y la arena. En el poema Diciembre, dice: “Llega el viento recogiendo el año / despejando el cielo. / Su rugir se pasea por ventanas / por balcones, ¿quién le aguarda?”. Y al final de Colosó, tras evocar la infancia, escribe —como si se tratara de un haiku—: “Noches,  velas, palabras y silencios [...] / La montaña, la poza: el recuerdo”.

Acerca del título de su libro, explica que no quería hacer únicamente alusión a la memoria y el tiempo. “Museo es templo de musas, el templo de la inspiración, ese templo interior que de pronto he tenido toda mi vida y me había dado como mucha pena mostrarlos. En serio, me cuesta. No es fácil revelarse al mundo”.

Dos años después de publicar su poemario, en 2017 Santamaría fue incluida junto con otras 25 poetas en el libro Como llama que se eleva. Antología de mujeres poetas del Caribe colombiano (Ediciones Exilio), a cargo de Hernán Vargascarreño. El título de esta compilación —pienso ahora— alude el fuego, quizá en su sentido tanto destructor como creador de mundos posibles.

Para esta escritora, abogada y psicóloga “hay que escuchar con mucho silencio interior”. En la foto, con un libro de la Premio Nobel Olga Tokarczuk.

Los oficios

Cuando le pregunto por la relación que encuentra entre sus oficios, responde que es “el pensamiento y la palabra”. “El derecho me aporta una estructura de pensamiento, la psicología un conocimiento del ser humano, y la literatura todo ese gran universo en donde todo puede suceder y estar presente”, explica.

Otra relación que advierte tiene que ver con la importancia de escuchar al otro y de observarlo. Por su trabajo como psicóloga ha tratado con grupos vulnerables, especialmente mujeres víctimas de abuso sexual temprano: “Situaciones en las que hay que observar y escuchar mucho”.

Dice que el tema de la ayuda social suele consistir en decir “tengo estas cosas que a mi me sobran y te las voy a dar, pero resulta que muchas veces la gente no necesita eso que a ti o a mí me sobran; ellos tienen sus propias necesidades, y hay que escuchar con mucho silencio interior”. En ese sentido, considera que en literatura hace falta “mucho silencio interior para nutrirse de mundo y de universo”.

Actualmente se dedica a atender su consulta clínica y hace parte de proyectos de intervención en temas de familia. También tiene varios textos inéditos en los que desea seguir trabajando. “Lo más importante es una novela que estoy escribiendo, que llevo muchos años formándola, gestándola, y que ya está en proceso de parto”.

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