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Sin Photoshop 14 de Diciembre de 2019

La educación, la familia y el cabaret se juntan en Lucía Díaz Delgado

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Foto: Orlando Amador

Nació en Madrid, España, y a los tres años llegó a Cartagena en un barco italiano. Con acento caribe y desprevenida narra los días en que se enfrentó al trabajo prematuro, a levantar un hogar sin esposo y a disfrutar de las mieles de la libertad.

Alejandro Rosales Mantilla
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Su gato se llama Rocky. Es juguetón, inquieto y no duda en darle pelea al que amenace su entorno. Lucía Díaz Delgado es su protectora, su ama. Tiene 72 años. Quizás, sin saberlo, como un acto inconsciente, le puso ese nombre al felino porque ella misma es una guerrera, una ‘boxeadora’ que se ha batido en el ring de la vida. Los golpes que ha recibido, sin duda, no la han dejado en la lona, siempre se levanta.

En su casa grande del barrio Betania, en el norte de Barranquilla, Lucita, como le dicen sus amistades, viste un conjunto beige. Está perfectamente maquillada, lleva aretes, gafas y collares artesanales que le hacen perfecto juego. Lucita luce impecable.

Empieza a contar su historia después de ofrecerme un café y un poco de fruta, una combinación algo inusual.

Cada historia que cuenta supera la anterior, o mejor, la complementa.

El primer round de su vida lo enfrentó en el barco  italiano Luciano Manara. Cuenta que se embarcó junto a sus padres en Cádiz, España, en 1950. Tenía tres años.

En fin, con la mente puesta en Cuba, su papá, José Díaz Fuentes, le tocó quedarse en Cartagena al no poder llegar a La Habana por culpa de un huracán. Junto a la pequeña Lucía y su madre, Lucía Delgado González, el jefe de hogar decidió abandonar Europa y dejar atrás la crisis económica para abrirse a una nueva vida en Colombia.

En Cartagena llegó a vivir al barrio el Cabrero. Estudió en el colegio Biffy y las monjas alemanas la vieron como una reencarnación del diablo porque era zurda. “Me amarraban la mano, no podía escribir ni comer con la izquierda”. Lucita nunca aprendió a comer, pero sí a escribir con la derecha.

En el año 61 la familia llegó al municipio de Soledad. Ahí vino el segundo round.

Para ese entonces ya eran cinco hermanos, sin contar los tres que fallecieron por causas naturales.

“Yo perdí a mi papá a los 13 años, no porque se muriera, sino porque él eligió irse para otro hogar. Nosotros quedamos prácticamente huérfanos. Nunca más volvió, todos estábamos indocumentados”.

Esto no la atajó y nuevamente se paró a seguir dando batalla. Tenía 13 años, cursaba tercero de bachillerato y por intermedio de una profesora consiguió que la contrataran en la biblioteca del colegio. Ahí se convirtió en la cabeza de su hogar, la que llevaba el sustento. Desafortunadamente debió interrumpir sus estudios.

Lucita sigue su relato. En este momento entiendo que se necesita un libro, muchas más páginas para contar su historia.

Para resumir, a los 16 años conoció al padre de sus cuatro hijos. Después de varios años casados y cuatro viviendo en Estados Unidos, nuevamente un barón abandonó el hogar. Lucita aún no se había graduado como bachiller.

Gracias a una especie de amnistía en el gobierno de Misael Pastrana (1970-1974), a sus lecturas en la biblioteca donde trabajó y a una enciclopedia Salvat que compró, validó en un examen el bachillerato y logró un cupo directo para estudiar becada en la Universidad del Atlántico. Escogió Filología e Idiomas, carrera que terminó.

Gracias a su trabajo logró levantar su hogar y darle educación universitaria a sus cuatro hijos. Todos lograron graduarse de ingenieros.

Hoy está felizmente jubilada. Casi toda su vida fue profesora, tanto en la Universidad del Atlántico como en varios colegios públicos.

Recuerda dentro de sus alumnos en la universidad a Seuxis Pausias Hernández Solarte, conocido hoy con el alias de Jesús Santrich, cabecilla de las disidencias de las Farc.

Dice que era un alumno brillante en la carrera de Ciencias Sociales, de la que se graduó.

Recuerda que un día le perdió el rastro y solo vino a saber de él cuando lo vio en la televisión dentro del grupo de negociadores de paz en La Habana.

El cabaret.

Hubo un round que Lucita no pudo pelear sino hasta cuando cumplió 70 años, en 2017: ser bailarina de cabaret por una noche.

“En Tolú mi papá trabajó como proyectista en un cine y yo le ayudaba a cambiar los rollos de las películas. Allí conocí a esas mujeres; María Félix, que era la más bonita pero no bailaba, Yolanda Montes, la Tongolele que sí lo hacía, María Antonieta Pons (...) Eso me impactó mucho. Cuando estaba en la casa me disfrazaba y las imitaba. Yo le decía a mi mamá que iba a ser cabaretera y ella me contestaba que primero muerta”.

Y así fue. En su cumpleaños 70 alquiló un salón de eventos, invitó a sus mejores amigos, a su familia, y los sorprendió con un show de cabaret del que conserva el video.

Posiblemente Lucía Díaz Delgado hoy asista a la casa cultural El Bordillo, su lugar favorito. Es la conductora elegida dentro de sus amigas y la que más baila. Sus días de cabaret apenas comienzan.

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